Capítulo 2. Karmele
KARMELE
La periodista Karmele Beltrán subió las escaleras y se detuvo frente al control de la entrada invadida por una sensación de nostalgia.
Hacía mucho tiempo que no cubría un juicio, y regresar a la Audiencia Provincial de Gipuzkoa le resultaba extraño.
Echó un vistazo en busca del guardia de seguridad que solía estar en la puerta.
No recordaba su nombre, pero siempre tenían la costumbre de intercambiar unas palabras antes de entrar.
No estaba, y pensó que lo más probable sería que se hubiese jubilado.
En su lugar, detrás del escáner, una joven de pelo rapado y rostro serio revisaba con atención la pantalla.
Apenas debía de rozar los veinticinco años.
— Egun on —saludó Karmele dejando sus pertenencias en la bandeja de plástico para que pasaran por el escáner.
— Egun on —respondió ella—. ¿Prensa?
—Sí, Donostia Press .
Atravesó el detector de metales mientras la chica comprobaba en la pantalla que todo estaba en orden.
Recogió sus cosas y continuó su camino hacia el interior.
En el hall del juzgado, se encontró con un grupo de periodistas.
Charlaban animadamente mientras esperaban a que comenzara el juicio.
Algunos eran viejos conocidos. Otros, en cambio, no le sonaban de nada.
—¡Dichosos los ojos! —una voz familiar captó la atención de los demás—. ¡Pero si es la reina del periodismo de investigación! ¿Cómo es que se ha dignado vuestra merced a bajar a los suburbios?
—No digas tonterías, Alberdi —le respondió Karmele sonriendo al corresponsal de Radio Euskadi—. Te echaba tanto de menos que he decidido pasarme.
Alberdi se acercó a ella con su sonrisa de siempre y le dio un abrazo cariñoso. En otros tiempos, habían coincidido casi a diario cubriendo las mismas noticias. Como buen veterano, se giró hacia los periodistas más jóvenes, que observaban con curiosidad.
—Para los que no la conozcáis, aunque estoy seguro de que su nombre os sonará —dijo con teatralidad—, ella es Karmele Beltrán, una antigua compañera que decidió pasar a mejor vida y hacerse freelance .
Ahora escoge ella misma las historias que quiere contar, mientras nos deja al resto las que no le interesan.
Karmele había trabajado para diversos medios en sus primeros años como periodista.
Su tenacidad, su rigor en la búsqueda de información y el respeto por la verdad la habían convertido en una profesional destacada.
Sin embargo, esas mismas cualidades hacían de ella una persona difícil de manejar.
No soportaba las imposiciones de las líneas editoriales ni las restricciones a la hora de investigar, y las discusiones con sus jefes eran una constante.
Harta de tener que cumplir con las exigencias y plazos que no respetaban la profundidad que requerían sus noticias, decidió dar un salto al vacío y comenzar a trabajar por su cuenta.
La relación que mantenía con Kris, su pareja desde hacía años, tuvo mucho que ver.
Kris era una fotógrafa de renombre internacional, una artista cuyo talento la había llevado a ganar prestigiosos premios y a colaborar con publicaciones como National Geographic .
Su trabajo la llevaba a recorrer el mundo, capturando imágenes que contaban historias únicas, y lo hacía con éxito suficiente como para garantizar una estabilidad económica para ambas.
Fue Kris quien animó a Karmele a dar el salto.
—Mientras yo recorro el mundo, tú estás atrapada en una redacción —le decía a menudo—.
Quiero que seas libre, Kar, que puedas elegir qué escribes y qué no.
Y que puedas venir conmigo cuando te apetezca.
Seguro que detrás de las imágenes que capta mi objetivo hay grandes historias que merecen ser contadas.
Decidida a intentarlo, Karmele comenzó a trabajar de forma independiente, acompañando a Kris a destinos exóticos y escribiendo desde cualquier rincón del mundo.
En ocasiones, sus trabajos incluso se entrelazaban, y las fotografías de Kris se convertían en el complemento perfecto para los reportajes de Karmele.
—¿Vas a cubrir el juicio? —le preguntó Alberdi sorprendido—. Creí que ya no hacías estas cosas.
—Hace mucho que no las hago, la verdad. Pero, teniendo en cuenta quién es el acusado, Néstor me ha contratado para cubrirlo —respondió aludiendo al jefe del diario Donostia Press .
