Capítulo 4. Lander
LANDER
Los días en la cárcel estaban siendo para Lander tan duros como los había imaginado.
Había tenido mucho tiempo para prepararse para el temido momento del juicio y sintió una gran liberación por poder alejarse de aquel infierno, aunque solo fuera durante unos días.
Esa mañana, se había subido al furgón policial agradeciendo poder respirar, por unas horas al menos, un aire que no oliera a cerrado, a humedad ni a desinfectante.
El trayecto desde la prisión de Martutene hasta los juzgados de la Audiencia Provincial de Gipuzkoa duró algo más de diez minutos, y le resultó extrañamente reconfortante.
A través de la ventanilla, pudo observar la ciudad que tan bien conocía, con los escaparates de las tiendas encendiendo sus luces, el tráfico constante, los niños caminando hacia el colegio...
Pero esa agradable desconexión se esfumó en cuanto llegaron y vio a los periodistas merodeando alrededor de los juzgados, con sus cámaras preparadas para disparar en cuanto lo tuvieran al alcance de su objetivo.
Recorrió los pasillos del juzgado esposado y custodiado por dos agentes.
Al entrar en la sala de vistas, uno de los ertzainas le quitó las esposas y su abogada se acercó a saludarlo.
Lander aprovechó que la jueza aún no había llegado para girarse hacia el público.
Sabía que su padre no estaría allí, y buscó a su madre.
La encontró sentada al fondo de la sala, escondida tras unas gafas enormes y con la mirada clavada en el suelo, avergonzada.
Consciente de que lo peor estaba por llegar, se lamentó de haber acabado en esa situación. Trató de apartar ese pensamiento, pero fue inútil, y recordó cómo su historia se había torcido mucho antes.
Lander era hijo único y había llegado a la familia cuando sus padres ya casi habían perdido la esperanza de tener descendencia, por lo que fue recibido como el mayor regalo de sus vidas, sobre todo por su madre.
Desde pequeño, Maite lo colmó de caprichos y afecto, y le dio todo su amor.
La relación con su padre, por el contrario, nunca fue buena. Y, con el paso del tiempo, fue a peor.
En sus primeros años, Lander buscó la aprobación de Josean con una insistencia casi desesperada: le enseñaba sus dibujos, las construcciones de Lego, los grillos que atrapaba en el jardín...
, pero nada parecía ser suficiente. Josean Foronda nunca estaba satisfecho en lo que respectaba a su hijo.
Siempre encontraba un «pero» y terminaba exigiéndole más.
Con los años, Lander se cansó. Aburrido de tanto desprecio, abandonó cualquier intento de complacerlo y optó por el camino contrario, convirtiéndose en un experto en provocar a su padre.
Se dejó el pelo largo, empezó a vestir siempre de oscuro con pantalones rotos y botas militares, a fumar porros y a pasar de todo.
Incluso se pintó las uñas de negro, solo por fastidiar.
Y su forma de hablar también cambió: adoptó un tono chulesco, desafiante, cargado de cinismo cada vez que hablaba con él.
Las discusiones se volvieron parte de la rutina y la casa se convirtió en un campo de batalla: por el volumen de la música, por la hora de llegada, por las contestaciones...
Josean gritaba, Maite trataba de poner paz y Lander se encerraba en su cuarto a ver películas de terror o a escuchar música ensordecedora, exasperando aún más a su padre.
—¿Y tú quieres que este se quede con la empresa familiar?
—le reprochaba Josean a su mujer cada vez que tenía una bronca con él—.
Llevo media vida dejándome la piel en la promotora inmobiliaria, y la he convertido en una empresa de éxito.
Construcciones Foronda es sinónimo de prestigio, y este inútil lo único que haría con ella sería hundirla en tiempo récord.
A Maite le costó un gran trabajo convencer a su marido de que no estaba todo perdido, de que Lander aún podía ser el hijo que siempre había querido tener a su lado: formal y aplicado, alguien con un futuro prometedor.
Josean decidió darle una última oportunidad al terminar el instituto.
Sin consultarlo con nadie, mucho menos con él, lo matriculó en la carrera de Derecho en la universidad privada de Deusto.
La reacción que tuvo Lander cuando se enteró de la jugada fue descomunal: cogió un cuchillo, bajó al garaje y le rajó las cuatro ruedas del BMW 840i Coupé recién estrenado.
Esa vez, a Maite no le resultó nada fácil frenar a su marido para que no denunciara a su propio hijo.
—Te has pasado, Lander —le reprendió Maite a su hijo intentando sonar firme.
—¡Pero es mi vida! —gritó él con rabia—. ¿Con qué derecho decide por mí? ¿Por qué tengo que estudiar lo que él quiera?
—Tienes razón, maitia , pero lo ha hecho por tu bien, para que tengas un buen futuro —intentó calmarlo cuando, después de la tormenta, todo volvió a la normalidad—.
Piensa que la empresa necesita buenos abogados.
Además, Mikel va a estudiar la misma carrera.
Estaréis juntos, y él te podrá ayudar con las asignaturas.
Todo va a salir bien, cariño, ya lo verás.
Lander se lo pensó mejor y aceptó el destino que su padre había elegido para él, pero con un propósito muy distinto al que Josean esperaba.
