Capítulo 31
Aquella noche tardé mucho en quedarme dormida. Las palabras de Nathaniel seguían recorriendo mi cabeza con la misma calma con la que él las había pronunciado.
Solo intento protegerte.
Un marido debe decidir por ella cuando su esposa no ve el peligro.
Había intentado convencerme de que exageraba. Quizá todo matrimonio atravesaba conversaciones semejantes durante los primeros meses. Quizá mamá habría respondido exactamente igual si yo le hubiera contado lo ocurrido.
Y, sin embargo...
¿Por qué me dolía tanto?
¿Por qué una parte de mí sentía que había perdido algo que ni siquiera sabía nombrar?
Me giré hacia el lado contrario de la cama.
Nathaniel dormía profundamente.
Su respiración era pausada, tranquila.
Observé su rostro durante unos instantes. Era un hombre bueno, no podía negar aquello.
Jamás me había faltado al respeto ni me había hablado con dureza, no había dejado de tratarme con una delicadeza exquisita.
Entonces... ¿por qué cada día me sentía un poco más lejos de mí misma?
Cerré los ojos, y, casi sin darme cuenta, terminé durmiéndome.
Soñé con Londres. Con Hyde Park. Con los árboles moviéndose al compás del viento, y conmigo riendo.
Hacía tanto tiempo que no me escuchaba reír de aquella manera que, incluso dentro del sueño, me sorprendió reconocer mi propia voz.
Y podría haber reconocido que lo peor era que no estaba sola, que una mano sujetaba la mía. Pero no era lo peor, sino lo mejor.
No necesitaba mirar para saber de quién era.
Era Marcus. Caminábamos sin prisa, parecía que íbamos sin destino.
Él hablaba de cualquier tontería mientras yo fingía no escucharlo.
Después se detenía.
Giraba mi rostro hacia el suyo.
Y sonreía con esa mezcla de descaro y ternura con el que siempre conseguía desarmarme.
―¿En qué piensas?
―En que deberíamos seguir caminando.
―¿Por qué?
―Porque si nos detenemos voy a besarte.
Él reía.
―Eso no parece un problema.
Y entonces me besaba.
No había carruajes, solo estaba el sonido de los pájaros. Y el calor de su mano entrelazada con la mía.
Abrí los ojos de golpe. El corazón me golpeaba con tanta fuerza que tuve que incorporarme en la cama para poder recuperar la respiración con normalidad.
Durante unos segundos tardé en recordar dónde estaba.
Mi dormitorio, y mi marido seguía dormido a mi lado.
Apoyé una mano sobre mi pecho.
―Dios mío...
Había soñado con otro hombre.
Sentí una punzada de culpa tan intensa que tuve que levantarme inmediatamente.
No podía permanecer allí.
Me acerqué a la ventana, en ese momento el jardín comenzaba a llenarse de luz. Apoyé la frente contra el cristal.
Nunca volvería a verlo, pensé, y era lo mejor para mí, con el tiempo sabía que terminaría olvidándolo. Tenía que hacerlo.
Un carruaje apareció entonces al final del camino.
No le presté demasiada atención al principio.
Seguramente sería algún comerciante o un vecino de Nathaniel.
Pero cuando el cochero detuvo los caballos frente a la escalinata, distinguí una figura descendiendo con esa elegancia pausada que conocía demasiado bien. El aire desapareció de mis pulmones.
No podía ser.
Parpadeé varias veces. Incluso me froté los ojos con la yema de los dedos, pero no se iba, seguía allí.
Qué guapo estaba, que alto parecía vestido con esa ropa color marrón.
Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que tuve miedo de que pudiera escucharse desde el jardín.
¿Qué hacía allí?
¿Acaso seguía dormida?
Apoyé ambas manos sobre el alféizar.
Marcus acababa de levantar la vista.
Durante un segundo nuestros ojos se encontraron a través de la ventana del piso superior.
No sonrió ni hizo ningún gesto. Solo permaneció inmóvil.
Como si también necesitara asegurarse de que no estaba soñando.
Un instante después el mayordomo abrió la puerta principal y Marcus desapareció en el interior de la casa.
Yo seguía sin poder moverme.
Desde el piso superior, escuchaba como Nathaniel, que había abandonado la alcoba minutos después de ser avisado por su ayudante de cámara, lo recibió en su despacho con la cordialidad propia de dos hombres que se respetaban.