Capítulo 22
Nunca imaginé que una despedida pudiera parecerse tanto a un comienzo.
Mientras el carruaje se alejaba de Londres, observé por la ventanilla cómo las calles empedradas daban paso, poco a poco, a caminos de tierra flanqueados por robles inmensos.
Las últimas casas quedaron atrás y, con ellas, el bullicio constante de la ciudad, el ruido de los carruajes y las conversaciones que parecían no terminar jamás.
Nathaniel permanecía sentado frente a mí.
Durante buena parte del trayecto apenas hablamos.
No porque existiera incomodidad entre nosotros.
Al contrario. Había en él una serenidad que resultaba contagiosa.
De vez en cuando levantaba la vista del libro que llevaba abierto sobre las rodillas y sonreía al descubrirme observándolo.
―¿Qué ocurre? ―preguntó finalmente.
Negué despacio.
―Nada.
―Eso no ha sonado demasiado convincente.
No pude evitar sonreír.
―Simplemente, estaba pensando.
―¿En Londres?
La pregunta me sorprendió.
―¿Tan evidente es?
Nathaniel cerró el libro con delicadeza y lo dejó a un lado.
―Un poco.
Suspiré mientras volvía la vista al paisaje.
―He vivido allí toda mi vida. Resulta extraño marcharse de un lugar que conoces de memoria.
Él asintió con comprensión.
―Es normal. Pero dame unas semanas.
Lo miré de nuevo.
―¿Para qué?
―Para conseguir que no quieras volver.
Aquella respuesta me arrancó una risa.
―Tiene usted demasiada confianza en sí mismo, lord Fairfax ―pronuncié con sorna.
―Ahora deberías empezar a acostumbrarte a llamarme Nathaniel.
Noté cómo las mejillas se me calentaban ligeramente.
Todavía me costaba pronunciar su nombre sin sentir que estaba haciendo algo impropio.
―Lo intentaré.
Él sonrió satisfecho.
―Con eso me basta.
El resto del camino transcurrió entre conversaciones sencillas. Me habló de los árboles que habían plantado sus abuelos, de las cosechas, de los caballos que criaban desde hacía generaciones y de un pequeño lago donde, según él, el agua permanecía completamente inmóvil incluso los días de viento.
Lo escuchaba con atención.
Había algo profundamente agradable en aquella manera suya de imaginar el futuro.
Todo parecía sencillo, seguro.
Y, por primera vez en muchos días, me descubrí pensando que quizá la paz también podía ser una forma de felicidad.
Cuando el carruaje atravesó la verja principal comprendí por qué hablaba de aquella finca con tanto orgullo. Quizá la otra vez que la visité no había conseguido apreciar todo lo que allí habitaba, y ahora la vi distinta.
La casa apareció al final de un largo camino bordeado de tilos.
No era ostentosa, eso sí que lo recordaba. Su belleza residía precisamente en la armonía de sus proporciones, en las enredaderas que cubrían parte de la fachada y en la inmensa escalinata de piedra que conducía hasta una puerta de roble oscuro.
El mayordomo ya esperaba en la entrada junto a varias doncellas.
Nathaniel descendió primero del carruaje y, antes incluso de saludar a nadie, me tendió la mano.
―Bienvenida a casa.
Aquellas palabras me produjeron un extraño cosquilleo.
A casa.
Nunca nadie había pronunciado esa palabra dirigiéndose a mí de aquella manera.
Tomé su mano. Sus dedos eran cálidos y firmes.
No me soltó hasta que ambos estuvimos sobre el último peldaño.
El servicio realizó una impecable reverencia para recibirnos.
―Bienvenida, milady .
Sentí cierta vergüenza.
Todavía no terminaba de acostumbrarme a que tantas personas estuvieran pendientes de mí.
Nathaniel pareció advertirlo.
Acercó el rostro al mío y murmuró con una sonrisa discreta:
―Dentro de unos días dejarás de fijarte en ellos.
―Eso espero.
―Yo tardé varios meses.
La confesión no consiguió relajarme.
Durante la siguiente hora recorrió conmigo prácticamente toda la casa.
El gran salón, la galería de retratos, el comedor, una sala de música donde descansaba un piano de cola, después llegó la biblioteca, y allí fue donde yo olvidé respirar.
Miles de volúmenes ocupaban estanterías que ascendían hasta un techo altísimo.
Una escalera de madera recorría todo el perímetro.
El aroma a cuero y papel antiguo llenaba la estancia.
―Dios mío...
Nathaniel sonrió al verme girar sobre mí misma para poder observar aquella preciosidad.
―Sabía que esta sería tu habitación favorita.
