Capítulo 23
Descubrí muy pronto que la felicidad también podía parecerse a una rutina.
Las mañanas comenzaban siempre igual. Nathaniel madrugaba más que yo y, cuando abría los ojos, el aroma del café recién hecho ya inundaba la habitación. Casi siempre encontraba una nota sobre la mesilla.
No quería despertarte. Te espero para desayunar.
Aquellos pequeños detalles conseguían enternecerme. Era un buen marido.
Atento.
Paciente.
Educado.
El tipo de hombre que cualquier madre desearía para su hija.
Y quizá por eso me avergonzaba tanto aquella pequeña voz que, de vez en cuando, aparecía en algún rincón de mi cabeza para preguntarme si era completamente feliz.
Aquella mañana llevaba ya casi tres semanas viviendo en la finca.
Mientras terminábamos el desayuno, levanté la vista del plato.
―He estado pensando una cosa.
Nathaniel dejó la taza sobre el mantel.
―Te escucho.
―Me gustaría visitar a Charlotte.
Él sonrió inmediatamente.
―Seguro que también ella está deseando verte.
Asentí.
―Podríamos ir mañana. Hace días que no sé nada de ella y...
No llegué a terminar la frase.
Nathaniel tomó mi mano por encima de la mesa.
―¿Para qué viajar hasta Londres y volver el mismo día?
Parpadeé.
―Precisamente por eso quería proponerte quedarnos allí unos días.
―No es necesario.
Lo dijo con tanta dulzura que ni siquiera sonó a negativa.
―Le escribiré esta misma tarde. Estoy convencido de que aceptará encantada venir unos días con nosotros.
Sonreí.
Porque tenía sentido.
―Sí... supongo que tienes razón.
Él besó mis dedos.
―Además, así podrá conocer la casa con tranquilidad.
Asentí de nuevo.
La conversación terminó allí.
Mientras subía las escaleras recordé que aquella mañana había bajado convencida de que al día siguiente estaría abrazando a mi hermana.
Ahora, sin embargo, esperaba con ilusión que fuera ella quien viniera.
No era exactamente lo mismo. Pero tampoco parecía una diferencia importante.
Dos días después amaneció un sol espléndido.
Desde la ventana veía los prados completamente iluminados.
Sentí unas ganas irrefrenables de montar a caballo.
Hacía años que no recorría el campo al galope.
Encontré a Nathaniel revisando unas cuentas en su despacho.
―¿Interrumpo?
Levantó la cabeza y sonrió.
―Jamás.
Entré.
―¿Podemos salir a montar esta tarde?
Sus ojos se iluminaron.
―¿Te gusta montar?
―Muchísimo.
Mi padre siempre decía que de niña era incapaz de caminar cuando podía galopar.
Nathaniel rio.
Después apoyó la pluma.
―Eso explica muchas cosas.
Me acerqué hasta su escritorio.
―Entonces... ¿sí?
Guardó silencio unos segundos. Los suficientes para que algo dentro de mí se tensara sin motivo.
―Preferiría que no.
Lo miré sorprendida.
―¿Por qué?
Se levantó.
Rodeó la mesa.
Tomó mis manos entre las suyas.
―Helena... todavía te estás acostumbrando a la finca. Los caminos son irregulares y hace tiempo que no montas. Una mala caída podría hacerte muchísimo daño.
―Pero...
―Podemos pasear, sí, iremos a pie. Hay senderos preciosos junto al lago. Incluso más bonitos que los que recorreríamos a caballo.
Sonrió con esa tranquilidad que siempre parecía acompañarlo.
Y, de nuevo...
Tenía razón.
―Supongo que sí.
―Cuando llegue la primavera volveremos a hablar de ello.
Besó mi frente.
―¿De acuerdo?
―De acuerdo.
Mientras abandonaba el despacho sentí una ligera decepción.
Muy pequeña. Casi infantil.
No merecía la pena discutir por algo así.
Solo era un paseo.
Nada más.
Aquella tarde caminamos junto al lago.
Nathaniel tenía razón.
Era precioso.
El agua permanecía completamente inmóvil.
Los sauces casi rozaban derramando sus ramas sobre la superficie.
Los cisnes nadaban lentamente.
―¿Ves?
―Es un lugar precioso.
―Sabía que terminaría gustándote.
Lo miré sonriendo.
Sí.
Me gustaba.
Mucho.
