Verdes, como la esperanza de olvidarte Capítulo 24
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Capítulo 24

No recuerdo haber esperado nunca un carruaje con tanta impaciencia.

Llevaba despierta desde antes del amanecer. Había abierto las cortinas al menos una docena de veces para comprobar si el camino principal seguía tan vacío como unos minutos antes y, cuando el reloj del vestíbulo marcó las diez, terminé por abandonar cualquier intento de aparentar tranquilidad.

― Milady ―dijo la señora Hargreaves mientras terminaba de colocar una flor en el jarrón del salón―. Lady Charlotte llegará. Los caballos no entienden de prisas.

Le dediqué una sonrisa.

―Empiezo a sospechar que sí entienden. Solo que hoy han decidido caminar marcha atrás.

La mujer dejó escapar una pequeña risa.

―Eso es imposible.

―Entonces explíqueme cómo pueden tardar tanto.

Negó con la cabeza mientras seguía con sus tareas.

―Las hermanas siempre pierden la paciencia cuando van a reencontrarse.

No respondió nadie más. Porque tenía razón. Ni siquiera yo podía recordar la última vez que había pasado tanto tiempo sin ver a Charlotte.

Habían transcurrido unas semanas desde la boda.

Muchas semanas mejor dicho, y, sin embargo, me parecían meses.

Tal vez porque los días en el campo eran más largos.

O quizá porque, cuando todos se parecen entre sí, uno termina perdiendo la noción del tiempo.

Un ruido de ruedas sobre la gravilla hizo que levantara la cabeza de golpe.

Mi corazón dio un pequeño vuelco.

―¡Ha llegado!

No esperé a que nadie abriera la puerta.

Recogí ligeramente el bajo de mi vestido y crucé el vestíbulo casi corriendo.

Detrás de mí escuché la voz divertida del mayordomo.

―¡ Milady ! ¡La puerta!

Llegué antes que él.

Abrí de un tirón.

El carruaje acababa de detenerse frente a la escalinata.

Un lacayo abrió la portezuela.

Y entonces apareció ella.

Charlotte descendió sujetándose del brazo del cochero. Llevaba un vestido color lavanda que el viento agitó ligeramente y un sombrero de ala ancha del que escapaban varios mechones castaños.

En cuanto me vio sonrió.

Esa sonrisa. La misma que llevaba viendo toda mi vida.

No sé en qué momento empecé a correr.

Solo recuerdo que ella hizo exactamente lo mismo.

Nos encontramos a mitad de la escalinata.

―¡Helena!

―¡Charlotte!

Nos abrazamos con tanta fuerza que estuve convencida de que alguna de las dos terminaría cayendo al suelo.

―Me estás dejando sin aire ―protestó entre risas.

―Pues respira después.

―Sigues siendo igual de egoísta.

―Y tú igual de exagerada.

Se apartó unos centímetros para observarme con detenimiento.

Frunció el ceño.

―Has adelgazado.

―No he adelgazado.

―Sí lo has hecho.

―No.

―Helena...

Puse los ojos en blanco.

―Llevamos exactamente quince segundos juntas y ya me estás llevando la contraria.

Charlotte soltó una carcajada.

―Ahora sí pareces tú.

Le di un pequeño golpe en el brazo.

―Ven. Quiero enseñártelo todo.

Tomé su mano casi arrastrándola escaleras arriba.

Ella saludó al servicio con la educación acostumbrada, aunque casi no prestó atención a las reverencias.

Estaba demasiado ocupada mirándolo todo.

―Madre mía...

Giró lentamente sobre sí misma en el gran vestíbulo.

―¿Vives en una casa o en el palacio del rey?

―Exagerada.

―No, no. Esto es enorme.

Se acercó a una de las ventanas.

Después a una escultura.

Luego volvió hacia mí.

―Creo que podría perderme durante tres días sin encontrar la salida.

―Yo todavía me equivoco de pasillo alguna vez.

―Eso me tranquiliza.

Nathaniel apareció entonces desde el despacho.

Nada más verla, sonrió con esa cortesía impecable que parecía no abandonarlo nunca.

― Lady Charlotte. Bienvenida.

Mi hermana realizó una elegante reverencia.

―Lord Fairfax.

―Nathaniel, por favor. Después de todo ya somos familia.

Charlotte respondió con una sonrisa amable.

―Intentaré acostumbrarme.

Nathaniel se acercó hasta nosotras.

Me rodeó la cintura con naturalidad.

Aquel gesto no me sorprendió.

Charlotte, sin embargo, lo observó con atención.

―Espero que el viaje no haya resultado demasiado pesado.

―En absoluto. Ha merecido la pena.

Nathaniel asintió satisfecho.

―Helena lleva varios días hablando de esta visita.

Noté cómo mis mejillas se teñían ligeramente de rojo.

―No es cierto.

Charlotte arqueó una ceja.

―Sí lo es.

Recibí una mirada divertida de Nathaniel.

―Lo suponía.

Le di un leve codazo.

