Capítulo 36
Helena se despertó muy temprano y descubrió que Nathaniel ya no estaba en la cama. Decidió salir al pasillo y después de un corto paseo revisando estancias, lo encontró en la biblioteca.
Primero le pareció que estaba leyendo un libro, pero después se terminó dando cuenta de que tan solo lo tenía abierto, pero que no había pasado una página en todo el tiempo que ella estaba presente.
Nathaniel se dio cuenta de que Helena lo observaba, y terminó por sonreírle.
Él pronunció algo que jamás había dicho antes.
―Hace una mañana preciosa. ¿Te apetecería que saliéramos juntos?
Helena se extrañó al escucharlo, pero aceptó.
Los dos salieron a caminar por la finca.
Nathaniel intentó recordar cómo hablaban cuando todavía no estaban casados. Le empezó a preguntar por los libros que leía cuando era más pequeña, por como era su hermana Charlotte de niña, por Londres, por las flores. Incluso le preguntó cuál era su estación favorita del año.
Ella respondía con educación, pero ya no existía espontaneidad ni ilusión en sus palabras.
Nathaniel empezó a desesperarse, porque comprendió que la conversación no fluía de forma natural, pues parecía una entrevista, no una charla entre marido y mujer.
Llegaron sin darse cuenta hasta un viejo roble, él recordó al verlo que Helena siempre se detenía para mirar los pájaros, en cambio ese día decidió pasar de largo. Él la llamó.
―Helena, mira. Hay un nido.
Ella sonrió.
―Sí.
Pero continuó caminando.
Se sentaron junto a un pequeño lago, y compartieron únicamente el silencio, hasta que Nathaniel habló.
―¿Sabes qué echo de menos también?
Ella sonrió con tristeza.
―¿Que te lleve la contraria? Ya me lo habías dicho en alguna ocasión.
Nathaniel la miró..
―Muchísimo.
Entonces Nathaniel hizo algo que jamás había pensado hacer.
Preguntar.
―Si hoy pudiéramos empezar de nuevo… ¿qué harías diferente?
Helena tardó muchísimo en responder.
―Dejaría de intentar convertirme en la mujer que todos esperan. Y sin duda volvería a ser la que hablaba con los pájaros y era sumamente feliz.
A los pocos minutos decidieron regresar a casa, y es cuando Nathaniel le hizo una pregunta que marcaría todo.
―Helena, ¿me prometerías una cosa?
Ella lo miró con atención.
―¿Cuál?
―Si alguna vez no eres feliz a mi lado, serás capaz de decírmelo.
―Nathaniel, llevo meses intentando decírtelo, solo que hablábamos idiomas distintos. Parece que no nos entendemos.
Él se quedó completamente inmóvil.
Ella entró en la casa sin esperar a que él le diese una respuesta.
Y Nathaniel permaneció solo en la escalinata, mirando el horizonte, comprendiendo que quizá el amor no consiste en enseñar al otro el camino correcto, sino en aprender a recorrer el suyo.