Capítulo 21
Doce días. Nunca imaginé que una vida pudiera cambiar tanto en apenas doce días. El primero de ellos todavía bajé las escaleras sonriendo. Recuerdo incluso que tuve que contener una pequeña risa cuando el tercer peldaño volvió a crujir bajo mis pies.
―Algún día vas a conseguir delatarme ―le susurré a la madera como si pudiera escucharme.
Abrí la puerta con el mismo cuidado de siempre.
La calle estaba desierta. No me preocupé. Marcus alguna vez había llegado unos minutos más tarde que yo.
Decía que era menos sospechoso que un caballero esperara a una dama y no al contrario, pero nos siempre había conseguido hacerlo.
Así que aguardé.
Cinco minutos.
Después diez.
Finalmente regresé a mi dormitorio convencida de que algún compromiso inesperado habría cambiado sus planes.
Al día siguiente repetí exactamente el mismo ritual.
La misma capa.
Los mismos escalones.
La misma puerta.
La misma esquina. Vacía.
Aquella noche esperé casi media hora.
Volví a acostarme diciéndome que seguramente se habría quedado dormido.
El tercer día empecé a preocuparme.
El cuarto imaginé que podía haber enfermado.
El quinto pregunté durante el desayuno, procurando aparentar el mayor desinterés posible.
―¿Se sabe algo del duque de Devonshire? Hace días que no lo veo en ningún acto social.
Mi padre levantó la vista del periódico.
―Ha abandonado Londres.
Noté que el corazón dejaba de latirme durante un instante.
―¿Ha... abandonado Londres?
―Eso parece. Dicen que marchó hacia Kent. Tiene asuntos familiares que resolver allí.
Mi madre intervino inmediatamente.
―Me parece muy sensato por su parte. Siempre he pensado que los hombres pasan demasiado tiempo en los clubes y demasiado poco ocupándose de sus propiedades.
Sonreí. O al menos eso intenté.
Después seguí removiendo el té durante varios minutos.
Charlotte dejó lentamente la taza sobre el plato.
Me estaba mirando. No dijo nada. Pero me estaba mirando.
Aquella noche volví a salir.
Sabía perfectamente que Marcus no estaría.
Mi padre acababa de decirme que había abandonado Londres.
Y, aun así, bajé.
Me quedé de pie frente a aquella esquina durante varios minutos.
El viento movía suavemente las ramas de los olmos.
Nada más.
―Qué ridícula eres, Helena ―murmuré para mí.
La respuesta fue el silencio.
Regresé a casa sintiéndome profundamente avergonzada de mí misma.
No debía importarme tanto. Al fin y al cabo... ¿Qué había realmente entre nosotros? Un puñado de paseos robados. Algunas conversaciones. Besos, eso sí. Muchos besos.
Pero ningún futuro, ninguna promesa. Ningún te quiero, ningún espérame. Marcus jamás me pidió que rompiera mi compromiso. Jamás habló de matrimonio. Jamás dijo que me amaba. Quizá porque nunca llegó a hacerlo. Quizá yo había confundido el deseo con algo mucho más grande.
Y los libertinos, al fin y al cabo, sabían muy bien cómo conseguir que una mujer confundiera ambas cosas.
Aquella idea me hizo daño. Mucho.
Porque, por primera vez desde que lo conocía, empecé a convencerme de que tal vez no había significado para él ni la mitad de lo que él había significado para mí.
Los días siguieron pasando.
Nathaniel acudía casi todas las tardes. Siempre llegaba con flores, con libros, con historias que contar.
Con esa tranquilidad que conseguía hacerme olvidar el resto del mundo durante unas horas. Nunca preguntaba por qué a veces me veía mirando por la ventana mientras él hablaba. Nunca me reprochó que, en ocasiones, tuviera la cabeza demasiado lejos.
Él simplemente esperaba y sonreía.
Cada vez que lo observaba pensaba exactamente lo mismo.
Es un buen hombre, Helena. Con él serás feliz.
Me repetí aquella frase tantas veces que terminó sonando como una oración.
Una noche, mientras Nathaniel acababa de despedirse en el salón, Charlotte apareció a mi lado.
Esperó a que la puerta principal se cerrara.
Después habló sin rodeos.
―No sonríes igual.
La miré.
―¿Perdón?
―Con él.
Negué con una pequeña risa.
―Estás imaginando cosas.
―No.
Te conozco desde que naciste.
Sé cuándo sonríes porque eres feliz y cuándo sonríes porque alguien espera que lo hagas.
Aparté la mirada.
―Charlotte...
Ella suspiró.
―No quiero discutir contigo. Solo quiero preguntarte una cosa. Una sola.
Asentí muy despacio.
―¿Todavía estás a tiempo de cancelar la boda?
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
―No.
―¿No puedes... o no quieres?
Tardé demasiado en responder.
Charlotte comprendió el significado de mi silencio antes incluso de que abriera la boca.
Me tomó las manos.
―Sea quien sea el hombre que ocupa tus pensamientos, todavía estás a tiempo de decidir por ti.
Cerré los ojos.
Si ella supiera. Si supiera que hacía doce noches que ese hombre había desaparecido sin despedirse.
Si supiera que llevaba doce noches bajando una escalera para encontrar únicamente el vacío.
No. Ya no había nada que decidir. Marcus había decidido por los dos. Y quizá era mejor así. Porque Nathaniel seguía allí. Esperándome como siempre.
Y, poco a poco, empecé a convencerme de que eso era exactamente lo que necesitaba una mujer para construir una vida.
No un hombre que aparecía entre sombras para besarla. Sino otro que permanecía a plena luz del día dispuesto a ofrecerle un hogar.
Al acostarme aquella noche comprendí que ya no volvería a bajar las escaleras.
No porque hubiera dejado de esperar. Sino porque, por fin, había aceptado que Marcus no iba a regresar. Y aceptar una ausencia, por mucho que doliera, también era una forma de empezar a despedirse.
Así que caminé derecha hacia el altar donde mi futuro esposo esperaba.