Capítulo 39
Marcus llegó a Hyde Park mucho antes de la hora convenida.
No porque fuera puntual, sino porque llevaba tres días imaginando aquel momento y ninguno de ellos había conseguido convencerlo de que la carta fuera real.
La había leído tantas veces durante la noche anterior que el doblez del papel comenzaba a desgastarse y estaba a punto de romperse. No era una carta de amor. No era una declaración. Ni siquiera un saludo afectuoso.
¿Le apetecería pasear conmigo por Hyde Park mañana a las cuatro de la tarde?
Solo eso.
Y, sin embargo, aquellas catorce palabras habían logrado desordenar más su corazón que cualquier discurso.
Caminó despacio junto al lago, deteniéndose en el mismo sendero donde meses atrás la había visto discutir con un anciano porque este pretendía arrancar unas flores silvestres para llevarlas a casa.
Sonrió al recordarlo.
―Está completamente loca... ―murmuró para sí.
Y, curiosamente, fue aquella locura lo primero que echó de menos cuando desapareció de su vida.
Sacó el reloj del bolsillo del chaleco.
Las tres y veinte, sabía que era demasiado pronto.
Intentó distraerse observando a las familias que paseaban bajo la sombra de sus árboles, a los niños persiguiendo palomas y a una anciana que alimentaba a los cisnes con absoluta paciencia. Nada conseguía apartar su mente de la misma pregunta.
¿Y si no viene?
Era una posibilidad razonable.
O quizá la carta no significaba nada.
Quizá solo quería despedirse.
Quizá necesitaba cerrar una historia que nunca llegó a empezar.
O quizá...
Guardó el reloj con un suspiro.
No volvería a hacerse ilusiones.
Había aprendido demasiado bien el precio de esperar.
A las tres y cincuenta decidió que permanecer inmóvil lo volvería completamente loco, así que comenzó a caminar por el sendero de grava con las manos entrelazadas a la espalda.
No había dado diez pasos cuando una voz femenina, suave y ligeramente temblorosa, detuvo el mundo.
―¿Siempre llega tan temprano a sus citas, excelencia?
Marcus cerró los ojos un instante.
Aquella voz.
La había escuchado cientos de veces en su memoria durante los últimos meses.
Ninguna se parecía tanto a la real.
Se giró despacio y allí estaba Helena.
No vestía los colores alegres de los bailes donde la conoció ni el blanco impecable del día de su boda. Llevaba un sencillo vestido azul grisáceo y un sombrero del mismo tono sujeto con una cinta de raso.
Era sencillo.
Y, sin embargo...
Nunca le había parecido tan hermosa.
Porque volvía a mirar el mundo con curiosidad.
Y eso significaba que una parte de ella había regresado.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo una sola palabra, no hacía falta.
Las ausencias también sabían conversar.
Marcus fue el primero en sonreír.
―Llevo exactamente cuarenta y tres minutos intentando convencerme de que no ibas a aparecer.
Helena bajó la vista, incapaz de contener una pequeña sonrisa.
―¿Y ya te habías convencido?
―No. Nunca he sido demasiado bueno mintiéndome.
Ella soltó una risa baja, una risa auténtica.
Marcus sintió que algo dentro de él se acomodaba por fin después de tantos meses de tormenta.
―Me alegra comprobar que sigues riéndote de mis desdichas.
―Solo de las pequeñas. De las grandes... nunca fui capaz.
El silencio regresó.
Esta vez no era incómodo. Era tímido.
Como si dos personas que se conocían de memoria tuvieran que aprender de nuevo a presentarse.
Marcus dio un paso hacia ella.
―¿Paseamos?
Helena levantó los ojos.
Y, por primera vez desde que la conocía, fue ella quien tomó la iniciativa. Le ofreció el brazo.
Marcus la miró con una mezcla de sorpresa y emoción tan evidente que Helena terminó apartando la vista, divertida.
―Si continúas mirándome así, acabaré creyendo que llevo el sombrero al revés.
Él rio.
―No te miraba por el sombrero.
―Ya lo imaginaba.
―No te miraba porque hacía mucho tiempo que no te veía caminar hacia mí sin esconderte.
Helena sintió que el corazón le daba un vuelco.
No respondió. Simplemente apoyó la mano sobre el brazo de Marcus. Y ambos comenzaron a caminar despacio.
Marcus caminaba, como si temiera que cualquier paso demasiado rápido pudiera romper el milagro de verla allí.
Hyde Park seguía siendo el mismo. Los senderos de grava, los viejos robles que comenzaban a vestirse de otoño, el murmullo del lago agitado por una ligera brisa...
Todo permanecía igual. Los únicos que habían cambiado eran ellos.
Durante varios minutos no hicieron otra cosa que pasear.
Sus hombros se rozaban de vez en cuando, ninguno dijo nada, pero ninguno parecía tener prisa por llenar el silencio. Después de tantos meses de distancia, comprendieron que hasta el silencio podía ser un regalo cuando era compartido por la persona adecuada.
―He imaginado este momento tantas veces... ―dijo Marcus al fin, con una sonrisa cansada― que ahora resulta muy distinto a como lo soñé.
Helena levantó la vista hacia él.
―¿Me imaginabas diciendo algo extraordinario?
Él negó suavemente.
―Te imaginaba así, feliz, sonriente como ahora.
Aquella respuesta la obligó a detenerse.
Lo miró como si acabara de descubrir un detalle que siempre había estado delante de sus ojos.
