Verdes, como la esperanza de olvidarte Capítulo 32
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Capítulo 32

―Marcus. Ha sido una agradable sorpresa ―dijo Nathaniel.

Marcus estrechó su mano.

―Lamento presentarme sin previo aviso.

―No tiene importancia. Siempre es un placer recibirte.

Tomaron asiento.

Nathaniel observó los documentos que Marcus había dejado sobre la mesa.

―¿Tierras en Sussex?

Marcus asintió.

―Las heredé junto con el ducado. Mi padre jamás les prestó demasiada atención y yo llevo meses intentando decidir qué hacer con ellas.

Nathaniel recorrió lentamente los planos.

―Recuerdo haber mostrado interés hace años. Antes de que cayesen en tus manos.

―Precisamente por eso he venido a verte antes que a ningún otro comprador. Alguien mencionó tu nombre cuando se me pasó por la mente sacar partido de ellas.

Nathaniel levantó la vista.

―¿Está atravesando dificultades económicas?

Marcus sonrió con honestidad.

―No tantas como antes. Pero mantener propiedades a tres condados de distancia empieza a resultar poco práctico.

Aquello era cierto.

No era toda la verdad.

Pero sí una parte de ella.

Durante casi una hora hablaron únicamente de lindes, contratos, cultivos y derechos de explotación.

Marcus respondió a todas las preguntas con absoluta normalidad.

Incluso llegó a olvidarse por momentos del verdadero motivo por el que el corazón seguía golpeándole el pecho desde que cruzó la verja de aquella finca.

Finalmente Nathaniel firmó el acuerdo.

―Creo que ambas familias salen beneficiadas.

Marcus dobló cuidadosamente los documentos.

―Yo también lo creo.

Se levantaron al mismo tiempo.

Nathaniel acompañó a su invitado hasta el vestíbulo.

―Permítame despedirlo como corresponde.

Fue entonces cuando ocurrió.

Helena descendía lentamente por la escalera. No había podido evitarlo. Había permanecido escondida durante casi una hora, diciéndose una y otra vez que sería una locura bajar. Pero el corazón terminó venciendo.

Marcus levantó la cabeza, y en ese momento el tiempo volvió a detenerse. Ella llevaba un sencillo vestido color lavanda. El cabello recogido con una elegancia que él recordaba perfectamente. Y, aun así...

Había algo distinto, y era su mirada.

Había perdido una parte de aquella luz indomable que él conoció bajo un árbol de Hyde Park.

Nathaniel sonrió.

―Helena, seguro que recuerdas al duque de Devonshire.

Ella hizo una pequeña reverencia.

Marcus respondió.

Durante unos segundos ninguno fue capaz de pronunciar una palabra.

Nathaniel rompió el silencio.

―Marcus acaba de venderme unas tierras que llevaba años intentando adquirir.

―Me alegro mucho ―respondió Helena con una voz sorprendentemente serena.

Marcus dio un paso hacia ella. Le ofreció la mano con toda la corrección que exigía el protocolo.

Ella apoyó la suya sin aparente esfuerzo.

Pero aquel leve contacto bastó para que ambos sintieran cómo el mundo desaparecía alrededor.

No podían decirse nada, no debían. Sin embargo, sus ojos hablaron por ellos.

¿Eres feliz?

Lo intento.

Te echo de menos.

Yo nunca he dejado de hacerlo.

Marcus inclinó la cabeza y depositó un beso impecablemente correcto sobre el dorso de su mano.

Para Nathaniel fue el saludo de un caballero.

Para Helena... fue el recuerdo de todos los besos que jamás debieron existir.

Y cuando Marcus se incorporó, solo dijo una frase, mirando a Nathaniel pero con el corazón clavado en ella.

―Ha sido un verdadero placer volver a verla, lady Fairfax.

Helena sonrió con una sonrisa tan pequeña que casi pasó desapercibida, pero Marcus la vio, y comprendió que, durante un instante, la antigua Helena acababa de volver a aparecer.