Se saltó todas las clases desde el inicio del curso, cambió los apuntes por partidas de mus y se pasó el año entero en la cafetería, fumando y pasando el rato.
El tiempo transcurrió rápidamente y el resultado fue el previsible: ni un solo aprobado.
En lugar de avergonzarse por sus calificaciones, Lander le enseñó a su padre las notas con una sonrisa burlona dibujada en los labios.
—Aquí tienes. Parece que muy buen abogado no voy a ser —le dijo con sarcasmo—. Vas a tener que buscarte a otro para tu querida constructora.
Josean montó en cólera. Lo acusó de vago, fracasado y caradura.
Le dijo que era una vergüenza para la familia y que se arrepentía de haberle dado otra oportunidad.
Cuando vio que la única respuesta por parte de Lander era soltar una carcajada provocadora, como si todo aquello le hiciera gracia, Josean perdió por completo los papeles y lo echó de casa.
—¿De verdad te compensan todas estas broncas? —le preguntó Mikel a su amigo cuando se enteró de lo ocurrido. Había presenciado más de una discusión entre padre e hijo, y algunas eran de asustar—. Joder, Lander, has conseguido que te eche.
—Tú no lo entiendes —respondió él sorprendentemente tranquilo—.
Eres el hijo perfecto: sacas buenas notas, nunca te metes en líos y te vistes como un señorito donostiarra a punto de tomarse un aperitivo en el hotel María Cristina.
Eres justo lo que se espera de ti. Yo, en cambio, soy justo lo contrario de lo que se espera de mí.
Mikel no se ofendió. Nunca se tomaba a mal los comentarios de Lander. Habían crecido juntos y, aunque con los años se habían convertido en dos personas completamente distintas, su amistad había sobrevivido a todas las diferencias. Era más fuerte que todo eso.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—Supongo que mi madre lo arreglará —respondió Lander encogiéndose de hombros—. Siempre lo hace.
Maite lo intentó. Removió cielo y tierra para que Josean diera marcha atrás.
Pero, por primera vez, no lo consiguió. Aceptó la decisión de su marido y prefirió no discutir porque no le quedaba otra opción, aunque dejó muy claro que no permitiría que su hijo acabara en la calle.
Lander se instalaría en el piso donde Josean y ella habían vivido antes de mudarse a Villa Maite.
Era un piso de ciento diez metros cuadrados situado en la cuesta de Aldapeta, con vistas a la bahía de la Concha.
Un sueño para cualquiera, pero poca cosa para un constructor de villas de lujo como Josean Foronda, quien debía dar ejemplo y vivir en la mejor villa de todas.
Josean no se opuso. Sabía que hacerlo sería abrir una puerta al divorcio, y no pensaba llegar tan lejos. Prefirió mirar para otro lado y conformarse con no tener que ver a su hijo todos los días. Con eso bastaba.
Con Lander instalado en el piso, Maite habló con él.
Aunque siempre lo había protegido y apoyado, no iba a permitir que se quedara de brazos cruzados sin hacer algo provechoso con su vida, por lo que lo animó a estudiar lo que él quisiera.
Lander lo tuvo claro y se matriculó en la carrera de Criminología en la Universidad del País Vasco, esta vez, sin necesidad de darle explicaciones a su padre.
Siempre había sido un fanático de las películas de terror y le encantaban las series sobre investigaciones y asesinatos, y pronto descubrió que la carrera le apasionaba y que había encontrado su verdadera vocación.
Además, entre sus compañeros de clase encontró gente con sus mismos intereses, tan fascinados por el crimen como él.
—Dios los cría y ellos se juntan —bromeó Mikel en cuanto Lander le mostró una foto de su nuevo grupo de amigos.
—Lo dices por ti y por tu novia, ¿no? —respondió Lander con ironía—. ¡Si parecéis Barbie y Ken!
Mikel soltó una carcajada. Había empezado a salir con una compañera de la universidad, Elene, tan alta, tan guapa y tan perfecta como él. A Lander no le faltaba razón.
—Me da a mí que no vamos a poder hacer muchos planes todos juntos —bromeó Lander—. A mis amigos, tu novia les va a parecer una pija.
—Y Elene saldría corriendo si se encontrara con vosotros en un callejón.
Ambos rieron. A pesar de continuar por caminos distintos, su amistad seguía intacta.
Desde que ya no estudiaban en la misma universidad, quedaban al menos una vez por semana.
Ninguno quería perder ese vínculo y, aunque ya no se veían tanto, nunca faltaban a su cita.
Mikel se pasaba cada sábado por el nuevo hogar de Lander, donde era dueño y señor.
Charlaban, se tomaban un par de cervezas o lo que surgiera.
Allí no tenían que dar explicaciones a nadie, y eso era algo que no podían desaprovechar.
Hasta que todo se torció.
Con el recuerdo de su mejor amigo y el frío tacto del metal en sus muñecas, aunque ya le hubieran quitado las esposas, Lander buscó a Mikel entre el público de la sala de vistas, aun sabiendo que no lo encontraría.
Ya no habría más sábados para ellos. Mikel había puesto tierra de por medio, y no podía culparlo por eso.
Ojalá él lo hubiera hecho también.
Pero no entonces, sino antes.
Antes de conocer a Borja Miranda.