―Los dos habéis decidido aliaros contra mí.

―Solo decimos la verdad ―respondieron prácticamente al mismo tiempo.

Los tres reímos.

Durante unos segundos pensé que Charlotte se había equivocado. Nathaniel estaba siendo exactamente el hombre atento y considerado que siempre había sido. No existía motivo alguno para desconfiar de él. Ninguno.

―Os dejaré solas un rato ―dijo finalmente Nathaniel―. Imagino que tendréis mucho de lo que hablar.

Me besó con delicadeza en la frente.

―Esta tarde almorzaremos juntos.

―Estupendo.

Esperó a que respondiera antes de marcharse.

Charlotte observó cómo desaparecía por el pasillo.

No habló hasta que dejó de escucharse el eco de sus pasos.

Entonces giró lentamente la cabeza hacia mí.

―Es encantador.

Sonreí.

―Te lo dije.

―Sí.

Volvió a mirarme.

Esta vez más despacio.

Sus ojos recorrieron mi rostro con una atención que me incomodó ligeramente.

―¿Qué?

No respondió enseguida.

Alargó la mano y apartó un mechón de cabello que había caído sobre mi hombro.

Después sonrió.

Pero aquella sonrisa no llegó a sus ojos.

―Nada.

―Charlotte...

―Solo estaba pensando.

―¿En qué?

Guardó silencio un instante.

―Hace mucho que no te veía tan... tranquila.

Aquella palabra me hizo fruncir ligeramente el ceño.

―¿Tranquila?

―Sí.

Antes no podías permanecer quieta ni cinco minutos. Hablabas mientras caminabas, caminabas mientras pensabas y pensabas en voz alta para que todos pudiéramos seguirte el ritmo.

Reí.

―Qué imagen tan terrible acabas de dar de mí.

―Era maravillosa aquella imagen.

Se quedó observándome unos segundos más.

―Ahora, en cambio...

Esperé.

No terminó la frase.

―¿Ahora qué?

Charlotte negó despacio con la cabeza.

―Nada. Olvídalo ―Tomó mi brazo con cariño―. Enséñame la casa.

Eché a andar junto a ella.

Sin embargo, mientras atravesábamos el gran vestíbulo, no pude evitar preguntarme qué había querido decir con aquel: ahora.

Y desde que llegó a la finca, tuve la extraña sensación de que me miraba como si estuviera buscando a la Helena de siempre... y solo hubiera encontrado una versión más silenciosa de ella.

Nathaniel insistió en que descansáramos antes del almuerzo, aunque apenas conseguí permanecer diez minutos sentada en mi habitación.

Tener a Charlotte en aquella casa y no estar con ella me parecía casi una descortesía.

Fui yo quien llamó a su puerta.

Ni siquiera esperé a que respondiera.

―¿Puedo entrar?

―Si vuelves a preguntar eso otra vez, voy a pensar que me he equivocado de hermana.

Abrí la puerta riendo.

Charlotte estaba terminando de deshacer el equipaje.

En cuanto me vio dejó un vestido sobre la cama y abrió los brazos.

―Ven aquí.

―¿Otra vez?

―Sí. Creo que el primer abrazo no fue suficiente.

Me dejé abrazar sin protestar.

Apoyé la cabeza unos segundos sobre su hombro.

No me había dado cuenta de cuánto la echaba de menos hasta aquel instante.

―Estás muy blandita desde que te has casado ―bromeó acariciándome el cabello.

―No estoy blandita.

―Antes me habrías apartado de un empujón.

―Ahora soy una dama respetable.

Charlotte soltó una carcajada.

―No mientas. Tú jamás serás respetable.

Le di un codazo.

―¿Vamos a pasear?

―Eso estaba esperando que propusieras.

La finca era incluso más hermosa cuando uno la recorría sin prisa.

El camino principal descendía suavemente entre robles centenarios hasta desembocar en un pequeño lago donde el agua reflejaba el cielo con una nitidez casi perfecta.

Charlotte caminaba despacio, observándolo todo con esa curiosidad insaciable que siempre había tenido.

―Ahora entiendo por qué Nathaniel quería vivir aquí.

Asentí.

―Es precioso.

―Muchísimo.

Permanecimos unos instantes en silencio.

Solo se escuchaban los pájaros escondidos entre las ramas y el crujir de la grava bajo nuestros zapatos.

Charlotte respiró hondo.

―¿Y bien?

La miré.

―¿Y bien qué?

―Cuéntamelo todo.

Sonreí.

―Ya lo estás viendo.

―No, Helena. Quiero saber cómo es tu vida. Cómo pasas los días. Si cocinas galletas, si has aprendido a tocar un instrumento, todo lo que haces. Si discutís. Si ronca. Si deja los calcetines tirados por el dormitorio.

Reí.

―Nathaniel jamás dejaría un calcetín fuera de su sitio.

―Eso ya me preocupa.

―Charlotte...

―Hablo en serio.

Le di un pequeño empujón con el hombro.

―Es un marido maravilloso.

Ella sonrió.