―¿Sabes cuál fue el mayor error que cometí?
Marcus sonrió con tristeza.
―Tengo la impresión de que vas a decirme que aceptar aquel matrimonio.
Ella negó despacio.
―No. Mi mayor error fue creer que debía elegir entre hacer lo correcto o hacerme feliz a mí misma. Nunca comprendí que ambas cosas podían ser la misma.
Marcus permaneció en silencio.
Helena respiró hondo antes de continuar.
―Durante mucho tiempo pensé que tú eras únicamente pasión. Que eras el hombre que hacía latir mi corazón demasiado deprisa, el hombre que besaba como si el mundo pudiera acabarse al amanecer. Pensé que un matrimonio no podía construirse sobre algo así.
Él bajó la cabeza.
―Quizá tenías razón.
―No. Estaba completamente equivocada.
Marcus alzó los ojos lentamente, no dijo nada, dejó que ella siguiese hablando.
―Porque un día comprendí que jamás intentaste convencerme de quedarme contigo. Ni siquiera cuando más fácil te habría resultado hacerlo. Me dejaste elegir, incluso cuando esa elección significaba perderme.
Los ojos verdes de Marcus brillaron con una emoción que llevaba demasiado tiempo conteniendo.
―Te quería demasiado para pedirte algo que quizá no deseabas. Siempre pensé que él era tu elección y que yo no tenía derecho de pedirte nada.
Helena sonrió entre lágrimas.
―Nathaniel me quiso lo suficiente como para dejarme marchar cuando comprendió que jamás sería feliz a su lado.
Marcus asintió lentamente.
―Entonces ambos aprendimos la misma lección.
―¿Cuál?
―Que amar nunca ha consistido en retener.
Helena sintió que las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
―¿Entonces?
―Ha consistido siempre en dejar libre a la persona amada... aunque exista la posibilidad de que nunca regrese ―dijo él.
Ella dio un paso hacia él.
Solo uno.
Lo suficiente para que los separara un suspiro.
―Y, sin embargo...
Marcus tragó saliva.
―¿Sin embargo?
―He regresado.
Aquellas dos palabras derribaron los últimos muros que aún permanecían entre ellos.
Marcus cerró los ojos un instante.
Había imaginado cientos de situaciones para aquel día.
Cuando volvió a abrirlos, Helena seguía allí.
Estaba delante de él porque había decidido estar.
Con infinita delicadeza levantó una mano, la acercó a su rostro, pero no se atrevió a tocarla.
Helena sonrió al comprender aquel gesto.
No necesitó palabras.
Fue ella quien entrelazó sus dedos con los de él.
―Gracias ―susurró Marcus.
Ella arqueó ligeramente una ceja.
―¿Por qué?
―Porque me has elegido por voluntad propia.
Helena bajó la mirada hacia sus manos unidas.
Después volvió a contemplar aquellos ojos verdes que un día creyó imposibles de olvidar.
―¿Sabes qué descubrí mientras intentaba convencerme de que debía olvidarte?
Marcus negó despacio.
―Que contigo nunca tuve miedo de ser yo.
―El viento agitó algunas hojas sobre el sendero.
Ninguno de los dos pareció advertirlo―Podía discutir contigo.
Podía hablar de libros, de pájaros o de sueños absurdos sin sentir que alguien iba a corregirme.
―Hizo una breve pausa―. Y comprendí demasiado tarde que eso era ser feliz.
Marcus respiró profundamente.
Nunca una frase tan sencilla le había parecido tan hermosa.
―Helena...
Ella apoyó con suavidad la otra mano sobre la mejilla de él.
―No he venido para que me prometas una vida perfecta, sé que no existe. No he venido para pedirte que me protejas. Ya sé hacerlo sola. He venido porque, si algún día vuelvo a perderme... quiero perderme caminando a tu lado.
Marcus dejó escapar una risa emocionada.
―Y yo quiero pasar el resto de mi vida recordándote quién eres cada vez que el mundo intente convencerte de lo contrario.
Helena sonrió.
―Entonces prométeme una cosa.
―La que quieras.
―Si alguna vez ves una jaula en nuestra casa, no pongas un pájaro dentro.
Marcus negó lentamente.
―Jamás. Porque el amor no consiste en impedir que alguien se marche. Consiste en lograr que, teniendo el mundo entero para volar, elija regresar cada tarde al mismo lugar.
Helena sintió que el corazón se le llenaba de una paz desconocida.
Comprendió que aquello era exactamente lo que había buscado toda su vida.
No quería a un hombre que decidiera por ella.
Sino un compañero que caminara a su lado sin intentar cambiar la dirección de sus pasos.
Se puso de puntillas. Y, esta vez, fue ella quien lo besó.
Dos almas que, después de perderse demasiadas veces, por fin habían aprendido que el amor verdadero nunca exige renunciar a uno mismo.
Cuando sus frentes volvieron a apoyarse, Marcus sonrió con esa calma que solo conoce quien deja de perseguir un sueño porque, al fin, lo tiene entre los brazos.
―¿Sabes qué pensé la primera vez que te vi?
Helena negó con una sonrisa.
―Pensé que eras la única mujer capaz de discutir por un árbol.
Ella soltó una carcajada.
―¿Y ahora?
Marcus besó con infinita ternura su frente.
―Ahora sé que también eres la única capaz de enseñarle a un hombre que el amor no necesita alas para aprender a volar.