Capítulo 5. El juicio - Día 1
Silvia se alegraba de que Carmen Solozábal fuera la magistrada del tribunal.
A punto de cumplir sesenta y tres años, llevaba casi tres décadas ejerciendo de jueza, y era conocida en los pasillos de los juzgados como la Bipolar, un apodo cariñoso que a la propia jueza le hacía muchísima gracia.
En la sala era imperturbable y rigurosa.
Sabía imponer respeto y tomar decisiones firmes sin titubeos, manteniendo siempre la calma.
Fuera del ámbito judicial, sin embargo, Carmen era una mujer adorable, simpática y cercana.
Solía bromear diciendo que la toga era para ella como la capa de Superman, que la transformaba en otra persona nada más ponérsela.
En cuanto al fiscal, Silvia no tuvo una opinión clara hasta conocerlo.
Daniel Vilariño era mucho más joven que ella y nunca habían trabajado juntos.
Cuando ella dejó la fiscalía, hacía catorce años, él todavía estaría estudiando.
Decidió preguntar a sus excompañeros sobre él, y le contaron que era de Castro Urdiales y que llevaba cinco años en la ciudad.
Lo definieron como alguien inteligente, perfeccionista, exigente y al que no le temblaba el pulso cuando creía que tenía razón.
Nada más conocerlo, Silvia tuvo que admitir que sus excompañeros no se equivocaban.
A primera vista, con ese traje gris oscuro inmaculado, corbata color burdeos, barba de varios días perfectamente recortada y el cabello engominado hacia atrás, le pareció el comercial de alguna multinacional farmacéutica.
Cuando comenzaron a hablar, sin embargo, comprendió que su oponente era mucho más que eso.
Su discurso, claro y directo, revelaba que era una persona competente y que, pese a su juventud, sabía lo que hacía.
Daniel iba a ser, sin duda, un buen rival.
Al entrar en la sala de vistas del juzgado, Silvia sintió una sensación extraña.
No dejaba de preguntarse si aún tendría la misma agilidad mental, si reaccionaría con rapidez a los ataques del fiscal o si volvería a disfrutar de todo aquello.
Por primera vez, ese lugar, que durante años fue su territorio, se le antojó familiar y ajeno al mismo tiempo.
Llegó justo a tiempo para ver entrar a su defendido.
Lander vestía la ropa que ella misma le había llevado a prisión: pantalones azul oscuro, jersey gris de cuello en pico y una camisa azul.
Al verlo custodiado por dos agentes que lo vigilarían durante toda la sesión, Silvia sintió un nudo en la garganta.
Se acercó a él en cuanto le permitieron sentarse y le puso una mano en el hombro.
—Tranquilo. Todo va a salir bien —le susurró para animarlo—. Debes mantener la calma y, recuerda, si necesitas comentarme algo, dímelo al oído.
Silvia sintió el impulso de abrazarlo, pero nadie debía ver su vulnerabilidad, no todavía. Ni la de él ni la de ella. Por eso, se sentó junto a él y esperó.
Vio cómo los miembros del jurado comenzaban a tomar asiento.
Nueve titulares y dos suplentes que decidirían el futuro del mejor amigo de su hijo.
Observó sus miradas, sus gestos, y se preguntó si ya tendrían una opinión formada sobre el caso.
Lo más probable era que sí. La prensa había sido implacable, y el rechazo general de la opinión pública hacia el padre de Lander era un obstáculo importante.
Su pulso se aceleró cuando apareció la jueza seguida de la letrada de la Administración de Justicia, una joven de cabello cobrizo que caminaba con gesto serio.
Carmen Solozábal avanzó con paso firme y expresión neutra hasta su asiento.
Su sola presencia imponía tal respeto que, de forma casi instantánea, las conversaciones en la sala se fueron apagando.
Los asistentes y los miembros del jurado guardaron silencio y, en cuestión de segundos, la sala quedó sumida en una quietud absoluta.
Silvia volvió a mirar a Lander y le hizo un gesto con la cabeza queriendo transmitirle seguridad.
No era más que un simple asentimiento, pero llevaba implícito un mensaje claro: «No estás solo en esto. Vamos a enfrentarlo juntos».
Lo primero que hizo la jueza fue aceptar la petición de la defensa para que el acusado declarara el último.
A menos que se solicitara lo contrario, Lander debería ser el primero en declarar, pero Silvia sabía que no estaba preparado, y era mejor que lo hiciera al final.
Para entonces, estaría más familiarizado con la tensión que se respiraba en la sala y se habría acostumbrado al peso de las miradas de los miembros del jurado y del público clavadas en él.
