Verdes, como la esperanza de olvidarte Capítulo 26
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Capítulo 26

Aquella noche apenas probé la cena.

Nathaniel habló durante largo rato de unas tierras que pensaba comprar al oeste de la finca.

Yo asentía de vez en cuando.

No escuchaba realmente.

Mi cabeza seguía en el invernadero.

En la jaula y en aquello pájaros. También en Charlotte.

―Helena.

Levanté la vista.

Nathaniel sonreía.

―Llevo cinco minutos preguntándote qué opinas.

Sentí un calor incómodo subir hasta mis mejillas.

―Perdóname. Estaba distraída.

Él tomó mi mano inmediatamente.

―¿Te encuentras bien?

Aquella pregunta, siempre aquella pregunta.

Me conmovía.

Y al mismo tiempo me agotaba.

Porque nunca iba seguida de un:

¿Qué necesitas?

Siempre terminaba igual.

Descansa.

No te preocupes.

Yo me ocuparé.

Sonreí.

―Sí. Solo estoy un poco cansada.

Nathaniel acarició mis nudillos con el pulgar.

―Lo imaginaba. Mañana cancelaremos el paseo. Te vendrá bien dormir un poco más.

Abrí la boca.

Quise decir:

No.

No quiero cancelar el paseo.

No estoy enferma.

No decidas eso.

Las palabras llegaron hasta mi garganta. Y allí murieron.

Porque, antes de pronunciarlas, apareció aquella voz.

Tiene razón. Solo intenta cuidarte.

Volví a cerrar la boca.

Nathaniel sonrió satisfecho.

―Eso está mejor.

Esa noche me costó conciliar el sueño.

Nathaniel dormía profundamente a mi lado. Su respiración era pausada. Tranquila.

Me giré hacia la ventana. La luna iluminaba la superficie del jardín.

Entonces escuché algo.

Un canto muy lejano y muy suave.

Eran los canarios. Seguramente el jardinero había olvidado cubrir la jaula.

Cerré los ojos.

Intenté imaginar que aquellos pájaros seguían siendo libres. No pude. Porque ahora conocía la verdad. Los barrotes no siempre estaban hechos de hierro.

A veces estaban hechos de frases amables.

De besos en la frente.

De sonrisas.

De un:

Déjalo. Ya lo haré yo.

De un:

Es por tu bien.

De un:

No hace falta que vayas.

Abrí los ojos de golpe.

Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo.

Y una idea, pequeña, aterradora, comenzó a abrirse paso en mi cabeza.

¿Y si Nathaniel nunca llegaba a abrir la puerta de mi jaula porque estaba convencido de que jamás la había cerrado?

Giré la cabeza. Lo observé dormir. Seguía pareciendo el mismo hombre bueno del que me había enamorado, o solo acostumbrado.

Y quizá lo era. Pero, por primera vez desde que pronuncié aquel sí, quiero ante el altar... comprendí que un hombre puede amar sinceramente a una mujer y aun así terminar apagando su luz sin darse cuenta.

Y esa certeza me dolió más que cualquier golpe recibido.

Porque contra los golpes, una mujer puede aprender a defenderse, pero contra la ternura y la protección ¿qué hacía?

La luna seguía derramando una luz plateada sobre el dormitorio cuando sentí el colchón hundirse ligeramente.

No me había dado cuenta de que Nathaniel había abierto los ojos.

―¿No puedes dormir? ―preguntó con la voz todavía ronca.

Me giré despacio.

―Parece que no.

Él sonrió con esa calma que siempre parecía acompañarlo.

Alargó una mano y apartó un mechón de cabello de mi rostro con infinita delicadeza.

―Llevas varios días muy pensativa.

No respondí.

No porque quisiera ocultarle nada.

Sencillamente, ni yo misma sabía poner nombre a todo lo que ocurría dentro de mi cabeza.

Nathaniel se incorporó un poco y dejó un beso en mi frente.

Después otro sobre mi mejilla.

Sus labios descendieron lentamente hasta detenerse junto a los míos.

―Te echo de menos incluso cuando estás a mi lado.

Aquella frase habría enternecido a cualquier mujer.

Y, sin embargo, a mí solo consiguió hacerme sentir una tristeza inmensa.

Lo besé con suavidad.

Él sonrió contra mis labios y volvió a buscarme, esta vez con un poco más de insistencia. Sus manos acariciaron mi cintura con delicadeza, acercándome hacia él.

―Helena...

Pronunció mi nombre casi como una súplica.

Yo apoyé una mano sobre su pecho.

No para apartarlo bruscamente.

Solo para detenerlo.

―Esta noche no, Nathaniel.

Él permaneció inmóvil.

Durante unos segundos pensé que simplemente asentiría.

Pero no fue así.

