Verdes, como la esperanza de olvidarte Capítulo 30
77%

Capítulo 30

Llevaba ya muchas semanas viviendo en aquella casa y, si alguien me hubiera preguntado cómo transcurrían mis días, probablemente habría sido incapaz de responderle.

Todos se parecían demasiado. Despertaba junto a Nathaniel antes de que el sol terminara de elevarse sobre los campos de la finca.

Desayunábamos juntos mientras él me hablaba de las cuentas, de la nueva cosecha o de algún vecino al que yo no conocía.

Después él desaparecía durante horas para supervisar el trabajo de los jornaleros o encerrarse en el despacho con el administrador, y yo... simplemente existía.

Al principio pensé que aquella tranquilidad terminaría gustándome.

Después comprendí que la tranquilidad y el vacío eran dos cosas muy distintas.

Había días enteros en los que no tomaba una sola decisión.

Si llovía, Nathaniel consideraba que era mejor permanecer dentro de la casa.

Si hacía demasiado calor, también. Si proponía acercarme al pueblo, él sonreía con dulzura y me recordaba que el mayordomo podía traer cualquier cosa que necesitara.

Si deseaba montar a caballo, encontraba un motivo razonable para aplazarlo.

Siempre había un motivo.

Siempre era lógico.

Siempre parecía hacerlo pensando en mí.

Y quizá por eso resultaba tan difícil explicarme por qué, a medida que pasaban los días, comenzaba a sentir que me faltaba el aire.

Aquella mañana decidí salir a caminar antes del almuerzo. Nadie me lo había prohibido y el jardín era lo bastante extenso como para fingir, durante unos minutos, que el mundo seguía siendo inmenso.

El rocío todavía descansaba sobre la hierba. Las rosas trepaban por los muros de piedra y el perfume de la lavanda se mezclaba con el de la tierra húmeda. Era un lugar precioso. Cualquiera habría dicho que allí era imposible ser infeliz.

Entonces escuché un golpe seco, después otro, y otro más.

Fruncí el ceño.

El sonido procedía del viejo invernadero situado al fondo de la finca. Aceleré el paso y, al acercarme, distinguí el origen de aquel ruido.

Un pequeño petirrojo volaba desesperado de un extremo a otro del techo de cristal. Cada vez que intentaba escapar chocaba contra los ventanales con un golpe que me hacía estremecer.

―No... ―susurré sin darme cuenta―. Así no vas a conseguirlo.

El animal volvió a lanzarse contra el cristal sin poder evitarlo.

Sentí un nudo en la garganta.

No era más que un pájaro.

Pero algo en aquella desesperación me resultaba insoportablemente familiar.

Empujé la puerta del invernadero.

Estaba cerrada con un sencillo pestillo que levanté.

El chirrido de las bisagras rompió el silencio de la mañana.

Durante unos segundos el petirrojo siguió golpeando el techo, incapaz de comprender que la salida estaba abierta.

Hasta que, de pronto, descendió en picado y cruzó la puerta a toda velocidad.

Lo seguí con la mirada mientras desaparecía entre los árboles.

No pude evitar sonreír.

―Ahora sí. Ya eres libre.

―¿Qué ocurre aquí? ―La voz de Nathaniel sonó detrás de mí.

Me giré despacio.

Venía desde la casa con un libro bajo el brazo y la serenidad habitual dibujada en el rostro.

Jamás corría, ni parecía alterarse por nada.

―Había un petirrojo atrapado.

Se acercó hasta colocarse a mi lado y observó el interior del invernadero.

―¿Y has abierto la puerta?

Asentí.

―No dejaba de golpearse contra el cristal.

Nathaniel sonrió con una ternura casi paternal.

―Él solo habría encontrado la salida.

Lo miré sorprendida.

―No lo creo. Llevaba un buen rato intentando escapar.

Nathaniel apoyó una mano sobre el marco de la puerta.

―Los animales suelen actuar por impulso. No entienden que, a veces, el lugar donde creen estar encerrados es precisamente el que los mantiene a salvo.

Sus palabras me hicieron bajar lentamente la vista.

No sabía por qué, pero sentí un ligero escalofrío recorriéndome la espalda.

―No parecía muy a salvo. Se estaba haciendo daño.

