Verdes, como la esperanza de olvidarte Capítulo 35
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Capítulo 35

Me estremecía el silencio.

Nunca pensé que pudiera llegar a pronunciar una frase así sobre una casa tan hermosa como aquella.

Los techos altos, los ventanales abiertos al campo, los pasillos interminables iluminados por la luz del otoño, el perfume constante de la madera encerada...

todo era tan perfecto que cualquier visitante habría asegurado que vivía en un lugar privilegiado.

Y, sin embargo, el silencio me perseguía.

Era un silencio distinto al de mi antiguo dormitorio en Londres, aquel donde hablaba con dos pajarillos encerrados en una jaula y soñaba con una vida que todavía no conocía.

Ese silencio estaba lleno de preguntas, de situaciones imaginadas, de discusiones con Charlotte al otro lado de la puerta y de los gritos desesperados de mi madre reclamando compostura.

Este era diferente. Este era un silencio que parecía tragárselo todo. Mis pasos. Mis pensamientos. Hasta mi propia voz.

Caminé despacio por el ala oeste de la casa sin un destino concreto.

Hacía días que Nathaniel pasaba buena parte de las mañanas revisando las nuevas tierras adquiridas al duque, y el servicio se ocupaba del resto de las estancias, de modo que nadie reparó en mí cuando abrí una puerta que jamás había cruzado.

Era un dormitorio antiguo.

Quizá el primero que había tenido la familia antes de ampliar la finca.

El mobiliario estaba cubierto por fundas de lino, y una ligera capa de polvo descansaba sobre la cómoda, pero la habitación conservaba una elegancia melancólica que me obligó a avanzar unos pasos más.

Entonces lo vi. Había un enorme espejo francés que ocupaba casi toda la pared del fondo.

El cristal estaba impecable.

Me acerqué despacio.

No recordaba la última vez que me había detenido a observarme de verdad.

Durante semanas me había vestido por costumbre, me había peinado porque correspondía hacerlo y había sonreído delante de quienes esperaban aquella sonrisa de mí, pero jamás me había mirado.

Me detuve justo delante del espejo y allí estaba.

Mi cabello seguía siendo el mismo. Mis ojos conservaban exactamente el mismo color. El vestido azul que llevaba aquella mañana era precioso.

Todo parecía igual.

Todo excepto yo.

Fruncí ligeramente el ceño.

Incliné la cabeza hacia un lado, después hacia el otro.

Había algo distinto.

Di un paso más para acercarme al espejo, y poder ver mis ojos de cerca. La sorpresa fue inmediata, pues era imposible que aquello fuera así. Aquellos ojos seguían siendo los mismos y, al mismo tiempo, ya no lo eran.

Habían perdido aquella luz inquieta que Charlotte siempre decía que me hacía parecer una niña traviesa a punto de cometer una locura.

Aquella mujer del espejo parecía cansada.

Levanté una mano y acaricié mi propio reflejo con la yema de los dedos.

―¿Qué te ha pasado? ―susurré.

La mujer del espejo no respondió, solo siguió observándome.

Noté un nudo formándose lentamente en la garganta. Intenté sonreír. Los labios obedecieron, los ojos no.

La sonrisa desapareció antes incluso de terminar de nacer.

Sentí un pinchazo tan profundo en el pecho que tuve que apoyar una mano sobre la cómoda para no perder el equilibrio.

―No...

Sacudí la cabeza y volví a intentarlo. Volví a intentar forzar otra sonrisa, pero solo obtuve otro fracaso.

Fue entonces cuando comprendí que ya ni siquiera sabía fingir delante de mí misma, y las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas con una lentitud insoportable.

No lloraba por Nathaniel, ni por Marcus, ni siquiera por mi matrimonio.

Lloraba por aquella muchacha que había soltado dos pequeños pájaros porque estaba convencida de que nadie merecía vivir entre barrotes.

―¿Dónde estás? ―murmuré entre sollozos.

Cerré los ojos con fuerza.

―¿Dónde estás, Helena?

Nathaniel regresaba del despacho cuando escuchó un sonido extraño al final del pasillo.

