Capítulo 38
Las personas suelen creer que la libertad llega de golpe. Como una puerta que se abre. Como una cadena que se rompe. Como un pájaro que alza el vuelo después de pasar demasiado tiempo encerrado.
Se equivocan.
La libertad llega despacio.
Con pasos inseguros, con miedo. Con la extraña sensación de haber esperado tanto ese instante que, cuando por fin aparece, una parte de uno mismo ya no sabe qué hacer con ella.
La primera noche que dormí de nuevo en la casa de mis padres apenas concilié el sueño. Nadie llamó a mi puerta para preguntarme si deseaba apagar la lámpara. Nadie me recordó que al día siguiente debía madrugar. Nadie decidió qué libro era el más conveniente para terminar la jornada.
Y, aun así, me desperté tres veces convencida de que había olvidado pedir permiso para poder hacer nada.
La costumbre era una prisión mucho más silenciosa que cualquier cerradura.
Abrí los ojos cuando el reloj del vestíbulo dio las seis.
Durante unos segundos permanecí inmóvil, observando el techo de mi antiguo dormitorio.
Allí todo seguía exactamente igual. La moldura blanca, las cortinas color marfil, la pequeña estantería donde Charlotte escondía novelas que nuestra madre consideraba poco apropiadas para dos señoritas.
Incluso la vieja jaula seguía descansando sobre el aparador, vacía desde hacía meses, y que una fina capa de polvo cubría ya los barrotes.
Me incorporé lentamente y me acerqué a ella.
Deslicé los dedos por el pequeño pestillo de hierro, la puerta permanecía abierta.
Sonreí, porque nadie había vuelto a cerrarla.
Charlotte irrumpió en mi dormitorio sin llamar, exactamente igual que llevaba haciendo desde que ambas aprendimos a caminar.
―Mamá dice que si no bajas inmediatamente, enviará a la señora Robin a buscarte.
La miré con una mezcla de resignación y alivio.
―Hay costumbres que nunca cambian.
―Gracias al cielo.
No pude evitar reír.
Ella cruzó la habitación hasta detenerse frente a mí. Me observó durante unos segundos con esa mirada suya que siempre parecía descubrir lo que yo intentaba esconder.
―Has dormido fatal.
―Muchísimo.
―¿Has llorado?
Mentir a Charlotte era una pérdida de tiempo.
Asentí muy despacio.
Ella no preguntó por qué, solo me rodeó con los brazos.
―Ya ha pasado.
Negué con suavidad.
―No. Ahora empieza todo.
Charlotte apoyó la barbilla sobre mi hombro.
―¿Y qué vas a hacer?
Me separé despacio.
Miré hacia la ventana, y vi que Londres despertaba bajo una fina lluvia de otoño.
Después del desayuno me encerré en la biblioteca. Necesitaba escribir una carta. Era una tarea ridículamente sencilla, solo era una carta.
Había escrito centenas de ellas en mi vida. A mi madre, a Charlotte, a viejas amistades. Incluso a proveedores de telas cuando Nathaniel me pedía que eligiera nuevos cortinajes para la casa.
Sin embargo, aquella hoja en blanco parecía desafiarme.
Querido Marcus...
Arrugué el papel, tomé otra hoja, nada, la rompí también, pues parecía que estuviera escribiendo al administrador de una finca.
La tercera comenzó con un simple Marcus.
Apoyé la frente sobre el escritorio y solté un largo suspiro.
―¿Piensas declarar la guerra al papel o puedo entrar?
Charlotte permanecía apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados.
No la había oído llegar. Miró al suelo. Cinco hojas hechas una bola. Levantó una ceja.
―Vaya. Parece que alguien está teniendo una pelea con una pluma.
―No sé qué escribir.
Charlotte caminó hasta el escritorio. Tomó asiento frente a mí. Cogió una hoja limpia.
―¿Qué quieres decirle?
Abrí la boca y la cerré otra vez.
―No lo sé.
Ella sonrió con infinita paciencia.
―Eso es mentira. Lo sabes perfectamente. Lo que ocurre es que llevas tanto tiempo diciendo lo que otros esperaban escuchar que has olvidado cómo suenan tus propias palabras.
Aquella frase me atravesó el pecho, porque era verdad.
Charlotte deslizó la hoja hacia mí.
―No escribas lo correcto. Escribe lo que sientes.
―¿Y cómo lo hago?
Mi hermana sonrió.
―Empieza por lo más sencillo. ¿Quieres verlo?
La respuesta salió antes incluso de pensarla.
―Sí.
―Pues ya está.
Tomó la pluma de entre sus dedos. Escribió únicamente una línea con su caligrafía firme y elegante. Después giró el papel hacia mí.
¿Le apetecería pasear conmigo por Hyde Park mañana a las cuatro de la tarde? Nada más, ni una palabra adicional. La miré.
―¿Eso es todo?
Charlotte dejó la pluma sobre la mesa.
―Si ese hombre te ha querido la mitad de lo que yo creo, estará allí antes de las cuatro. Y si no aparece... Al menos habrás dejado de preguntarte qué habría ocurrido.
Miré aquella única frase durante un largo rato.
Era sorprendente.
Después de tantos meses tomando decisiones que otros consideraban apropiadas...
La carta más importante de mi vida apenas ocupaba una línea.
La doblé cuidadosamente. La introduje en un sobre. La sellé con cera. Y, justo cuando iba a entregársela al lacayo, el miedo volvió a detenerme.
¿Y si ya era demasiado tarde?
Charlotte me quitó el sobre de la mano con una rapidez que me arrancó una protesta.
―¡Charlotte!
Ella sonrió con picardía.
―Demasiado tarde.
Ya está enviado.
Me quedé mirándola horrorizada.
―¡Acabas de decidir por mí!
Mi hermana soltó una carcajada.
Una carcajada tan limpia que terminé riendo con ella.
Después me abrazó muy fuerte.
Y susurró junto a mi oído:
―No. Tú llevabas diez minutos con la carta en la mano. Yo solo me he asegurado de que no vuelvas a esconder tu felicidad por miedo.