—Escuchar la declaración de testigos y peritos te servirá para comprender mejor la línea de defensa, y podrás responder con mayor seguridad al final —le aseguró ella antes de comenzar el juicio.
Acto seguido, la letrada de la Administración de Justicia inició la lectura de los hechos.
En primer lugar, leería el escrito de la acusación redactado por el fiscal, en el que se expondrían los sucesos que habían llevado a la apertura del juicio.
Después, leería el escrito redactado por la defensa, que narraba los mismos hechos desde un punto de vista distinto.
Los miembros del jurado iban a oír, por primera vez y de forma oficial, qué se le imputaba al acusado. Era un momento crucial.
—Lander Foronda y Borja Miranda se conocieron a finales del año 2021, cuando ambos estudiaban en la Universidad del País Vasco —comenzó la letrada—.
Con el tiempo, su amistad se fue consolidando hasta que, en febrero de 2022, comenzaron a vivir juntos en el piso de los padres de Lander, en la cuesta de Aldapeta 38.
Junto con otros compañeros de la universidad comenzaron a grabar una serie de vídeos donde ellos mismos actuaban.
Durante la realización de estas grabaciones, Borja consiguió un vídeo de Lander en situación comprometida y de naturaleza vergonzante.
El 15 de mayo de 2022, Borja chantajeó a Lander, pidiéndole dinero a cambio de no divulgar ese vídeo.
Este accedió y le entregó la suma solicitada tan solo un día más tarde.
Es en este punto donde su amistad se rompió.
Unos días después, el viernes 20 de mayo, Borja volvió a exigir dinero a Lander, para lo cual lo citó en el piso donde habían vivido juntos.
Tras una fuerte discusión, Lander golpeó a Borja en la cabeza con un objeto indeterminado, provocándole un hematoma subdural con abundante sangrado que resultó fatal.
Borja falleció alrededor de la medianoche, entre las once y media y las doce y media.
Posteriormente, después de deshacerse de las pruebas que lo incriminaban, Lander llamó a emergencias a la una y veintidós.
Los sanitarios que acudieron al lugar, al detectar signos de violencia, avisaron a la Ertzaintza.
A medida que la letrada avanzaba en la exposición, Silvia notó que varios integrantes del jurado parecían ya convencidos de la culpabilidad de Lander, y advirtió en ellos miradas claramente acusatorias.
Otros, en cambio, se mantenían impasibles, sin mostrar ninguna señal de lo que pasaba por sus mentes.
Silvia apuntó mentalmente en qué dirección creía que se inclinaba cada uno de ellos.
La primera parte de la lectura de los hechos no dejaba lugar a dudas: la fiscalía sostenía que Lander Foronda había acabado con la vida de Borja Miranda de forma premeditada. Lo acusaba formalmente de asesinato y pedía para él la pena de veinte años de prisión.
Casi sin respirar y como si estuviera leyendo el prospecto de un medicamento en un anuncio de televisión, la letrada pasó a leer el escrito de la defensa.
La abogada coincidía con el fiscal en lo que era indiscutible: que Borja y Lander habían sido amigos, que habían compartido piso, que había existido un chantaje y un posterior pago...
, pero discrepaba sobre la última parte del relato.
Silvia no solo alegaba inocencia, sino que consideraba inaceptable la acusación de asesinato en el peor de los escenarios.
Por eso, ella ofrecía una versión alternativa.
—Según la defensa, Borja nunca citó a Lander por segunda vez —leyó la letrada—.
Ese viernes por la noche, Lander se reunió con su grupo de amigos con la intención de continuar con sus actividades.
Tras una discusión entre ellos, Lander se marchó.
Enfadado y buscando calmarse, paseó por el parque de Aiete durante un par de horas.
Al llegar a casa, sobre la una y cuarto de la madrugada, encontró a Borja en el suelo del salón, rodeado de un charco de sangre.
Se acercó rápidamente e intentó reanimarlo, pero fue imposible.
Borja ya estaba muerto. Tras unos minutos en los que permaneció en shock , llamó a emergencias.
Se oyó un murmullo procedente del público.
Las versiones expuestas eran completamente contradictorias en su parte final, y Silvia tenía plena conciencia de que la suya era mucho más difícil de creer.
Con un movimiento decidido, como reafirmándose en su interpretación de los hechos, se ajustó la toga con determinación, mientras dirigía su mirada, sin titubeos, a los miembros del jurado.
Iba a resultar muy difícil convencer a aquellas personas de la inocencia de un Foronda.