Capítulo 27
El carruaje esperaba frente a la escalinata desde primera hora de la mañana. Siempre me habían parecido tristes las despedidas. No importaba si duraban un minuto, una semana, o un año.
Las personas que quería nunca se quedaban el tiempo suficiente como para que el corazón lo considerara razonable.
Charlotte terminaba de colocarse los guantes cuando entré en el vestíbulo.
En cuanto me vio, sonrió.
Pero era una sonrisa cansada.
Muy distinta a la de su llegada.
―Ya te marchas ―dije triste.
Aunque intenté que mi voz sonara alegre, no lo conseguí.
―Si me quedo un día más, terminarás echándome de casa.
―Jamás.
―Lo sé.
Por eso mismo debo irme.
Nos abrazamos despacio.
Como si ambas supiéramos que aquel abrazo iba a durar mucho más que el viaje de vuelta a Londres.
―Prométeme que vendrás pronto.
―Lo haré.
―No dentro de seis semanas. Pronto.
Charlotte me miró fijamente.
―Vendré aunque no me invites.
―Eso sería muy propio de ti.
―Y de ti abrirme la puerta aunque estuvieras enfadada.
Sonreí.
―Eso también.
Nos separamos unos centímetros.
Ella siguió observándome. Como si estuviera buscando algo.
―Helena...
―¿Sí?
―Esta noche... ―titubeó―¿Ocurrió algo?
Sentí cómo mi estómago se revolvía.
―¿Por qué lo preguntas?
―Me desperté. Oí pasos por el pasillo. Después una puerta. Y más tarde volví a escuchar voces.
Mi sonrisa apareció demasiado deprisa. Eso ya era una mala señal.
―No ha sido nada, me desperté con sed y bajé a la cocina a por agua.
Charlotte arqueó una ceja.
―¿A las dos de la madrugada?
―Sí.
―¿Y Nathaniel también tenía sed?
Aquella pregunta me dejó completamente inmóvil durante un instante.
Después reí. Fue una risa demasiado ligera.
―Ya sabes cómo es. Se preocupa por todo. Cuando vio que no estaba en la habitación fue a buscarme.
Charlotte no respondió.
Solo siguió mirándome.
Aquella era una de las cosas que menos soportaba de mi hermana.
No necesitaba hacer preguntas. Le bastaba con guardar silencio. Porque el silencio terminaba obligándome a hablar.
―De verdad, Charlotte. No ocurrió nada.
Ella asintió muy despacio.
―Si tú lo dices...
No me creyó.
Lo vi en sus ojos.
Y, por alguna razón, eso me dolió mucho más que si me hubiera interrogado durante una hora.
El mayordomo apareció entonces para anunciar que el cochero estaba preparado.
Charlotte tomó su sombrero, y antes de salir volvió a abrazarme. Esta vez con mucha más fuerza.
―Da recuerdos en casa ―Le di un beso en la mejilla―. Dile a mamá que estoy bien. Que me has encontrado bien. Que no tiene motivo alguno para preocuparse.
Charlotte permaneció inmóvil.
―¿Solo eso?
Sonreí.
―Y dile a padre que todavía no he conseguido perderme por esta casa. Aunque sigo convencida de que un día apareceré en una habitación donde jamás he estado.
Mi hermana soltó una pequeña risa.
―Eso sí se lo diré.
La acompañé hasta el carruaje.
Nathaniel salió justo cuando el cochero recogía las riendas.
Se mostró tan atento y correcto como siempre.
Agradeció la visita.
Insistió en que la finca tendría siempre las puertas abiertas para ella.
Charlotte respondió con idéntica educación.
Nadie habría imaginado que apenas unos minutos antes me había interrogado con aquella mirada que parecía verlo todo.
El carruaje comenzó a alejarse.
Yo seguía despidiéndola con la mano cuando Charlotte levantó discretamente dos dedos y los señaló hacia sus propios ojos. Después me apuntó a mí.
Te estoy viendo. Era un gesto que hacíamos desde niñas.
Significaba: No puedes engañarme.
Sentí un nudo en la garganta, pero sonreí igualmente.
Y no bajé la mano hasta que el carruaje desapareció al final del camino.