—Bueno, es que no se me ocurre nadie mejor que tú. Después del reportaje que te marcaste sobre los Foronda...
—Fue un trabajo espectacular —se atrevió a decir de pronto un joven rubio de gafas. Tenía pinta de becario—. Soy Unai, de Noticias de Gipuzkoa .
El chico le tendió la mano con entusiasmo, y Karmele se la estrechó un tanto sorprendida por su efusividad.
—¿Cómo lograste descubrir lo que escondía Josean Foronda? ¿Una intuición?
—No exactamente. —Karmele advirtió la atenta mirada de sus compañeros—.
Recibí una filtración anónima. No decía mucho, pero sí lo suficiente como para empezar a tirar del hilo.
Aquello me llevó al conflicto que estaban viviendo los vecinos de la Parte Vieja de Donostia, me pareció un tema interesante y decidí que tenía que investigar a fondo.
Y fue así como salió toda la mierda de Foronda.
Los más jóvenes la miraban con fascinación, sobre todo Unai.
—El viejo Néstor te pagaría una pasta por un reportaje así, ¿no? Con lo que le gusta destapar escándalos... —quiso saber Alberdi, aunque era más una afirmación que una pregunta.
—Sigue igual de rácano y estirado, pero no le quedó otra que rascarse el bolsillo. Ahora me he ofrecido a cubrir el juicio, aunque este trabajo no me lo va a pagar tan bien.
—¿Te has ofrecido tú? —se extrañó Alberdi—. ¿Y eso por qué?
—Porque creo que estoy en deuda con el chico.
Si no hubiera sido por mi reportaje, la opinión pública le habría dado el beneficio de la duda, al menos hasta celebrarse el juicio, pero no ha sido así.
Después de destapar la doble moralidad y las actividades poco éticas de su padre, Lander no ha tenido ninguna posibilidad, y me siento en parte responsable de ello.
A ojos de todos, el hijo de uno de los hombres más odiados de la ciudad solo puede ser culpable —aseguró—.
No tengo ni idea de si Lander Foronda es culpable de asesinato o no, pero no tiene por qué pagar los errores de su padre.
Mi reportaje no debería haberlo perjudicado a él, pero lo ha hecho, y no es justo.
Y por eso estoy aquí, porque quiero escribir una crónica limpia y objetiva, sin prejuicios.
Una cosa no tiene que ver con la otra, y así es como quiero enfocarlas, de manera independiente, como deberíais hacerlo también vosotros.
De pronto, la letrada de la Administración de Justicia se acercó a ellos con paso decidido y una carpeta bajo el brazo.
—Buenos días. El juicio comenzará con un ligero retraso. La jueza ha tenido un contratiempo y aún no ha llegado. Aun así, esperamos poder comenzar en unos quince minutos.
Los periodistas asintieron y le dieron las gracias. Alberdi se giró hacia Karmele y le preguntó con una sonrisa pícara:
—¿Y qué me dices de la abogada defensora? Vaya sorpresa, ¿eh?
Karmele le devolvió un gesto cargado de complicidad.
—Estoy deseando verla. Este juzgado no ha sido lo mismo sin ella.
Unai se ajustó las gafas con un movimiento rápido y se puso a rebuscar en sus papeles. ¿Quién era esa abogada? ¿Qué tenía de especial?
—Ojalá podamos disfrutar de la Rottweiler en estado puro. —Alberdi se frotó las manos de manera exagerada.
—¿La Rottweiler? ¿Quién es la Rottweiler? —preguntó Unai nervioso. Temía haberse perdido algo importante.
—Una antigua fiscal. Su nombre es Silvia Legarre, y fue una de las mejores fiscales que hemos conocido nunca. Implacable.
—Ya lo creo —intervino Alberdi—. La tía tenía un par de pelotas bien puestas. Vamos, que el apodo le va como anillo al dedo.
—Dejó la fiscalía hace ya tiempo, unos diez años o más, y ahora regresa como abogada defensora de Lander Foronda. Me alegro de que, al menos ella, no les haya dado la espalda.
Unai anotó el nombre de la abogada en su libreta, agradeciendo la generosidad de sus compañeros al compartir esa información.
—Si no ha perdido facultades, será un placer volver a verla en el estrado —sentenció Karmele.