Capítulo 28
La mansión de los Ashcroft acogía aquel año el tradicional baile benéfico destinado a recaudar fondos para los niños huérfanos de Whitechapel.
Las damas paseaban entre mesas repletas de dulces.
Los caballeros realizaban generosas donaciones mientras un cuarteto interpretaba piezas de Mozart.
Charlotte apenas llevaba unos minutos allí cuando una voz conocida sonó a su espalda.
― Lady Charlotte.
Ella se giró.
Y frente a ella apareció Marcus.
Vestía de negro como casi todos los hombres que habían acudido a aquel acto. El chaleco marfil resaltaba aún más el verde intenso de unos ojos que parecían haber perdido parte de la despreocupación con la que ella los recordaba.
Había algo distinto en él, quizá un ápice de algo serio. Era como si estuviese contenido.
Marcus inclinó ligeramente la cabeza.
―Es un placer volver a verla.
Charlotte sonrió.
―Lord Devereux. Confieso que no esperaba encontrarlo aquí.
―Mi tía considera que negarse a este tipo de actos sería un escándalo. Yo solo intento evitarle ese disgusto.
Charlotte soltó una pequeña risa.
―Sigue siendo usted igual.
Marcus sonrió un instante.
―Me temo que no tanto.
Un breve silencio se instaló entre ambos.
Charlotte fue la primera en romperlo.
―¿Cómo le trata Kent?
Marcus levantó una ceja.
―¿Ha oído hablar de mi destierro?
―Mi padre comentó que había decidido instalarse allí durante una temporada.
―Digamos que necesitaba silencio.
Charlotte observó su rostro con atención.
Había ojeras, no demasiado marcadas, eran muy leves. Pero estaban ahí.
Y también una barba insinuada, impropia de un hombre que siempre había cuidado hasta el último detalle de su aspecto.
―¿Lo ha encontrado?
Marcus tardó unos segundos en responder.
―No tanto como esperaba.
Charlotte bajó la vista.
Sabía perfectamente cuál era el motivo.
Hablaron unos minutos más sobre asuntos intrascendentes. El clima, las cosechas, la temporada social.
Dos desconocidos jamás habrían sospechado que ambos compartían un nombre que ninguno se atrevía todavía a pronunciar.
Marcus miró alrededor. El salón estaba lleno de damas, de políticos, militares.
Había demasiados oídos.
Así es que respiró hondo.
Se despidió con una leve inclinación de cabeza.
―Ha sido un placer verla de nuevo.
Dio un paso, pero no pudo dar otro y se detuvo. Cerró los ojos un segundo. Se había prometido que nunca volvería a preguntar por ella. Porque preguntar era seguir esperando.
Y esperar era no aprender a dejarla marchar.
Pero perdió aquella batalla contra sí mismo.
Se volvió despacio.
― Lady Charlotte...
Ella comprendió inmediatamente.
Sin decir una sola palabra, caminó hasta una de las galerías laterales, lejos del bullicio del salón principal.
Marcus la siguió.
Allí solo llegaba la música amortiguada del cuarteto. Nadie podía escucharlos.
Durante unos segundos ninguno habló. Después fue Marcus quien rompió el silencio.
Su voz sonó mucho más baja que antes.
Casi frágil.
―¿Cómo... está Helena?
Charlotte cerró los ojos.
Había esperado aquella pregunta desde el mismo instante en que lo vio allí.
Lo miró con atención, y lo que creyó observar fue solo miedo.
El miedo de un hombre que teme conocer una respuesta que quizá no le guste escuchar.
―¿Quiere una contestación educada o una sincera?
Marcus no apartó la mirada.
―Solo conozco una manera de preguntar por ella. Y me gustaría que fuese sincera en su respuesta.
Charlotte respiró profundamente.
―Mi hermana sonríe menos.
Marcus bajó lentamente la cabeza.
No dijo nada.
Ella continuó.
―¿Recuerda cuando discutía con personas sobre los árboles?
Una sonrisa casi imperceptible apareció en los labios de Marcus.
―Es difícil olvidar a una mujer que convencía a todos de que los robles estaban mal colocados.
Charlotte sonrió con tristeza.
―Pues ahora ya no discute con nadie.
La sonrisa desapareció del rostro de Marcus.
―Imagino que ha cambiado de gustos…
―Lee menos. Habla menos. Se ríe menos. Hasta camina más despacio. Y eso... eso es lo que más miedo me da.
Marcus permanecía completamente inmóvil.
Charlotte sintió un nudo en la garganta.
―¿Sabe cuál era la habitación más ruidosa de nuestra casa cuando éramos pequeñas?
Marcus negó muy despacio.
―La de Helena, porque todo el tiempo cantaba, leía en voz alta todos sus libros para que nos viésemos obligados a leer con ella al mismo tiempo.
Discutía consigo misma. Inventaba conversaciones con los pájaros, con los cuadros, con las flores del jardín.
Toda la casa sabía dónde estaba Helena sin necesidad de verla, porque llenaba los pasillos de vida ―Charlotte tragó saliva―.
En su casa de ahora a veces pasa una mañana entera sin decir más de diez palabras.
Marcus cerró los ojos.
Sus manos se habían convertido en dos puños.
―Nathaniel la quiere. Estoy convencida de ello. Jamás la tratará con crueldad. Pero también estoy convencida de que le está apagando la luz poco a poco. Como quien baja la llama de una vela cada noche sin que nadie lo note.
Marcus tardó varios segundos en volver a abrir los ojos.
Cuando lo hizo, Charlotte descubrió algo que jamás había visto en él. Dolor, un dolor inmenso.
―¿Es tarde? ―preguntó él casi en un susurro.
Charlotte sintió que aquella pregunta no hablaba solo de Helena.
Hablaba de él.
De todo lo que nunca se atrevió a decirle.
Negó lentamente con la cabeza.
―No. Todavía no. Pero si nadie le recuerda quién era llegará un día en que ni ella misma lo sabrá.
Marcus no respondió.
Miró durante unos instantes el bullicio del salón, las risas, la música, los brindis, allí todo seguía igual. Y, sin embargo, él sintió que el mundo acababa de cambiar para siempre. Porque comprendió algo que llevaba meses negándose a aceptar.
Helena no necesitaba que alguien la amara más fuerte, necesitaba que alguien le devolviera la libertad de volver a ser ella. Y desde que se marchó a Kent, Marcus no había dejado de preguntarse si la quería.
Y la verdadera pregunta era otra, ¿por qué no se lo había dicho a ella?