Capítulo 37
Nunca imaginé que la libertad pudiera pesar tanto.
Aquella mañana me desperté antes del amanecer.
La lluvia golpeaba suavemente los cristales del dormitorio y Nathaniel ya no estaba a mi lado.
No era extraño. En las últimas semanas se levantaba cada vez más temprano y regresaba cada vez más tarde.
Pensé que habría salido a supervisar las tierras o que volvería a encerrarse durante horas en el despacho con montones de documentos que jamás despertaron mi curiosidad.
Llevaba días pensando que algo había cambiado en aquella casa.
No sabía explicar el qué, o simplemente era que Nathaniel ya no corregía mis lecturas, no opinaba sobre si debía salir al jardín o permanecer dentro. Ni siquiera preguntaba cuándo pensaba escribir a Charlotte.
Era como si, de repente, hubiera decidido observarme desde lejos.
Y aquella distancia, lejos de aliviarme, me llenaba de una tristeza todavía más profunda.
Cuando bajé al salón, el mayordomo me informó de que mi esposo había salido hacia Londres muy temprano, y fruncí el ceño.
―¿A Londres?
―Sí, milady . No dio más explicaciones.
Asentí y ocupé mi lugar en la mesa.
El desayuno permaneció prácticamente intacto.
Nathaniel regresó ya entrada la tarde.
La lluvia había cesado y traía el abrigo húmedo sobre los hombros.
Al cruzar el vestíbulo levantó la vista hacia mí.
Sonrió de una manera cansada, pero distinta. Había en ella una serenidad que jamás le había visto.
―Buenas tardes, Helena.
―Buenas tardes.
Se acercó.
Depositó un beso muy suave sobre mi frente como hacía siempre.
Solo que esta vez permaneció un instante más de lo habitual. Como si quisiera recordar aquel gesto.
―¿Ha ido bien el día?
―Sí. ¿Y el tuyo?
Nathaniel respiró profundamente.
―Ha sido importante.
Quise preguntarle más, pero finalmente no lo hice. Él tampoco añadió nada.
Aquella noche no hablamos durante la cena.
Por mi parte no era incómodo, e imaginé que si lo hubiese sido para él, entonces lo hubiese roto. Era un silencio lleno de pensamientos.
Varias veces descubrí su mirada, y otras tantas la apartó con discreción.
Cuando terminamos de cenar, me deseó buenas noches y se dirigió al despacho.
Yo subí al dormitorio para intentar dormir algo, por poco que fuera, bueno sería un descanso, pues últimamente no conseguía dormir con facilidad.
Antes de meterme en mi cama, abrí el armario, y vi allí todos mis vestidos como colgaban perfectamente ordenados por colores.
Pasé los dedos sobre las telas, después abrí uno de los cajones, y allí encontré una vieja cinta azul que Charlotte había colocado en mi cabello años atrás.
Sonreí. Y, sin saber por qué, empecé a doblar algunas prendas.
Me sorprendí haciendo una maleta. Ni siquiera era consciente de lo que hacía, pero mi pensamiento estaba en casa, con mi hermana, mi familia.
Me quedé inmóvil al descubrir aquello.
La puerta sonó muy despacio, y levanté la cabeza. Nathaniel apareció en el umbral. No parecía sorprendido, tampoco enfadado.
Sus ojos descendieron lentamente hasta la maleta y después volvieron a los míos.
Ninguno de los dos habló durante varios segundos.
Finalmente fue él quien rompió el silencio.
―He estado hoy en Londres.
Tragué saliva.
―Lo sé.
―No para atender asuntos de las tierras.
Negué muy despacio con la cabeza.
Nathaniel avanzó un par de pasos, y pude ver que llevaba una carpeta de cuero entre las manos. La dejó sobre la cómoda.
―He visitado a mi abogado. También al obispo. Y a un viejo amigo que trabaja para la Corona.
Lo miré sin comprender ni una sola palabra de lo que decía.
Él respiró hondo antes de continuar.
―Quería asegurarme de que, si llegaba este momento... nadie pudiera destruir tu nombre.
Sentí que el corazón dejaba de latir durante un instante.
Nathaniel abrió la carpeta y sacó varios documentos.
No me los entregó, ni siquiera los miró, los dejó sobre la cama y solo habló. Con una calma que resultaba infinitamente más dolorosa que cualquier grito, y dijo:
―Dentro encontrarás todo lo necesario para solicitar una separación sin que recaiga sobre ti ninguna culpa.
Las propiedades seguirán siendo tuyas mientras dure el proceso.
He dispuesto una renta anual para que jamás dependas económicamente de nadie.
Y... ―hizo una breve pausa― He dejado por escrito que toda la responsabilidad será exclusivamente mía.
Las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas.
Negué una y otra vez.
―Nathaniel...
Él levantó muy despacio una mano.
No para detenerme, sino para evitar que sintiera la obligación de disculparme.
Entonces sonrió. Y fue la sonrisa más triste que había visto jamás.
―No. Déjame hablar por una última vez sin interrumpirme.
Sus ojos brillaban.
―¿Recuerdas el día que nos conocimos?
Asentí.
―Lo primero que pensé fue que jamás había visto a una mujer mirar el mundo con tanta curiosidad. Te fijabas en todo. En los árboles, en los pájaros, en las personas, hasta en las nubes.
Sonrió con nostalgia.
―Y yo me enamoré de esa mujer. Pero cometí el mayor error de mi vida. Creí que podía proteger esa luz. Y no comprendí que, para protegerla, debía dejar que siguiera siendo suya y no mía.
Las piernas dejaron de sostenerme.
Me senté lentamente sobre la cama.
Nathaniel continuó hablando con una serenidad desgarradora.
―He pasado semanas preguntándome en qué momento dejaste de sonreír.
Pensé que necesitabas más tranquilidad. Más seguridad.
Más orden. Y cada decisión que tomé para cuidarte...
te alejaba un paso más de ti misma. Hoy por fin lo entiendo.
No eras infeliz porque yo fuera un mal hombre.
Eres infeliz porque dejaste de ser la mujer que eras antes de conocerme.
Guardó silencio unos segundos.
Después dio un último paso hacia mí y se quedó mirándome.
―Puedes marcharte. Eres libre. Yo me encargaré de que el mundo también te vea libre.
Aunque para conseguirlo tenga que soportar todas las críticas, todos los rumores y toda la vergüenza que pueda caer sobre mi apellido.
No permitiré que nadie te señale. Porque ya he cometido demasiados errores contigo.
Respiré con dificultad.
No podía dejar de llorar.
Nathaniel sonrió una última vez.
―Acabo de comprender algo demasiado tarde. Amar a una mujer no consiste en construirle la jaula más bonita. Consiste en abrir la puerta... aunque eso signifique verla volar hacia un lugar donde uno ya no puede acompañarla.
Ninguno de los dos habló después, seguramente porque todo estaba dicho.
Y aquella fue la primera vez desde el día que nos casamos que sentí que el hombre que tenía delante no intentaba decidir por mí. Solo me estaba devolviendo aquello que nunca debí perder.
Mi libertad.