Veredicto Capítulo 3. Silvia
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Capítulo 3. Silvia

SILVIA

Aún no eran las cinco de la mañana cuando se levantó de la cama. No podía dormir. Llevaba mucho tiempo preparando aquel juicio y le costaba desconectar. Sabía que el día sería largo, pero su mente no podía frenar, repasando una y otra vez los detalles, las declaraciones y los argumentos.

Consciente de que no conseguiría volver a conciliar el sueño y decidida a aprovechar el tiempo, puso una lavadora, recogió el salón, ordenó la despensa y, después, planchó el traje nuevo que había comprado para la ocasión: uno negro de chaqueta y pantalón de raya diplomática, sobrio pero elegante.

Cualquiera de los que tenía en el armario le habría servido, ya que en los últimos quince años no había variado de talla.

Su figura seguía siendo tan esbelta como siempre, pero necesitaba sentir que aquel juicio marcaba un nuevo comienzo, y ese traje, más que una prenda, era su nueva armadura.

Mientras el olor a café impregnaba la cocina con su aroma, puso unas rebanadas de pan a tostar cuando sintió las manos de su marido rodeándole la cintura.

—¿Cómo estás? —le preguntó Iñigo apoyando el mentón en su hombro.

—Nerviosa.

—Lo vas a hacer fenomenal. Piensa que esto es igual que andar en bicicleta, nunca se olvida.

Aquella era una buena respuesta y sabía que tenía razón, pero llevaba demasiado tiempo alejada de los juzgados y sentía que ya no era la misma. Se giró hacia él y lo rodeó con sus brazos. Con el pelo entrecano enredado cayéndole sobre la frente, estaba guapo hasta recién levantado.

—Solo espero estar a la altura.

—Lo estarás, no tengo ninguna duda. Eres la temida Rottweiler, ¿recuerdas?

—Hace mucho tiempo lo fui —respondió ella con tristeza—, pero a lo largo de los últimos catorce años, tan solo he sido una madre que se ha dedicado a cuidar de sus hijos.

Iñigo sabía que no era un reproche y la abrazó con fuerza.

La decisión de dejar su carrera, por dura y complicada que hubiera sido, la había tomado ella por voluntad propia.

Consciente de todo lo que la había removido por dentro esta nueva situación, la besó en la mejilla y la dejó tranquila con sus pensamientos.

Los últimos acontecimientos habían hecho que Silvia rememorase una y otra vez su trayectoria profesional, particularmente, cómo se dejó la piel para llegar a ser fiscal.

Obtuvo unas calificaciones inmejorables durante la carrera de Derecho y, apenas terminó la universidad, se volcó de lleno en preparar las oposiciones.

Fue un proceso muy duro, de jornadas interminables sin levantar la vista de los libros, memorizando leyes y más leyes, viendo cómo muchos de sus compañeros se quedaban por el camino.

Ella, sin embargo, siguió hasta conseguirlo.

Ser fiscal resultó ser un trabajo emocionalmente exigente y, en ocasiones, frustrante también.

Se había enfrentado a casos muy difíciles, y también delicados, sobre todo aquellos que involucraban a víctimas vulnerables, como niños, ancianos y personas dependientes.

Algunos días eran agotadores, pero se sentía orgullosa de su labor.

Representaba a la sociedad en los tribunales y velaba por la justicia.

No se trataba solo de acusar, de ir contra los malos, sino de buscar la verdad, analizar cada caso con objetividad y garantizar que la justicia se aplicara de una manera correcta.

Y ella era muy buena en su trabajo. Implacable cuando la situación lo requería, rigurosa, decidida y meticulosa en su enfoque.

No fue sencillo conciliar su vida laboral con la maternidad cuando llegó Mikel, su hijo mayor.

Su vida se volvió del revés y supo, al reincorporarse al trabajo tras finalizar la baja maternal, que ya nada sería igual.

Aun así, hizo lo mismo que hacen a diario miles de madres trabajadoras: compaginar lo mejor posible ambos mundos, el laboral y el familiar, viviendo contra reloj entre su casa, el juzgado y la guardería.

Iñigo, que viajaba a Suiza varias veces a la semana por motivos laborales, colaboró en lo que pudo, pero el peso real de la crianza cayó sobre ella.

Y fue a Silvia, no a él, a quien verdaderamente le cambió la vida.

