Verdes, como la esperanza de olvidarte Capítulo 25
66%

Capítulo 25

Aquel mismo día, después del almuerzo, Nathaniel tuvo que marcharse a revisar unas tierras que lindaban con la finca de un vecino. Antes de irse se acercó a nosotras, besó mi mano con la delicadeza de siempre y sonrió.

―No tardaré demasiado. He pedido que preparen el invernadero para vosotras. Con este calor sería una lástima que os quedarais dentro de casa.

―Gracias ―respondí.

Charlotte aguardó a que desapareciera por el camino principal antes de entrelazar su brazo con el mío.

―¿Puedo hacerte una pregunta sin que te enfades?

La miré de reojo.

―Eso depende de la pregunta.

―No. Depende de la respuesta.

Sonreí.

―Dispara.

Comenzamos a caminar despacio entre los senderos de grava. A ambos lados crecían rosales perfectamente podados y arbustos cuya forma resultaba tan precisa que parecían esculpidos.

Charlotte observaba cada detalle.

―Todo está demasiado perfecto.

―¿Eso es malo?

―No. Pero me pone nerviosa.

Reí.

―Solo tú eres capaz de desconfiar de un jardín.

―No desconfío del jardín. Desconfío de las personas que consiguen que hasta los rosales parezcan soldados.

La miré divertida.

―Estás exagerando.

―Puede.

Permanecimos unos instantes en silencio.

Entonces habló de nuevo.

―Helena...

―¿Sí?

―¿Eres feliz?

La pregunta cayó entre las dos con el peso de una piedra.

No respondí inmediatamente, porque quería contestar que sí. De verdad quería hacerlo.

Nathaniel era atento.

Nunca me faltaba al respeto.

Me trataba con una dulzura que muchas mujeres jamás conocerían.

Entonces...

¿Por qué me costaba tanto responder?

―Creo que sí.

Charlotte no apartó los ojos de los míos.

―Has dicho, ¿creo?

Suspiré.

―Porque todavía me estoy acostumbrando.

―¿A qué exactamente?

Bajé la vista.

―A esta vida.

―¿Y cómo es esa vida?

La pregunta parecía sencilla.

Sin embargo, cuanto más pensaba en ella, menos respuestas encontraba.

―Tranquila.

―Eso ya lo sé.

Intenta describírmela.

Volvimos a caminar.

―Me levanto. Desayunamos. Paseamos. Leo. Bordo un rato. Espero a Nathaniel para cenar.

Charlotte permanecía completamente callada.

Esperando.

―Y...

Y nada.

La frase terminó allí.

Mi hermana detuvo el paso.

―Helena. ¿Eso ocurre todos los días?

―Más o menos.

―¿Y qué haces cuando quieres hacer otra cosa?

Fruncí el ceño.

―¿Otra cosa como qué?

―Lo que sea. Montar a caballo o simplemente salir. Comprar un sombrero que quizá no te pongas nunca. Perderte por el bosque. Ir al pueblo. Subirte a un árbol.

La última opción consiguió hacerme reír.

―Eso ya no sería muy propio de una esposa.

Charlotte no sonrió.

―No te he preguntado qué sería propio. Te he preguntado qué te apetece.

Me quedé completamente inmóvil.

¿Qué me apetecía?

No lo sabía.

Y aquel descubrimiento me produjo un escalofrío.

Porque antes, antes siempre lo sabía. Siempre.

Charlotte dio un paso hacia mí.

―Voy a hacerte una última pregunta.

Asentí.

―¿Cuándo fue la última vez que tomaste una decisión sin pedir la opinión de Nathaniel?

Sentí un vacío extraño en el estómago.

Pensé.

Mucho.

No encontraba ninguna.

Mi hermana comprendió la respuesta antes de que yo la pronunciara.

Me acarició el brazo con inmensa ternura.

―Eso me da miedo.

Levanté la cabeza.

―No deberías decir eso.

―¿Por qué?

―Porque Nathaniel solo intenta protegerme.