Me acerqué lentamente a una de las estanterías. Pasé los dedos por el lomo de varios libros.
Historia, poesía, filosofía, rutas de viajes, novelas. Había novelas. Muchas. Muchísimas más de las que imaginaba.
―¿Los ha leído todos?
Nathaniel soltó una pequeña carcajada.
―Ni en diez vidas.
Eso me hizo reír.
―Entonces tendré que ayudar.
―Eso esperaba.
Ahí también sentí una ilusión completamente espontánea.
Podía imaginarme allí durante horas. Junto al ventanal. Con un libro entre las manos mientras la lluvia golpeaba los cristales.
Quizá Charlotte se había equivocado. Quizá yo también. Quizá aquella vida tranquila terminaría gustándome.
Nathaniel observó mi expresión con evidente satisfacción.
―Quiero que este lugar también sea tuyo.
No respondí, simplemente le dediqué una sonrisa, y fue sincera.
La cena resultó sorprendentemente agradable.
Solo estábamos los dos.
Sin padres, ni hermanos, sin absolutamente nadie del servicio entrando y saliendo continuamente. Sin conversaciones incómodas.
Nathaniel me habló de su infancia y yo terminé contándole cómo Charlotte y yo habíamos intentado criar un erizo cuando apenas teníamos nueve años.
Se echó a reír con tantas ganas que estuvo a punto de derramar el vino.
―No puedes hablar en serio.
―Completamente.
―¿Y qué ocurrió?
―Mi madre descubrió al pobre animal viviendo debajo de mi cama.
Nathaniel negó con la cabeza sin dejar de sonreír.
―Empiezo a comprender que fuiste una niña bastante más revoltosa de lo que aparentas.
―No tanto.
―¿Liberaste al erizo?
Lo miré sorprendida.
―¿Cómo preguntas eso? Está claro que sí. No pertenecía a una habitación. Debía ser libre.
Nathaniel apoyó los cubiertos sobre el plato.
―Siempre has sentido debilidad por las criaturas indefensas.
Asentí sin pensar.
―Supongo que sí.
Él me sostuvo la mirada durante unos segundos.
Había ternura en sus ojos.
Una ternura limpia.
Sin doble intención.
Aquello volvió a tranquilizarme.
Quizá... Quizá de verdad todo iría bien.
Más tarde, cuando el resto de la casa dormía, decidí acercarme unos minutos a la biblioteca.
Todavía llevaba el cabello recogido y el vestido de la cena. No tenía sueño.
Recorrí lentamente las estanterías hasta encontrar una novela que nunca había leído.
Me acomodé junto al ventanal.
Abrí el libro.
Y ni siquiera había terminado la primera página cuando escuché unos pasos.
Nathaniel apareció en el umbral.
Sonrió.
―Imaginaba que estarías aquí.
Le devolví la sonrisa.
―No podía resistirme.
Se acercó despacio.
Observó la cubierta del libro.
―¿Qué estás leyendo?
Le mostré el título.
Él guardó silencio unos segundos.
Después tomó el volumen con delicadeza entre sus manos.
Lo hojeó distraídamente.
―Recuerdo haber leído este hace muchos años.
―¿Te gustó?
Dudó un instante.
―No especialmente.
Volvió a dejarlo sobre mis piernas.
―Siempre me ha parecido que esas novelas tienen la mala costumbre de llenar la cabeza de expectativas poco realistas.
Sonreí.
―Solo es una historia.
―Precisamente una historia que puede confundir.
Se inclinó ligeramente hacia una estantería cercana y extrajo otro volumen.
Mucho más grueso.
Encuadernado en piel oscura.
―Creo que disfrutarás mucho más con este.
Leí el título.
Trataba sobre la administración de grandes propiedades rurales.
Lo miré divertida.
―¿Hablas en serio?
Nathaniel sonrió con toda naturalidad.
―Muchísimo.
Si algún día deseas ocuparte de la finca conmigo, estas páginas te enseñarán más que cualquier historia de amor.
Reí. Porque la propuesta me pareció inocente. Hasta encantadora.
―Lo intentaré.
Él besó con suavidad mi frente.
―Sabía que dirías eso.
Cuando salió de la biblioteca, bajé la vista hacia los dos libros.
La novela seguía abierta exactamente por la página donde la había dejado.
El otro descansaba encima de ella.
Permanecí varios segundos contemplándolos.
Finalmente... cerré despacio la novela. Y abrí el tratado sobre propiedades rurales.
No porque Nathaniel me hubiera obligado. Jamás lo habría hecho. Sino porque, sin darme cuenta, ya había empezado a desear no decepcionarlo.