Nathaniel siguió hablando con absoluta tranquilidad.

―Dentro del invernadero no tenía depredadores. Ni lluvia. Ni frío. Solo necesitaba dejar de golpearse contra el cristal y observar con calma. Antes o después habría entendido que aquí se estaba bien.

Volví a mirar el cielo por donde el petirrojo había desaparecido.

―¿Y si no quería esperar?

Nathaniel volvió la cabeza hacia mí.

―¿Perdón?

―¿Y si prefería asumir el riesgo de salir? Quizá fuera más peligroso ahí fuera, pero al menos sería él quien elegiría hacia dónde volar.

Mi marido sonrió.

No lo hizo con ironía, sino con auténtica dulzura.

Como si intentara explicar algo muy sencillo a una niña obstinada.

―Helena, las personas deseamos muchas cosas que terminan perjudicándonos. Por eso el juicio es tan importante. No todo lo que uno anhela es bueno para uno mismo.

―Supongo que no.

―Y ocurre lo mismo en el matrimonio. Un hombre tiene el deber de proteger a su esposa incluso de aquellas decisiones que ella pueda tomar dejándose llevar por el corazón.

Noté cómo mis dedos se cerraban lentamente alrededor de la falda.

No me estaba hablando del petirrojo.

Lo comprendí en ese mismo instante.

Estaba hablando de mí.

―¿Y quién protege al marido de sus propias decisiones?

Nathaniel pareció sorprendido.

No esperaba aquella pregunta.

Sonrió con educación antes de responder.

―Su conciencia. Su fe. Y el peso de saber que responderá ante Dios por el bienestar de su familia.

Permanecimos unos segundos en silencio mientras el viento agitaba las ramas de los robles.

Por un momento me pareció escuchar el canto del mismo petirrojo desde algún lugar lejano.

Nathaniel me ofreció el brazo.

―Volvamos a casa. Empieza a refrescar.

Miré su mano.

Durante semanas la había aceptado sin pensarlo.

Era lo correcto y lo esperado por mí.

Lo apropiado.

Pero aquella mañana algo dentro de mí se resistía.

No quería discutir.

No quería desafiarlo.

Solo...

Necesitaba caminar por mí misma.

―Prefiero ir andando así como he llegado hasta aquí, yo sola.

Nathaniel mantuvo el brazo inmóvil unos segundos antes de bajarlo lentamente.

―Como quieras.

Empezamos a caminar.

Yo unos pasos por delante y él por detrás.

El silencio entre ambos pesaba mucho más que cualquier discusión de esas que jamás habíamos tenido.

Al llegar a la casa, Nathaniel abrió la puerta para que entrara primero. Después esperó hasta que el mayordomo se retiró para hablar.

―¿He hecho algo que te haya molestado, Helena?

Aquella pregunta me sorprendió.

Porque estaba formulada con una preocupación sincera.

Lo miré. Vi al hombre amable con el que me había casado.

Y, sin embargo, las palabras salieron solas.

―¿Puedo hacerle yo una pregunta?

―Por supuesto.

Respiré hondo.

―¿Recuerdas cuándo fue la última vez que me preguntaste qué quería hacer, antes de decirme qué era lo mejor para mí?

Nathaniel permaneció inmóvil.

Desde que lo conocía me quedé extrañada de que no encontrara una respuesta inmediata.

Abrió la boca y parece que al no encontrar respuesta volvió a cerrarla. Buscó las palabras adecuadas.

―Yo solo intento...

―Ya lo sé.

Lo interrumpí con suavidad.

―Sé que intentas cuidarme. Y precisamente por eso me da miedo no saber distinguir cuándo se me está cuidando y cuándo se está decidiendo por mí.

Nunca olvidaré la expresión de su rostro. Era únicamente desconcierto.

Como si acabara de descubrir que hablábamos idiomas distintos.

Nathaniel dio un paso hacia mí y tomó mis manos entre las suyas.

―Helena, jamás haría nada para hacerte daño.

Lo sé, pensé.

Y fue precisamente esa certeza la que terminó de romperme el corazón. Porque comprendí que el hombre que tenía delante no quería encerrarme. Simplemente... nunca había aprendido que una jaula puede estar hecha también de buenas intenciones.