Verdes, como la esperanza de olvidarte Capítulo 33
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Capítulo 33

Nathaniel acompañó a Marcus hasta el pórtico principal mientras el mayordomo sostenía la puerta abierta.

El aire todavía olía a tierra húmeda. Había llovido durante la madrugada y el jardín desprendía ese aroma a limpio que solo aparece después de una tormenta.

Durante unos pasos ninguno de los dos habló.

Marcus observó de reojo la ventana del piso superior.

Sabía que Helena ya no estaba allí. Y, sin embargo, tuvo la absurda necesidad de mirar una vez más.

Nathaniel advirtió aquel gesto.

Sonrió con cortesía.

―Ha sido una visita provechosa. Mi padre llevaba años intentando convencer al suyo para vender aquellas tierras y nunca quiso desprenderse de ellas.

Marcus asintió distraído.

―A veces heredamos propiedades que no sabemos cuidar.

Nathaniel interpretó la frase en sentido literal.

―Es cierto. Algunas fincas exigen más atención de la que uno imagina.

Marcus dejó escapar una sonrisa poco perceptible.

―No hablaba de las fincas.

Nathaniel volvió la cabeza hacia él.

La cordialidad seguía intacta en su rostro.

―¿Entonces de qué hablabas?

Marcus permaneció unos segundos en silencio.

Había prometido no entrometerse. Había jurado respetar el matrimonio de Helena. Pero después de verla...

Después de descubrir aquella tristeza escondida detrás de una sonrisa impecable, ya no podía marcharse fingiendo que nada ocurría.

―De su esposa.

Nathaniel no pareció molestarse.

Ni siquiera sorprendido.

Solo aguardó la explicación.

― Lady Fairfax parece encontrarse perfectamente. ¿No la ha visto con buen aspecto?

Marcus respiró despacio.

―Ese aspecto del que hablas no es lo preocupante.

Nathaniel frunció levemente el ceño.

―No lo entiendo.

―Antes discutía sobre árboles.

Nathaniel lo miró desconcertado.

―¿Puedes ser un poco más claro para que logre entenderte?

Marcus sonrió con una melancolía que no logró ocultar.

―Olvídalo, no creo que ni mostrándotelo con marionetas lo entendieses.

Volvió a hacerse el silencio.

El cochero esperaba junto al carruaje.

Marcus sabía que debía marcharse.

Pero también sabía que, si no hablaba entonces, probablemente nunca volvería a tener aquella oportunidad.

―¿Has oído hablar alguna vez de Blackwood?

La expresión de Nathaniel cambió de repente.

―Sí.

―Yo también.

Nathaniel guardó silencio.

―Hace unos días tuve ocasión de conversar con un viejo profesor de Cambridge. Un hombre brillante. Él me habló de ciertas ideas... Y de cómo algunos caballeros las convierten en la base de sus matrimonios.

Nathaniel cruzó tranquilamente las manos a la espalda.

―Supongo que lord Carlisle disfruta exagerando historias.

―No exageró y lo sabes.

Nathaniel sonrió con la tranquilidad de quien cree no tener nada que esconder.

―Blackwood no enseña a dominar mujeres, si es eso lo que insinúas. Enseña a formar hogares estables. A comprender que el matrimonio necesita un orden para sobrevivir. Un hombre que duda constantemente de sus decisiones termina perdiendo el respeto de su esposa, de sus hijos y de toda la sociedad.

Marcus lo observó sin apartar la vista.

―¿Y dónde queda ella en todo eso?

Nathaniel pareció sinceramente extrañado por la pregunta.

―¿Ella?

―Helena.

Nathaniel respondió con absoluta serenidad.

―Mi deber consiste en ofrecerle una vida cómoda. Seguridad. Un apellido respetado. Una posición privilegiada. Jamás le faltará nada mientras yo viva.

Marcus sintió que algo se retorcía dentro de él.

Esperó unos segundos antes de hablar.

―Has mencionado seguridad, posición, respeto, comodidad, incluso el apellido, pero no has pronunciado una sola vez la palabra amor.

Nathaniel permaneció callado.

Marcus continuó.

―Si realmente no puedes amarla como ella merece, déjala marchar.

Nathaniel bajó lentamente los escalones del pórtico.

Se detuvo frente a Marcus, y sin ningún ápice de enfado, pero sí con una profunda convicción le respondió.

―¿Sabes cuál es el problema de tu generación? Confundís el amor con la emoción. Creéis que un matrimonio puede sostenerse únicamente porque dos personas se desean. Y eso desaparece. Siempre desaparece.

Marcus no respondió.

Nathaniel prosiguió.

―Las emociones cambian. El deber permanece. Las familias importantes no se construyen sobre suspiros de amor. Se construyen sobre estabilidad, disciplina, respeto.

Marcus sintió un escalofrío.

No porque estuviera escuchando a un hombre cruel.

Sino porque estaba escuchando a un hombre que creía profundamente en cada palabra que pronunciaba.

―Entonces... ¿La amas?

Nathaniel tardó unos segundos en responder.

Miró hacia la casa.

Hacia las ventanas.

Después volvió a fijar los ojos en Marcus.

―La respeto. La protegeré hasta mi último día. Jamás permitiré que nadie le haga daño. Nunca conocerá la incertidumbre, ni el abandono.

Marcus bajó la cabeza muy despacio.

Ya tenía su respuesta.

Volvió a levantarla.

―Eso no contesta a mi pregunta.

Nathaniel suspiró con paciencia.

Como quien intenta explicar una evidencia.

―¿Y cuál es exactamente la diferencia?

Marcus sintió un vacío inmenso.

Nathaniel continuó hablando con absoluta naturalidad.

―Con amor o sin él... Helena permanecerá a mi lado. Porque he hecho todo correctamente. Nadie podrá decir jamás que fui un mal esposo, ella tampoco.

Marcus comprendió entonces que no había nada más que decir.

Porque Nathaniel no mentía.

Y, sin embargo...

Le estaba arrebatando aquello que más la definía.

Su libertad.

Marcus inclinó levemente la cabeza a modo de despedida.

―Le deseo un buen día, lord Fairfax.

Subió al carruaje sin mirar atrás.

El cochero hizo restallar las riendas y los caballos comenzaron a alejarse lentamente de la finca.

Marcus apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos.

Había ido hasta allí con la absurda esperanza de encontrar una grieta o al menos un motivo. Una oportunidad para convencer a Nathaniel de que dejara marchar a Helena.

En lugar de eso, regresaba con una certeza mucho más dolorosa.

No podía corregir a un hombre que ignoraba que estaba haciendo daño.

Y no podía rescatar a una mujer solo por ese amor que el sentí por ella, porque quizá ella no sentía nada por él.

Mientras el carruaje tomaba el camino de regreso hacia Londres, una única idea ocupó toda su mente.

Volvía a casa exactamente igual que había llegado: con las manos vacías, y el corazón más lleno de Helena que nunca después de verla.