Capítulo 1. Laia
LAIA
Laia echó una ojeada a su alrededor en la sala de espera del juzgado.
Calculó que, con ella, serían más de treinta las personas convocadas para la selección del jurado.
Habían sido elegidos en el sorteo del censo, llevado a cabo cada dos años, siempre en años pares.
Y todos cumplían los requisitos exigidos: ser mayores de edad, saber leer y escribir, estar en pleno uso de sus facultades...
De esa lista inicial, cuando se fijaba la fecha de un juicio con jurado, se efectuaba un nuevo sorteo para escoger a los ciudadanos que debían presentarse a la selección definitiva.
Nueve titulares. Dos suplentes. El resto podría marcharse a casa.
—Yo no tengo tiempo para esta mierda. —Un hombre de ojos azules y cara de pocos amigos no dejaba de pasearse nervioso por la sala—. Seguro que hay gente que está deseando estar aquí. Que nos dejen en paz a los demás.
—Yo tengo que cuidar de mi madre. —Una mujer de mediana edad que estaba a su lado parecía preocupada—. No puedo permitirme contratar a alguien para pasar aquí casi dos semanas.
—Ya, pero si no vienes te multan —murmuró con resignación una joven con pinta de estudiante.
Laia escuchaba las quejas en silencio. No podía culparlos.
Ser elegidos suponía una gran responsabilidad, además de verse en la obligación de interrumpir sus vidas durante el tiempo que durara el juicio.
Miró el reloj de la pared. Las nueve y cuarto.
Pronto empezarían a llamarlos uno por uno, como en una consulta médica o en la ventanilla de Tráfico.
No tuvo que esperar demasiado. Fue la segunda en oír su nombre.
Un funcionario la condujo hasta la sala principal del juzgado, la sala de vistas.
La situación era inusual y un tanto incómoda, y no pudo evitar ponerse nerviosa, como si la fueran a juzgar a ella.
Se obligó a apartar ese pensamiento en cuanto cruzó la puerta.
Ella no estaba allí por haber hecho nada malo, sino para cumplir con su deber de ciudadana. Nada más.
—Buenos días —la saludó la jueza, una mujer de gesto serio y voz firme. Su media melena canosa y las marcadas arrugas alrededor de los ojos sugerían que rondaba la edad de jubilación—. Díganos su nombre y su profesión, por favor.
—Buenos días. Me llamo Laia Ortiz y me dedico al marketing digital, aunque, ahora mismo, me he tomado un descanso. —Prefirió no detallar demasiado.
—Muy bien. ¿Tiene alguna causa justificada para no poder formar parte de este jurado? ¿Algún motivo que le impida asistir durante el juicio?
—No, señora..., señoría. —Laia no supo muy bien cómo debía dirigirse a ella.
—De acuerdo. En ese caso, deberá responder a las preguntas del fiscal y de la abogada de la defensa.
Fue la abogada quien tomó la palabra. Laia calculó que tendría unos cuarenta años. Sus movimientos eran precisos y elegantes, y transmitía una gran seguridad en sí misma.
—Buenos días. ¿Nos puede decir qué conocimientos tiene de derecho?
—Poca cosa, solo lo que estudié en la carrera. Creo recordar que tuve una asignatura sobre la regulación en marketing y publicidad y otra sobre la ley de protección de datos y derechos de autor.
La abogada asintió en un gesto de conformidad. Al parecer, daba por buena la respuesta.
—¿Ha sido usted o algún familiar acusado de cometer un delito?
—No, señora, ni yo ni mi familia.
—¿Conoce usted el caso que se va a juzgar?
—Solo lo que he leído en la prensa.
—¿Y qué opinión le merece? ¿Qué piensa de Lander Foronda?
Laia se tomó un segundo para pensar. Después, contestó con seguridad.
—No puedo responder a esa pregunta porque no sé bien lo que ocurrió. Me falta demasiada información y no sería justo dar una opinión al respecto.
La abogada y el fiscal intercambiaron una breve mirada. A Laia le pareció ver en ambos una sonrisa fugaz. Todo apuntaba a que había dado la respuesta perfecta para ser seleccionada.
—¿Algo más que quiera añadir? —La jueza se dirigió al fiscal.
—No, señoría. Con esto es suficiente.
Laia fue acompañada por el funcionario de vuelta a la sala de espera y ocupó de nuevo el mismo asiento.
Durante las siguientes horas, observó cómo iban llamando al resto de los candidatos uno a uno.
Algunos regresaban y se resignaban a esperar, como ella, pero a otros, apenas cruzaban la puerta, el funcionario les indicaba que podían marcharse.
—Los mandarán a casa porque los han recusado —afirmó una chica de melena rizada que llevaba unos zapatos tipo pisamierdas. Laia no recordaba la última vez que se los había visto llevar a alguien.
—¿Qué es eso de recusar? —El hombre que no había dejado de protestar desde que habían llegado parecía interesado. Él no había sido llamado aún.