Charlotte sonrió con tristeza.

―Lo sé.

―No me prohíbe nada. Simplemente, digamos que él cree que algunas cosas son mejores de otra manera.

―¿Y casi siempre esa otra manera coincide con lo que él quiere?

Abrí la boca.

La cerré.

Charlotte suspiró.

―¿Ves? No sabes responder.

Seguí caminando para escapar de aquella conversación.

Necesitaba aire. Necesitaba dejar de pensar.

Atravesamos un pequeño arco cubierto de glicinas.

Al otro lado se alzaba un edificio de cristal. El invernadero.

Al entrar, el calor nos envolvió inmediatamente.

Había plantas exóticas, orquídeas de todos los colores y pequeños árboles frutales creciendo bajo el techo de cristal.

Entonces escuché un sonido.

Un trino.

Después otro.

Giré la cabeza.

Y la vi.

Era una jaula enorme.

Muchísimo más grande que cualquiera que hubiera visto nunca.

Dentro revoloteaban media docena de canarios de un amarillo intensísimo.

Saltaban de un palo a otro.

Cantaban.

Comían.

Volaban...

Hasta que chocaban con los barrotes.

Me acerqué sin decir una palabra.

Una de las aves inclinó ligeramente la cabeza al verme.

Charlotte llegó a mi lado.

―Qué bonitos.

No respondí.

Extendí lentamente la mano hasta tocar el hierro frío de la jaula.

Entonces ocurrió.

No vi el invernadero ni vi aquellos pájaros.

Vi mi dormitorio y la ventana abierta.

Los dos pequeños canarios de mi padre.

Debéis marcharos lejos.

No volváis.

Si os quedáis cerca, volverán a encerraros.

Recordé cómo había abierto aquella puerta. Recordé el primer batir de alas. Recordé la libertad.

Y, de pronto... sentí un nudo insoportable en la garganta.

Charlotte me observó.

―¿Qué ocurre?

Seguí mirando a los pájaros.

Uno intentó levantar el vuelo.

Tres segundos después volvió a posarse exactamente en el mismo sitio.

Nunca llegaría más lejos, porque no podía.

Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos sin que pudiera impedirlo.

―Helena...

Negué con la cabeza muy despacio.

―Ya lo entiendo.

Mi voz apenas salió como un susurro.

Charlotte frunció el ceño.

―¿Qué entiendes?

Apoyé la frente contra los barrotes.

El metal estaba helado.

―Aquella mañana... Cuando abrí la jaula en casa de padre... Yo creía que estaba salvando a esos pájaros, pero ―Una lágrima resbaló por mi mejilla―, en realidad estaba intentando salvarme a mí.

Charlotte dejó de respirar durante un instante.

La miré por primera vez.

―¿Sabes cuál es la diferencia?

Ella negó lentamente.

Volví la vista hacia los canarios.

―Yo sí la sé, que ellos saben que están encerrados. Yo he tardado meses en darme cuenta.

Charlotte dio un paso hacia mí.

Me abrazó con fuerza.

Yo rompí a llorar sobre su hombro.

―No sé cuándo ocurrió, no sé en qué momento dejé de decidir, no sé cuándo empecé a pedir permiso para vivir.

Charlotte me acariciaba el cabello como cuando éramos niñas.

―No has pedido permiso. Te han convencido de que era lo que necesitabas.

Negué con desesperación.

―No sé qué es esto que siento, de verdad, porque yo creo que Nathaniel me quiere. Lo hace porque me quiere.

Charlotte cerró los ojos.

―No he dicho que no te quiera. Pero el amor... El amor no debería hacer que una mujer viva dentro de una jaula.

Levanté la cabeza.

Miré una vez más a los pájaros.

Y, en ese momento comprendí que la prisión más difícil de abandonar no era aquella que cerraban con llave. Sino aquella cuya puerta permanecía abierta... mientras uno terminaba creyendo que ya no merecía la pena intentar salir.

Charlotte permaneció abrazándome durante un largo rato.

No sé cuánto. Quizá unos minutos.

