Capítulo 34
Si alguien me hubiera preguntado cuándo comenzó realmente a romperse mi matrimonio, probablemente habría respondido que fue aquella mañana en la que Marcus cruzó la puerta de nuestra casa.
No porque ocurriera nada.
Porque no ocurrió absolutamente nada.
Un saludo, un beso correcto sobre el dorso de mi mano.
Tres o cuatro frases pronunciadas con la educación que se esperaba de dos personas pertenecientes a la alta sociedad y nada más.
Y, sin embargo, desde aquel día, algo dentro de mí había dejado de obedecer.
No sabía explicarlo.
Continuaba levantándome a la misma hora. Desayunaba con Nathaniel. Paseábamos por la finca. Asentía cuando hablaba de las tierras recién adquiridas al duque de Devonshire. Incluso sonreía cuando él me preguntaba si el té estaba a mi gusto.
Desde fuera seguía siendo la esposa perfecta.
Solo yo conocía la diferencia, ahora sonreía con los labios, antes lo hacía también con los ojos.
Aquella mañana el cielo amaneció cubierto de nubes. El viento agitaba las copas de los robles y las primeras hojas del otoño comenzaban a desprenderse de las ramas.
Nathaniel levantó la vista de su taza de café.
―Hoy refresca más que de costumbre.
―Sí.
―Quizá deberíamos encender la chimenea del salón esta misma tarde.
―Como prefieras.
La respuesta salió de mis labios antes incluso de pensarla.
Nathaniel permaneció inmóvil unos segundos.
Después dejó lentamente la taza sobre el plato.
―¿Como prefiera yo?
Lo miré sin comprender.
―Sí.
―Antes habrías dicho que todavía era pronto. O que el calor de la mañana bastaría para calentar la casa por el resto del día. O incluso me habrías llevado la contraria solo por el placer de discutir un rato.
Sonreí con educación.
―Supongo que me estoy volviendo más razonable.
Nathaniel sonrió también.
Pero aquella sonrisa duró muy poco.
No parecía convencido.
Los días continuaron sucediéndose con la precisión de un reloj.
Nathaniel seguía administrando la finca, yo seguía ocupándome de la casa, y sin embargo, pequeñas cosas empezaron a llamar su atención.
Una tarde encontró un libro abierto sobre mi regazo, que no estaba leyendo, pues yo miraba por la ventana.
Las páginas permanecían inmóviles desde hacía más de una hora.
―¿Es interesante?
Bajé la vista.
Tuve que mirar la portada para recordar qué libro sostenía.
―Mucho.
Él observó el volumen.
―Entonces deberías continuar.
Asentí, sí, pero no pasé la página.
Nathaniel siguió caminando hacia el despacho.
Cuando desapareció por el pasillo, el libro continuó exactamente igual. Abierto y olvidado.
Otro día me encontró en el jardín sentada junto al viejo estanque.
No hacía nada allí, ni bordaba, ni dibujaba, ni paseaba. Simplemente observaba cómo el agua permanecía completamente inmóvil.
Se sentó a mi lado.
―¿Qué miras?
Tardé unos segundos en responder.
―No lo sé.
Nathaniel volvió la cabeza hacia mí.
Aquella respuesta parecía inquietarlo más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
―Helena... ¿Te ocurre algo?
Negué despacio.
―No.
―¿Estás segura?
Sonreí.
Era curioso. Últimamente sonreía para terminar conversaciones.
Antes sonreía porque era feliz.
―Solo estoy un poco cansada.
Nathaniel apoyó una mano sobre la mía.
―Quizá deberíamos viajar unos días a Bath. O regresar una temporada a Londres. Cambiar de aire siempre ayuda.
Aquellas palabras me hicieron levantar la cabeza.
Londres.
Por un instante imaginé Hyde Park.
Las calles de Mayfair.
Los bailes de la temporada.
Charlotte.
Y, sin quererlo...
También recordé unos ojos verdes.
Mi corazón dio un vuelco.
Lo aparté inmediatamente de mi cabeza.
No podía seguir haciéndome aquello.
Respiré hondo.
―No creo que el lugar tenga la culpa.
Nathaniel frunció el ceño.
―Entonces ¿qué ocurre?
Lo miré.
Tenía tantas respuestas y a la vez ninguna.
Porque ni siquiera yo comprendía lo que estaba sintiendo.
Solo sabía una cosa que sí conocía, aquella casa era preciosa.
Mi marido era atento.
Mi vida era tranquila.
Y, sin embargo, cada mañana me despertaba un poco más triste que la anterior.
Aquella noche cenamos completamente solos.
Las velas proyectaban sombras temblorosas sobre las paredes del comedor.
Nathaniel hablaba de la cosecha de trigo.
Yo asentía de vez en cuando.
Hasta que dejó los cubiertos sobre el plato.
―Helena.
Levanté la vista.
―¿Sí?
―Echo de menos una cosa.
Esperé paciente a que continuase.
Sonrió con esa calma infinita que tanto lo caracterizaba.
―Que me lleves la contraria.
No pude evitar hacer sonar una pequeña risa.
―¿Eso echas de menos?
―Muchísimo.
―Creía que te desesperaba.
―A veces. Pero llenaba la casa de vida.
La sonrisa desapareció poco a poco de mi rostro.
Nathaniel siguió observándome.
―Antes discutías por cualquier cosa. Recuerdo cuando insististe en que los criados debían comer todos juntos al menos un día por semana.
O cuando convenciste al jardinero para plantar lavanda donde llevaba veinte años creciendo el romero.
O aquella mañana en la que aseguraste que los caballos también necesitaban descansar los domingos y lograste que todo el servicio acabara riéndose contigo.
Yo escuchaba cada palabra como si Nathaniel estuviera describiendo a otra mujer.
Porque aquella Helena parecía muy lejana.
Él apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa.
―¿Sabes qué es lo extraño?
Negué con la cabeza.
―Que no sé en qué momento dejaste de discutir conmigo. Y creo... creo que prefería cuando lo hacías.
El silencio se hizo con todo a nuestro alrededor, yo miré el reflejo de las velas sobre mi copa. Después levanté despacio los ojos hacia él.
―¿Puedo preguntarte una cosa?
―Siempre.
Respiré profundamente.
―Si un día dejara de ser la mujer de la que te enamoraste… ¿Seguirías queriéndome igual?
Nathaniel sonrió sin dudarlo.
―Por supuesto. Eres mi esposa.
Aquella respuesta, pronunciada con la mayor naturalidad del mundo, hizo que algo volviera a romperse dentro de mí.
No había respondido:
Porque sé quién eres y te amo.
Había respondido:
Porque eres mi esposa.
Era una diferencia pequeña. Tan pequeña que quizá cualquier otra persona la habría pasado por alto, pero yo no. Porque empezaba a comprender que Nathaniel amaba profundamente el lugar que ocupaba en su vida. Sin darse cuenta de que la mujer que lo ocupaba desaparecía un poco más cada día.
Esa noche tardé mucho en dormirme.
Nathaniel ya respiraba profundamente cuando abrí los ojos en mitad de la oscuridad.
Giré la cabeza para observar el techo, y me atreví a pronunciar algo que día tras día rondaba en mi cabeza pero que todavía no había sido capaz de decir en voz alta.
―No quiero dejar de ser yo.