Entonces...
¿Por qué no podía dejar de imaginar cómo habría sido atravesar aquellos prados al galope?
Aparté inmediatamente ese pensamiento.
No seas absurda, Helena. Nathaniel solo intenta protegerte.
Y proteger a quien uno ama nunca puede ser algo malo.
Unos días después me quedé sin cintas para bordar.
Decidí bajar al pueblo.
Era una excusa tan buena como cualquier otra para conocer los alrededores.
Encontré a Nathaniel en el recibidor, colocándose los guantes antes de salir.
―¿Vas a alguna parte?
―A revisar unas tierras del extremo norte. Estaré de vuelta antes de cenar.
Asentí.
―Perfecto. Entonces aprovecharé para bajar al pueblo.
Su expresión cambió en un instante.
Una sombra tan leve que casi podría haberla imaginado.
―¿Al pueblo?
―Necesito algunas cosas para bordar y...
Sonrió.
Otra vez aquella sonrisa. Siempre aquella sonrisa.
―No hace falta que vayas.
―¿No?
Negó con la cabeza.
―Dáselas a Collins. Mi cochero, yo me encargaré de traértelas.
Miré al mayordomo, que esperaba inmóvil junto a la puerta. Y él bajó la mirada.
―Pero... pensaba acercarme yo.
―¿Para qué?
La pregunta sonó completamente sincera.
―Solo...
Solo quería salir.
Solo quería caminar por otra calle.
Solo quería entrar en una tienda.
Solo quería elegir unas cintas con mis propias manos.
Pero ninguna de aquellas respuestas aunque las hubiese pronunciado en voz alta, le hubieran parecido suficiente.
Nathaniel acarició mi mejilla.
―No es un lugar especialmente agradable para una dama. Hay mucho barro después de las lluvias. Y demasiada gente. Collins conoce perfectamente las tiendas donde encontrarlas, me dirá dónde. Traeré exactamente lo que necesites.
Miré al mayordomo.
Después a Nathaniel.
Otra vez...
Tenía sentido lo que decía.
―Está bien. Le entregaré una lista y un par de muestras.
Su sonrisa volvió a aparecer.
―Eso es mucho mejor.
Me besó antes de marcharse.
Permanecí inmóvil en el recibidor hasta que el carruaje desapareció por el camino principal.
Solo entonces el mayordomo se aclaró la garganta.
―¿Desea que avise en cocina que le preparen la comida, milady ?
Tardé unos segundos en responder.
―Sí, por favor.
Aquella noche me senté frente al tocador mientras la doncella deshacía lentamente mi peinado.
Observé mi reflejo.
No parecía muy diferente.
Seguía siendo la misma mujer. La misma Helena. Entonces... ¿Por qué tenía la extraña sensación de haber renunciado a algo?
Intenté recordarlo.
Quería visitar a Charlotte.
Vendría ella.
Quería montar.
Paseábamos.
Quería bajar al pueblo.
Había ido Collins.
Nada de aquello era importante.
Nada.
Y, sin embargo...
La pequeña voz regresó.
¿Y si hubieras querido hacerlo igualmente?
Cerré los ojos.
No seas injusta.
Nathaniel te quiere.
Se preocupa por ti.
Hay mujeres que darían cualquier cosa por tener un marido así.
No conviertas el cariño en una ofensa.
Respiré hondo.
Sí.
Era eso.
Simplemente me estaba costando acostumbrarme a una vida nueva.
Eso era todo.
Pero aquella noche, antes de apagar la vela, descubrí un detalle que me hizo permanecer inmóvil durante largos segundos.
Sobre la cómoda había una pequeña libreta donde, desde niña, acostumbraba a anotar todo aquello que deseaba hacer, y a día de hoy todavía seguía haciéndolo.
La abrí, y una de las últimas páginas decía:
Visitar a Charlotte.
Debajo, con una letra distinta, había escrito unos días después:
Montar hasta el lago.
Y más abajo:
Conocer el pueblo y rodearme de su gente.
Las tres frases estaban tachadas.
No porque las hubiera hecho.
Sino porque, sencillamente a mi esposo no le agradaba esa idea.
Cerré la libreta despacio.
Y entonces tuve la sensación de que, sin darme cuenta, mi vida ya no estaba llena de decisiones. Sino de permisos que no llegaban.
Y todavía no sabía cuál de las dos cosas era la que más miedo me daba.