Capítulo 29
Marcus caminó sin rumbo durante casi una hora después de abandonar la mansión de los Ashcroft.
Londres seguía siendo la misma ciudad bulliciosa que había conocido toda la vida.
Los carruajes continuaban levantando barro sobre los adoquines, los vendedores voceaban sus mercancías y los caballeros se apresuraban de un compromiso social al siguiente con la misma urgencia de siempre. Todo seguía exactamente igual.
Todo, excepto él.
No recordaba la última vez que había sentido aquella presión en el pecho.
Ni siquiera cuando la familia comenzó a perder dinero.
Ni cuando su padre le anunció que tendría que casarse con una desconocida para salvar el ducado.
Aquellas preocupaciones siempre habían tenido solución.
Bastaba con una buena partida de cartas, una inversión acertada o una discusión con su padre.
Aquello era distinto.
Porque no había nada que pudiera negociar.
Ni comprar.
Ni convencer a nadie.
Helena era una mujer casada.
Y él había decidido desaparecer precisamente para no convertirse en el motivo de una desdicha mayor.
Se lo había repetido durante las doce interminables noches que pasó en Kent mirando por la ventana de una habitación donde el silencio resultaba insoportable.
Había hecho lo correcto.
Tenía que creerlo así.
Había dejado de acudir a aquellas citas escondidas porque cada beso robado era un paso más hacia el desastre. Si realmente la amaba, debía permitirle construir una vida junto al hombre que había elegido.
Eso era amar. ¿No?
Pero entonces apareció Charlotte.
Y bastaron diez minutos de conversación para derrumbar todas las certezas que llevaba semanas intentando construir.
Mi hermana sonríe menos.
La frase regresó una vez más a su cabeza.
Después la otra.
Lee menos.
Y otra.
Hasta camina más despacio.
Marcus apretó la mandíbula. Aquello no podía ser normal. Las personas cambian cuando se casan. Eso era evidente. Adquieren responsabilidades nuevas, abandonan costumbres infantiles y aprenden a compartir su vida con alguien más.
Pero una cosa era madurar, y otra muy distinta dejar de parecerse a uno mismo.
Se detuvo frente al escaparate de una librería. Ni siquiera sabía cómo había llegado hasta allí.
Dentro, una niña que no tendría más de ocho años discutía con el librero porque insistía en que aquel cuento debía terminar de otra manera. Movía tanto las manos al hablar que el anciano acabó riéndose antes de regalarle el libro.
Marcus sonrió sin querer. Helena habría hecho exactamente lo mismo. Habría defendido aquel final con una convicción absurda. Incluso habría conseguido convencer al librero.
La sonrisa desapareció tan rápido como había llegado.
Todo era muy confuso, pues la verdadera Helena jamás habría permitido que nadie decidiera por ella. O quizá sí. Quizá el problema era precisamente ese, que él no conocía tanto a aquella mujer. Porque las personas no cambian de un día para otro.
Marcus reanudó la marcha.
Necesitaba respuestas.
No para arrebatársela a Nathaniel, pues eso tenía derecho a hacerlo. Pero sí para comprender qué estaba ocurriendo.
Porque había algo que llevaba demasiado tiempo persiguiéndolo.
Una sospecha sobre Fairfax. Una conversación entre dos viejos parlamentarios que entonces le pareció ridícula y que ahora regresaba con una claridad inquietante.
Fairfax será un marido excelente.
Sí. Blackwood sabe educarlos como nadie.
En aquel momento no preguntó qué era Blackwood.
Ni le interesó.
Probablemente estaba demasiado ocupado intentando seducir a alguna cantante de ópera.
Ahora daría cualquier cosa por haber prestado atención.
Cambió de dirección casi sin pensarlo.
Sus pasos lo condujeron hasta White's. Porque si alguien en todo Londres conocía la historia de los hombres importantes de Inglaterra era lord Edmund Carlisle.
Y si Blackwood escondía algo más que un simple nombre, Marcus pensaba descubrirlo.
Marcus entregó el sombrero y los guantes al ayuda de cámara antes de adentrarse en el salón principal del White's Club.
Hacía meses que no cruzaba aquellas puertas y, sin embargo, nada parecía haber cambiado.
El humo de los puros seguía formando una ligera neblina bajo el artesonado de madera oscura, varios caballeros discutían acaloradamente sobre política junto a la chimenea, y al fondo, una partida de cartas reunía a los mismos rostros que tantos años atrás habían celebrado con él victorias, derrotas y escándalos.
Durante un instante sintió la extraña sensación de estar observando una vida que ya no era la suya.
―¡Marcus!
La voz grave de lord Ashbury lo devolvió al presente.
―Creíamos que las vacas de Kent habían terminado por devorarte.
Varias risas acompañaron la broma.
Marcus sonrió con educación mientras estrechaba algunas manos.
―Me temo que las vacas no tienen tanta necesidad como mi padre de retenerme a su lado.
―Entonces sigues vivo. Eso ya es una buena noticia.
Otro de los caballeros le dio una palmada en la espalda.
―¿Y las damas? ¿También las has abandonado por los campos de cultivo?