―Eso ya lo sé. ¿Y después?

Fruncí ligeramente el ceño.

―¿Después de qué?

―Después de decir que es maravilloso. ¿Qué hacéis?

Pensé unos segundos.

―Bueno... desayunamos juntos casi todas las mañanas.

―Ajá.

―Luego él suele revisar las cuentas de la finca.

―¿Y tú?

―Yo...

Me quedé callada un instante.

―Leo.

―¿Qué lees?

La pregunta parecía sencilla. Sin embargo, me descubrí dudando.

―Ahora mismo... un libro sobre administración de propiedades.

Charlotte dejó de caminar.

―¿Cómo dices?

―Nathaniel cree que debería aprender.

―¿Y tú quieres aprender?

―Bueno... Supongo que nunca está de más.

Charlotte continuó caminando.

No dijo nada.

Pero aquella respuesta pareció dejarla pensando.

―¿Y después?

―Paseamos.

―¿Siempre?

―Casi siempre.

―¿Montáis?

Sonreí con cierta incomodidad.

―No. Dice que los caminos son peligrosos.

―Pero tú llevas montando desde los doce años.

―Sí, aunque hacía tiempo que no lo hacía.

Charlotte volvió a quedarse en silencio.

Llegamos hasta el lago. Nos sentamos sobre un viejo banco de piedra.

Ella arrancó distraídamente una pequeña flor silvestre.

―¿Y bajas al pueblo alguna vez?

Negué con la cabeza.

―No ha hecho falta.

―¿Cómo que no ha hecho falta?

―Si necesito algo, Collins se encarga de traerlo.

Charlotte dejó de jugar con la flor.

―¿Nunca has ido?

―Todavía no.

―¿Y no te apetece conocerlo?

Abrí la boca para responder, pero la cerré de nuevo.

Claro que me apetecía.

Muchísimo.

Pero...

―No lo había pensado.

Mi hermana me miró con una mezcla de sorpresa y tristeza.

―Helena. Tú piensas en todo. Hasta en las cosas que no existen. ¿Cómo puedes no haber pensado en conocer el pueblo donde vives?

No supe qué responder.

Así que opté por reír.

―Supongo que estoy demasiado ocupada.

Charlotte giró lentamente la cabeza hacia mí.

―¿Ocupada haciendo qué?

Aquella pregunta me atravesó sin hacer ruido.

Abrí la boca.

Intenté responder algo con lógica.

Desayunar.

Pasear.

Leer.

Bordar.

Esperar a Nathaniel para cenar.

Nada de aquello sonaba realmente a una ocupación.

Era simplemente... una vida aburridísima mi vida.

Charlotte aguardó unos segundos más.

Al ver que no contestaba, cambió de tema con una sonrisa.

―Bueno. Háblame entonces de los vecinos. ¿Has hecho amigas?

Negué despacio.

―Todavía no.

―¿Y hay bailes?

―No hemos ido a ninguno.

―¿Conciertos?

―No.

―¿Picnics?

Negué otra vez.

Charlotte empezó a reír.

―¿Sabes qué conclusión estoy sacando?

La miré divertida.

―Ni idea.

―Que vives muy lejos de todo.

―No. Que te has convertido en la mujer más aburrida de Inglaterra.

Le lancé una mirada fingidamente indignada.

―¡Muchas gracias!

Ella también se echó a reír.

Pero apenas unos segundos después dejó escapar un suspiro.

―Es extraño.

―¿El qué?

Me observó con una dulzura infinita.

―Antes necesitaba un día entero para escuchar todo lo que habías hecho durante una sola mañana. Hoy llevamos una hora paseando... Y siento que ya me lo has contado todo.

No respondió nadie. El viento agitó las ramas de un sauce. Un par de hojas cayeron sobre el agua.

Yo seguía mirando el lago.

No porque fuera especialmente interesante.

Sino porque, me estaba preguntando si Charlotte tenía razón.

¿Cuándo había sido la última vez que había hecho algo simplemente porque me apetecía?

Intenté recordarlo.

No pude.

―No pongas esa cara.

La voz de Charlotte me devolvió al presente.

Sonreía.

Pero ahora era una sonrisa mucho más suave.

―Quizá solo necesitas tiempo para acostumbrarte.

Eso mismo pensé yo.

Sí.

Exactamente eso.

Era cuestión de tiempo.

Nathaniel me quería.

Lo sabía.

Nunca me levantaría la voz. Jamás me haría daño. Solo intentaba hacerme la vida más fácil.

Entonces... ¿Por qué aquella pequeña voz que llevaba días viviendo dentro de mí volvió a susurrar?

Porque una vida fácil no siempre es una vida elegida ni feliz.

Apreté los labios.

No.

No debía pensar así.

Era injusto.

Nathaniel solo se preocupaba por mí.

Y preocuparse por alguien también era una forma de querer.

Me repetí aquella frase varias veces mientras retomábamos el paseo.

Sin embargo, por primera vez desde mi boda, no conseguí creérmela del todo.