Volvió a quedarse embarazada cuando Mikel contaba ya con siete años.

Creyó que en esta ocasión también podría con ello, pero no fue así.

Una mala jugada del destino hizo que su hija Maialen naciera con problemas, y ya desde el principio se dieron cuenta de que algo no iba bien.

La niña era demasiado tranquila, apenas se movía y tenía dificultad para succionar.

Con el paso de los meses, la preocupación aumentó.

Maialen no intentaba girarse en la cuna, apenas sostenía la cabeza por sí misma y nunca estiraba los brazos.

Tampoco balbuceaba y difícilmente respondía a estímulos sociales.

El diagnóstico fue un terrible mazazo: síndrome de Mowat-Wilson.

Enfermedad rara. Movilidad afectada. Discapacidad intelectual.

Dependencia de por vida. Problemas, muchos problemas.

Silvia no volvió al trabajo tras los cuatro meses de baja maternal.

En su lugar, pidió una excedencia por cuidado de hijo dependiente.

Hasta cuándo, no lo sabía. En ese tiempo, probaron de todo: tratamientos específicos, terapias especializadas, estimulación intensiva, programas multisensoriales...

, pero no hubo grandes avances. La niña seguía con muchas complicaciones y, además, desarrolló una dependencia emocional extrema hacia su madre.

Ella era su refugio, su salvación, la única capaz de calmarla.

La decisión de quedarse en casa no fue nada sencilla.

Aunque su fuero interno le decía que debía cuidar de su familia, abandonar la fiscalía implicaba un sacrificio demasiado grande.

Dejarlo todo atrás, después de haber luchado tanto para conseguirlo, le parecía una derrota.

Por eso, se convenció de que solo estaba retrasando su vuelta hasta que la situación mejorara, pero el día de volver nunca llegó.

Poco a poco, fue adaptándose a otros horarios, otras rutinas y otros planes.

Para no sufrir por lo que pudo haber sido y no fue, se alejó del mundo que tanto le apasionaba, dejó de leer la prensa y de hablar con sus antiguos compañeros.

Prefirió vivir en la ignorancia hasta que, casi sin notarlo, llegó el día en el que no echó de menos la adrenalina que corría por sus venas al subirse al estrado, al sentir la mirada de jueces, acusados y miembros del jurado sobre ella, o al escuchar un veredicto favorable.

Simplemente, olvidó esa sensación. La borró de entre sus recuerdos.

Pero, un día, una llamada de teléfono lo cambió todo.

Era viernes por la tarde cuando sintió la vibración de su móvil en el interior del bolsillo de su pantalón. Maialen estaba dormida y lo tenía en silencio. Sacó el teléfono y se extrañó mucho al ver de quién provenía la llamada: era la madre de Lander, el mejor amigo de su hijo Mikel.

—Hola, Maite. —Silvia quería que su voz sonara como si se hubieran visto el día anterior y la saludó con familiaridad, aunque no hablaban desde hacía mucho tiempo—. ¿Qué tal todo?

—Necesito tu ayuda —respondió Maite antes de echarse a llorar desconsoladamente.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué lloras? Maite, tranquilízate y dime qué pasa.

—Han detenido a Lander —alcanzó a decir cuando consiguió serenarse.

—¿Cómo? ¿A Lander? No lo entiendo. ¿Por qué?

—Por asesinato.

La frase cayó como una gran losa sobre Silvia. Sabía que el compañero de piso de Lander había sido encontrado sin vida tan solo unos días antes, pero nunca imaginó que lo detendrían a él.

—¿¡Creen que Lander mató a Borja Miranda!?

—Dicen que tienen pruebas contra él. —Maite no pudo reprimir el llanto—. Ayúdame, Silvia. Josean ni siquiera quiere escucharme. Te necesito. Fuimos buenas amigas y te pido por favor que no me falles ahora.

A Maite no le faltaba razón: hubo una época en la que las unía una profunda amistad.

Se conocieron cuando sus hijos eran pequeños, al coincidir cada mañana en la puerta del colegio, y pronto conectaron, a pesar de lo distintas que eran.

Maite era diez años mayor y «muy señorona», como solía decirle Silvia en broma.

Tenía todo el tiempo del mundo, ya que, gracias a la buena posición económica de su marido, no tenía que trabajar.