No era un llanto desesperado, era mucho peor, sonaba a lloro ahogado. Parecía el llanto de alguien que llevaba tiempo intentando contenerlo.

Se detuvo.

La puerta del antiguo dormitorio estaba entreabierta. No pretendía escuchar a través de la puerta ni menos espiar a nadie en su propia casa, pero, sin embargo, al levantar la vista, el enorme espejo reflejó el interior de la habitación antes incluso de que pudiera apartarse.

Vio a Helena, quien permanecía inmóvil frente al cristal. No sabía que él estaba allí.

Él solo contemplaba a la mujer que tenía delante como si estuviera observando a una desconocida.

Nathaniel sintió un vuelco en el pecho cuando la vio intentar sonreír y a la vez fracasar.

Después la escuchó.

―¿Dónde estás, Helena?

Aquellas tres palabras atravesaron algo dentro de él.

Entendió que estaba buscándose a sí misma y a la vez no conseguía encontrarse.

Nathaniel retrocedió un paso porque sintió que invadir aquel momento era una crueldad.

Bajó la cabeza y caminó despacio hasta la escalera principal. No se movió de aquel peldaño, simplemente se sentó en uno de los escalones de madera con los codos apoyados sobre las rodillas.

Durante largos minutos permaneció inmóvil pensando, repasando una por una todas las conversaciones que habían mantenido desde la boda.

Todos los consejos, y todas las decisiones que había tomado creyendo protegerla.

Todas las veces que había dicho:

Es lo mejor para ti.

Jamás le había preguntado si aquello era también lo que ella deseaba.

Escuchó la puerta abrirse a su espalda, pero él no levantó la cabeza. Sabía que era Helena.

Ella se detuvo al verlo allí sentado, le extrañó, pues nunca lo había visto de aquella manera. Parecía... derrotado.

―Nathaniel.

Él tardó varios segundos en responder.

Cuando habló, su voz sonó mucho más baja de lo habitual.

―¿Sabes qué es lo peor de todo esto? ―Helena permaneció en silencio―.

Llevo semanas intentando averiguar qué estoy haciendo mal.

Creía que era la casa, luego pensé que quizá echabas de menos Londres, hasta imaginé que necesitabas más visitas, más paseos, más distracciones ―Sonrió con tristeza―.

Y cuanto más lo pienso, más convencido estoy de que nada de lo que hago tiene sentido.

Alzó por fin la mirada hacia ella.

Había un desconcierto inmenso en sus ojos.

El desconcierto de un hombre que acababa de descubrir que amar no era aquello.

―Entonces... ¿por qué tú cada día pareces un poco más triste?

Las lágrimas volvieron a llenar los ojos de Helena.

Esta vez ya no intentó esconderlas.

―Porque ya no sé quién soy ―respondió ella.

Nathaniel sintió que el aire abandonaba lentamente sus pulmones.

Aquella respuesta era mucho peor que cualquier reproche.

Porque si Helena le hubiera dicho que era un mal esposo, habría sabido qué cambiar.

Si le hubiera dicho que la trataba con frialdad, habría aprendido a ser más cariñoso.

Si le hubiera dicho que no la escuchaba, habría prometido hacerlo.

Pero aquello, aquello escapaba a toda lógica.

―Yo solo quería darte una buena vida ―murmuró con la voz quebrada.

Helena dio un paso hacia él.

Negó lentamente con la cabeza.

―Y me la has dado. Nunca me ha faltado nada. Nunca me has hecho daño con intención. Precisamente por eso esto resulta tan difícil.

Nathaniel bajó la vista hacia sus propias manos.

―No te entiendo.

Helena sonrió entre lágrimas.

Una sonrisa tan triste que hizo añicos el corazón del hombre que tenía delante.

―Lo sé. Y creo que ese es exactamente nuestro problema.

El silencio volvió a instalarse entre ambos, un silencio distinto al de los últimos meses. Ya no era el silencio de las palabras que nunca se pronunciaban. Era el de dos personas que, por primera vez, comprendían que hablaban de amor utilizando idiomas completamente diferentes.