―¿Te ocurre algo?

―Estoy cansada.

―Llevas varios días cansada.

Bajé la mirada.

―Lo sé.

Nathaniel guardó silencio.

Cuando volvió a hablar, su voz había perdido parte de aquella calidez habitual.

―Somos marido y mujer.

Levanté despacio la cabeza.

―Lo sé.

―Y también tenemos obligaciones el uno con el otro.

Aquella palabra...

Obligaciones.

No amor.

Ni deseo.

Obligaciones.

Sentí un nudo extraño en el estómago.

―¿Es una obligación besarme?

Él frunció ligeramente el ceño.

―No tergiverses mis palabras.

―Solo intento entenderlas.

Nathaniel dejó escapar un suspiro.

―Helena, un matrimonio no puede sostenerse si uno de los dos rechaza constantemente al otro.

―No te estoy rechazando. Solo... no me encuentro bien.

Él me observó durante unos segundos, como si intentara descubrir si decía la verdad.

Finalmente retiró las manos.

―Como quieras.

Aquellas dos palabras fueron pronunciadas con una serenidad casi perfecta.

Pero detrás de ellas había algo nuevo.

Algo frío.

Algo que jamás había escuchado en su voz.

Aparté las sábanas y me levanté.

Necesitaba respirar.

―¿Adónde vas?

―A la biblioteca.

―Son más de las dos de la madrugada.

―Lo sé. Quizá leer me ayude a dormir.

No esperé respuesta.

Me puse la bata y salí del dormitorio.

La biblioteca era la estancia más acogedora de toda la casa.

Encendí una única lámpara.

Su luz anaranjada apenas alcanzaba las estanterías más cercanas.

Recorrí con los dedos los lomos de decenas de libros. Hasta que encontré un pequeño volumen encuadernado en azul oscuro.

Una novela.

Sonreí sin darme cuenta.

La saqué con cuidado.

Hacía tanto tiempo que no leía una historia de amor...

Abrí la primera página.

―Pensé que te encontraría aquí.

Di un pequeño respingo.

Nathaniel permanecía apoyado en el marco de la puerta.

Había salido de la cama a buscarme.

Su expresión era completamente serena.

Se acercó despacio, miró el libro entre mis manos y sonrió.

Pero no era una sonrisa alegre. Era paciente. Como la de un maestro corrigiendo a una alumna.

―Ya hablamos de esto.

Bajé la vista hacia la cubierta.

―Solo quería distraerme un rato.

Nathaniel tomó el libro con suavidad.

Ni siquiera tuve tiempo de reaccionar.

―Este tipo de novelas alimentan expectativas poco realistas. Sabes lo que pienso. No son la lectura más adecuada para una mujer casada.

Sentí un escalofrío, evidentemente no por el libro, sino por la naturalidad con la que acababa de decirlo. Como si fuera una verdad evidente. Como si mi criterio ya no tuviera ningún valor.

―Me gustan.

Él me sonrió con infinita paciencia.

―Precisamente por eso las personas terminan creyendo que el amor se parece a esas páginas. Y luego se sienten desgraciadas cuando descubren que la vida real exige responsabilidad.

Cerró el libro con delicadeza.

Lo devolvió exactamente al mismo lugar de la estantería.

Yo seguía inmóvil.

Observándolo.

Sin comprender por qué era incapaz de moverme.

―Ven.

Dijo aquella única palabra mientras me ofrecía la mano.

No era una orden, ni siquiera sonó como una petición.

Era algo peor. Sonó como la costumbre.

Como si ambos supiéramos cuál era el siguiente paso.

Y, sin pensar, le di mi mano.

Subimos juntos las escaleras.

En silencio.

Cada peldaño pesaba un poco más que el anterior, y al llegar al dormitorio, Nathaniel cerró la puerta con suavidad.

Me ayudó a acomodarme bajo las mantas.

Después se inclinó y dejó un beso en mi frente.

Tan dulce.

Tan tierno.

Tan insoportablemente perfecto.

―Buenas noches, amada mía. ―Acarició mi mejilla con el dorso de los dedos―. Espero que mañana sea un día diferente.

Apagó la lámpara.

Y, mientras la habitación volvía a quedar sumida en la oscuridad, comprendí algo que me heló la sangre.

No me había obligado a hacer nada.

No me había amenazado.

Y, sin embargo...

Había conseguido que dejara el libro donde él quería.

Que regresara al dormitorio cuando él lo decidió.

Que dudara de un gusto que llevaba acompañándome desde niña.

Cerré los ojos con fuerza. Entonces entendí que las jaulas más difíciles de abandonar no se construyen con barrotes. Se construyen cuando alguien consigue que una mujer deje de preguntarse qué desea... para empezar a preguntarse únicamente qué esperan de ella.