—Según he leído en internet, tanto la defensa como la acusación pueden recusar a cuatro candidatos sin dar motivo alguno, es decir, que pueden eliminarlos sin dar ninguna explicación.
—¿Y qué pasa cuando ya hayan descartado a esos ocho?
—Pues que tendrán que conformarse con los que quedan.
El hombre soltó algo similar a un gruñido y Laia se limitó a asentir con la cabeza. Ella también lo había leído.
Aunque ser miembro de un jurado popular nunca había entrado en sus planes, debía reconocer que no le llegaba en un mal momento.
Había pasado catorce largos años en la capital británica trabajando para una multinacional especializada en marketing digital, tras dos en Tokio y uno en Nueva York.
La tecnología siempre le había apasionado, y le atraía trabajar en un mundo en el que todo era posible, donde podía analizar datos, predecir tendencias e influir directamente en el comportamiento de las personas.
Su capacidad de organización y planificación eran su mayor baza, y el marketing digital era perfecto para satisfacer su necesidad constante de disipar cualquier incertidumbre.
Todo podía medirse: cada palabra, cada anuncio, cada campaña podía ajustarse para obtener el mejor resultado posible, y eso le encantaba.
La oportunidad de trabajar en el extranjero le llegó casi sin darse cuenta.
De hecho, ni siquiera la buscó, pero cuando le ofrecieron el puesto en Tokio, aceptó sin pensarlo.
Era lo que necesitaba en ese momento. Con el paso del tiempo, sin embargo, el mundo que tanto le había apasionado tomó un rumbo distinto, volviéndose irreconocible.
Las redes sociales cambiaban a una velocidad vertiginosa, las herramientas de análisis se quedaban anticuadas al instante y las tendencias nacían y morían en cuestión de días.
Lo que hoy era relevante, mañana ya no lo era, y su necesidad de contrastarlo todo comenzó a chocar con un entorno cada vez más volátil.
Esa falta de control la angustiaba hasta tal punto que sintió la urgencia de parar y tomar distancia.
Debía tomarse un tiempo para responder una pregunta fundamental: ¿era eso lo que quería?
De manera que, tras solicitar una excedencia, a sus treinta y nueve años, decidió regresar a casa, junto a los suyos.
Apenas había tenido tiempo de deshacer su equipaje y preparar la habitación donde transcurrió su adolescencia para pasar allí el próximo año, cuando un agente de la Ertzaintza llamó a la puerta y le entregó en mano una notificación.
Se trataba de una cédula de citación, donde se le indicaba el día y la hora en que debía presentarse en los juzgados de Donostia para el acto de formación del tribunal en una causa concreta.
—¡Vaya mala suerte tienes! —le dijo su hermano Iker cuando se lo contó. Aunque ya no vivía en casa, se pasaba todos los días a comer y a cenar. Una cosa era independizarse y otra muy distinta tener que cocinar.
—¡Ya lo creo! Poco antes de volver, cuando ya tenía la decisión tomada, me empadroné aquí para poder optar a los sorteos de viviendas de protección oficial. Y en lugar de tocarme un piso, me ha tocado esto.
—¿Y qué vas a hacer?
—¿Cómo que qué voy a hacer? Pues ir, no tengo otra opción.
—Me refiero a qué vas a contestar cuando te pregunten acerca de tu opinión sobre el caso.
Yo que tú, diría que el Foronda ese es un mal bicho que se cargó a su compañero de piso porque es un descerebrado, que seguro que iba puesto hasta las cejas de drogas y que tendría que estar colgado de un árbol para que el resto de los mortales tomemos ejemplo. ¡Ya verás como no te cogen!
Laia soltó una carcajada. Su hermano era muy capaz de decir semejante barbaridad delante de un tribunal o de quien fuera, pero ella no era así.
No le gustaba mentir. Además, tenía un profundo sentido de la justicia.
Creía que debía ser honesta consigo misma y con los demás, y responder con sinceridad.
Fue precisamente esa honestidad la que la llevó a ser elegida en el proceso de selección.
Tras una espera de casi tres horas, ella y otros diez candidatos más fueron notificados de que habían sido escogidos para formar parte del jurado que decidiría si Lander Foronda era culpable o no.
Echó un vistazo rápido a sus compañeros y, por sus expresiones, supo que, si no todos, al menos la mayoría habría preferido no estar allí.
Ella tampoco tenía muy claro si quería formar parte de aquello.
Sin embargo, creía que, ya que tenía que hacerlo, lo haría bien.
Era meticulosa, concienzuda y, sobre todo, justa.
Prefería no quedarse con la primera impresión y le gustaba investigar, profundizar, asegurarse de que entendía cada detalle antes de emitir una opinión.
Al día siguiente comenzaría el juicio. El sistema judicial había confiado en ella para ese trabajo, y no pensaba fallar.