Silvia, en cambio, vivía en un estrés constante, corriendo de un lado a otro aunque su situación económica también fuera buena.

Cuando se le hacía tarde en el trabajo y le era imposible llegar a tiempo a buscar a Mikel, solía recurrir a Maite.

Esta cogía a los dos niños y se los llevaba a su chalet en el paseo del Faro: Villa Maite.

Era uno de los lugares más lujosos de Donostia, con unas privilegiadas vistas a la bahía de la Concha.

Allí, los niños se lo pasaban en grande en una sala de juegos que parecía sacada de un catálogo de juguetes.

Cuando Silvia llegaba a recoger a su hijo, Maite la solía esperar con una botella de vino blanco bien frío y, con las risas de los niños como ruido de fondo, compartían un rato de conversación y complicidad.

Con el paso del tiempo, su amistad se fue afianzando, más aún cuando sus hijos se hicieron inseparables.

Un tiempo después, con la llegada de Maialen, Maite se convirtió en un gran apoyo para ella.

Siempre dispuesta a echar una mano, la escuchó sin juzgarla cada vez que Silvia se derrumbaba y reconocía lo que no se atrevía a admitir frente a los demás: que estaba agotada, que tenía mucho miedo y que echaba de menos su vida anterior.

Años más tarde, fue Maite quien rompió la relación cuando decidió alejarse del mundo.

La vergüenza y el qué dirán tras el escándalo destapado por una periodista acerca de los chanchullos de su marido hizo que desapareciera de un día para otro, recluyéndose en Villa Maite, el lugar que se convertiría en su jaula de oro. Sin explicaciones. Sin despedidas.

Silvia intentó hablar con ella, saber cómo estaba.

La llamó muchas veces para brindarle su apoyo, pero Maite no respondió a ninguna de sus llamadas, y ella se sintió dolida por el rechazo de su amiga.

Ahora que era la propia Maite quien acudía a ella pidiendo ayuda, era el momento de tenderle la mano, tal y como había hecho ella en otra época.

Dos años después de esa llamada, Silvia estaba a punto de volver a los juzgados, pero no como fiscal, sino como abogada de la defensa. Ironías del destino, después de tanto tiempo en la acusación, ahora le tocaba defender.

—Solo confío en ti —le confesó Maite cuando le pidió que asumiera la defensa de su hijo—. Sé que harás todo lo posible por sacarlo de esta pesadilla.

Tomar la decisión de aceptar la propuesta de Maite fue tan difícil como la de dejar en su día la fiscalía, pero sentía que debía hacerlo. Desde ese momento, había tenido muchos meses para prepararse a conciencia, pero no solo ella, sino Maialen también, quien debía aprender a estar sin su madre.

—Te necesito al cien por cien, Silvia —le dijo Maite—. Encontraremos a alguien con quien Maialen se sienta a gusto y entonces podrás centrarte en el caso.

Probaron con una cuidadora tras otra hasta dar con la adecuada.

Fue la cuarta la que resultó ser la definitiva y, curiosamente, la que menos preparada estaba para el puesto.

Greta era una mujer de treinta y tantos años, bajita y regordeta, con el pelo rizado en forma de caracolillos y una enorme sonrisa en la cara.

Tenía una larga trayectoria profesional como auxiliar de geriatría, por lo que solo había cuidado a ancianos, nunca a niños, y menos con enfermedades raras.

Cuando Silvia le preguntó por qué se había interesado por el puesto no siendo de su especialidad, la respuesta de Greta fue clara: todos sus pacientes, tarde o temprano, terminaban muriendo, y ella no quería asistir a ningún funeral más.

Tal vez por su simpatía o por su voz cantarina, como si todo lo que decía formara parte de una canción, fue con quien Maialen se sintió más cómoda.

Congeniaron muy bien, y Silvia pudo centrarse en preparar la defensa mientras su hija se iba acostumbrando a no tener su atención.

Ahora, con el juicio a punto de comenzar, Silvia se encontraba ante el caso más importante de su carrera, el único en el que lo profesional se mezclaría con lo personal.

No era un juicio más, sino uno en el que no podía permitirse perder, y estaba dispuesta a ir a por todas.

Por Maite, por Lander, por Mikel y también por ella misma.

Ya no había vuelta atrás.