Aquella pregunta, formulada con la naturalidad con la que años atrás él mismo habría respondido con otra broma, provocó un silencio inesperado.
Marcus sostuvo el vaso de whisky que acababan de servirle.
Lo observó unos segundos.
Después sonrió con una serenidad desconocida incluso para él.
―Hace tiempo que dejé de buscar compañía en mujeres con las que jamás pensaba quedarme.
La conversación se apagó, y lord Ashbury arqueó ambas cejas.
―Vaya... Kent sí que hace milagros.
Marcus dejó escapar una ligera sonrisa, pero no añadió nada más.
No tenía fuerzas para fingir que seguía siendo aquel hombre, porque ya no lo era. Porque había descubierto demasiado tarde que existía una única mujer capaz de hacerle desear un hogar. Y esa mujer pertenecía a otro hombre.
Apuró el whisky de un solo trago.
Necesitaba encontrar a Carlisle antes de que alguien intentara arrastrarlo a una mesa de cartas.
No tardó demasiado.
El anciano permanecía sentado junto a una ventana, completamente ajeno al murmullo del club, leyendo un ejemplar del The Morning Chronicle con unas pequeñas gafas apoyadas sobre la punta de la nariz.
Marcus se acercó despacio.
―Lord Carlisle.
El anciano levantó la vista.
Una sonrisa discreta apareció en su rostro.
―Marcus, no esperaba verte por aquí.
Creía que habías cambiado el ruido de Londres por el canto de los pájaros.
Marcus sintió un pinchazo en el pecho al escuchar la palabra pájaros.
Helena habría encontrado divertida aquella coincidencia.
―Empiezo a descubrir que el silencio también puede hacer demasiado ruido.
Carlisle plegó el periódico lentamente.
―Esa frase no la habría pronunciado el Marcus que yo conocí hace un tiempo.
―Ese Marcus murió hace unos meses.
El anciano estudió su expresión durante unos segundos.
Después señaló la silla frente a él.
―Siéntate.
Algo me dice que no has venido solo a saludar a un viejo profesor.
Marcus obedeció y retiró una butaca para tomar asiento junto a él.
Durante unos segundos ninguno habló.
Él mismo se sorprendió dudando en si hacerlo o no.
Había atravesado media ciudad convencido de que necesitaba respuestas y, sin embargo, ahora que estaba frente al único hombre capaz de dárselas, no sabía cómo formular la pregunta.
Porque poner nombre a una sospecha significaba aceptar que podía ser cierta.
Carlisle terminó por romper el silencio.
―¿Qué ocurre?
Marcus apoyó ambos antebrazos sobre la mesa y entrelazó las manos.
―¿Ha oído hablar alguna vez de Nathaniel Fairfax? ―preguntó Marcus.
El anciano no respondió de inmediato.
Su mirada perdió parte de aquella calidez tranquila.
―Sí.
―Necesito saber qué clase de hombre es.
Carlisle ladeó ligeramente la cabeza.
―Eso depende de quién haga la pregunta.
―La hace un hombre que ya no sabe si hizo lo correcto.
Aquella respuesta bastó.
El anciano dejó escapar un suspiro tan lento que parecía llevar años esperando aquel momento.
―Entonces me temo que la conversación será bastante más larga de lo que imaginabas.
Hizo una señal al camarero para que sirviera otro whisky a Marcus y un café para él.
Esperó a que ambos vasos descansaran sobre la mesa antes de continuar.
―Dime una cosa, Marcus. ¿Qué impresión te produjo Fairfax cuando lo conociste?
Marcus permaneció pensativo unos segundos.
―Educado, correcto, inteligente. Incluso diría que, amable. Nunca levantó la voz delante de nadie, ni jamás faltó al respeto a una mujer. Es como si pretendiese aparentar una fachada impoluta. Aunque puede que sea un hombre excelente y ya está.
Carlisle asintió muy despacio.
Como si aquella descripción confirmara algo que ya sabía.
Marcus habló de nuevo.
―Y ya que tenemos confianza te diré que aprecio mucho a alguien que está a su lado, y ha llegado a mis oídos que está apagando segundo tras segundo.
―Nathaniel Fairfax no necesita levantar la voz para conseguir que una mujer deje de escuchar la suya ―dijo el anciano.
Marcus frunció el ceño.
―Explíquese.
El anciano dejó la taza de café sobre el plato con infinita calma.
―Antes debo hacerte otra pregunta. ¿Recuerdas una sociedad llamada Blackwood?
Marcus intentó rebuscar entre sus recuerdos.
Un salón, dos parlamentarios, una conversación que apenas escuchó porque estaba demasiado ocupado cortejando a la esposa de un diplomático.
Negó con la cabeza para no confundirse ni confundirle.
―Solo recuerdo haber oído ese nombre una vez. Nunca le di importancia hasta ahora.
Carlisle sonrió con cierta tristeza.
―La mayoría de los jóvenes no lo hacen.
Y entonces Marcus sintió, sin saber por qué, que estaba a punto de descubrir algo que cambiaría por completo la forma en que entendía a Nathaniel, y también el matrimonio de Helena.