Solo sé que, cuando conseguí dejar de llorar, el canto de los canarios seguía llenando el invernadero con la misma alegría de antes.

Qué ironía. Cantaban como si fueran libres.

―Vamos ―susurró Charlotte.

Asentí.

Salimos del invernadero despacio. El aire de la tarde olía a tierra húmeda. El sol comenzaba a descender sobre los campos y todo parecía extraordinariamente hermoso.

Demasiado hermoso.

Como si el mundo hubiera decidido burlarse de mí.

Ninguna de las dos habló durante varios minutos.

Charlotte conocía demasiado bien mis silencios para intentar llenarlos.

Cuando llegamos al lago fue ella quien rompió el mutismo.

―¿Vas a decirle algo?

La miré.

―¿A quién?

―A Nathaniel.

Desvié la vista hacia el agua.

―¿Qué podría decirle?

Charlotte respiró hondo.

―La verdad.

No pude evitar una sonrisa amarga.

―Ni siquiera estoy segura de saber cuál es.

Nos sentamos en el mismo banco de piedra donde habíamos estado aquella mañana.

Las hojas de los sauces rozaban la superficie del lago. Durante unos segundos solo contemplé cómo un par de libélulas dibujaban círculos sobre el agua.

―¿Sabes qué es lo peor? ―pregunté casi en un susurro.

Charlotte negó con la cabeza.

―Que no puedo enfadarme con él.

Ella no respondió.

Esperó.

Como siempre hacía.

―Si Nathaniel me gritara... Si me humillara...

Si me prohibiera salir de casa... Todo sería mucho más sencillo.

Porque sabría que está mal. Pero él nunca hace nada de eso.

Jamás. Siempre sonríe, siempre me pregunta si he dormido bien.

Siempre recuerda qué flores me gustan, siempre me toma de la mano.

Siempre... ―Las palabras comenzaron a romperse―.

Siempre consigue que parezca que las decisiones son mías.

Charlotte cerró los ojos un instante.

―Eso es una manera muy hábil de manipular a las personas.

―Bueno... después soy yo quien se siente culpable cuando quiero salir pienso que quizá tiene razón, cuando quiero montar pienso que sería una imprudencia, y cuando quiero visitarte pienso que es más cómodo que vengas tú. Y, al final... ―Suspiré―. Al final dejo de querer hacerlo.

Charlotte permanecía quieta todo el tiempo.

No intentaba convencerme. Solo escuchaba.

―¿Sabes qué me da miedo? ―dije mirándola―. Que dentro de unos años ya no recuerde que alguna vez fui distinta.

Aquella frase no la recibió muy bien mi hermana.

Charlotte apartó una pequeña piedra con la punta del zapato.

―Yo sí lo recordaré.

Sonreí con tristeza.

―Eso no servirá de nada.

―Servirá para recordártelo cuando tú lo olvides.

Noté cómo las lágrimas volvían a asomar.

Negué despacio.

―No quiero ser injusta. Porque él me quiere. Lo sé.

Charlotte me tomó ambas manos.

―Helena. Escúchame bien. No estoy dudando del amor que Nathaniel siente por ti. Estoy dudando de la forma en la que ha aprendido a amar.

Fruncí el ceño.

Ella continuó.

―Hay hombres que creen que amar es proteger. Y que proteger significa decidir. Decidir por miedo a que la otra persona sufra, seguramente por precaución. Por costumbre. No lo hacen porque quieran hacer daño. Lo hacen porque están convencidos de que saben qué es lo mejor.

Guardé silencio.

―¿Y si realmente lo sabe?

Charlotte sonrió con infinita dulzura.

―Entonces seguirá siendo su vida. No la tuya.

Aquellas palabras me atravesaron de parte a parte.

Porque en ese momento me di cuenta de que Nathaniel nunca me preguntaba qué deseaba.

Me preguntaba si estaba de acuerdo con lo que él había decidido.

Y había una diferencia enorme.

Una diferencia que yo jamás había querido ver.