Verdes, como la esperanza de olvidarte Capítulo 20
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Capítulo 20

El salón principal del White's olía a tabaco, whisky escocés y dinero viejo. Siempre olía igual.

Había hombres capaces de distinguir una cosecha de vino francés con solo acercarse la copa a la nariz.

Yo era capaz de reconocer aquel club únicamente por el aroma.

No sabía cuál de las dos habilidades resultaba más inútil.

―Tres ases.

Lord Davenport dejó caer las cartas sobre el tapete verde con una sonrisa orgullosa.

―Por fin tengo algo de suerte.

―No exactamente.

Extendí mis naipes lentamente. Cuatro reyes. El anciano maldijo entre dientes mientras el resto de la mesa estallaba en carcajadas.

―Empiezo a sospechar que hace trampa, Devereux.

―Si supiera hacer trampas, lord Davenport, no seguiría viniendo todos los jueves.

Las risas volvieron a llenar el salón.

El banquero empujó hacia mí otra montaña de fichas.

Ni siquiera las conté.

Hacía meses que el dinero había dejado de producirme satisfacción.

Quizá porque ya sabía exactamente cuánto costaba una vida.

Y era muchísimo más de lo que acababa de ganar.

Me levanté de la mesa.

―¿Ya se marcha?

―Me temo que sí.

―Todavía es temprano.

Miré el gran reloj del salón.

Faltaban solo veinte minutos para las diez. Demasiado temprano para volver a casa. Demasiado tarde para encontrar una excusa que justificara seguir perdiendo el tiempo.

Cogí el vaso de whisky que había dejado intacto durante toda la partida. Le di un único sorbo.

En ese momento la puerta principal del club volvió a abrirse.

No habría levantado la vista de no haber escuchado su nombre.

―¡Fairfax!

Varias voces lo saludaron al mismo tiempo.

Nathaniel sonrió con esa educación impecable que parecía acompañarlo incluso cuando respiraba.

Saludó a unos cuantos conocidos antes de reparar en mi presencia.

Vaciló un instante. Después caminó hacia mí.

Márchate, pensé.

―Duque.

―Fairfax.

Nos estrechamos la mano.

Nunca me había caído muy mal.

Y aquella noche comprendí que eso iba a complicarlo todo.

―Hacía tiempo que no coincidíamos ―dije.

―Últimamente frecuento poco el club ―respondió con una sonrisa que yo interpreté como una burla.

―Lo imagino.

―Los preparativos de una boda consumen más tiempo del que jamás habría imaginado.

Sentí que algo me golpeaba el pecho. Sabía que le gustaba provocarme. Como si alguien hubiera decidido vaciarme por dentro de un solo puñetazo. Aun así sonreí. Años fingiendo delante de media aristocracia servían para algo.

―¿Ya hay fecha?

―Dentro de doce días.

¿Solo doce días? ¿Cómo era posible que Helena no lo hubiese mencionado?

―He conseguido una licencia especial ―continuó.

Asintió con el orgullo tranquilo de quien no presume, simplemente comparte una felicidad.

―Me alegro por los dos ―mentí.

―No quería esperar.

Cuando uno encuentra a la mujer adecuada... ¿para qué retrasar el resto de su vida?

Bebí otro sorbo de whisky.

Esta vez sí quemó.

― Lady Helena debe tener muchas virtudes para no dejarla escapar, imagino.

Nathaniel dejó escapar una risa baja.

―Las tiene, ya lo creo que sí. No imagina cuánto.

Durante unos segundos ninguno habló.

Él parecía feliz. Yo me descubrí preguntándome cuánto tardaría en odiarlo si seguía sonriendo de aquella manera.

Pero no me vi incapaz, porque Nathaniel no estaba haciendo nada malo.

El único culpable era yo.

―Espero contar con su presencia en la ceremonia.

Aquellas palabras me atravesaron. Levanté la vista. Nathaniel me observaba con auténtica cordialidad. Ni siquiera sospechaba que yo tenía sentimientos por la que iba a ser su mujer en solo doce días.

No podía sospechar nada, era evidente que jamás había visto una de aquellas noches.

Jamás me había visto esperándola en la esquina de su calle.

Jamás había imaginado que la mujer con la que iba a casarse había aprendido el sabor de mis labios de memoria.

Sentí deseos de decirle que no podía casarse con ella, que la amaba. Pero recordé que no lo había dicho nunca, y que Helena debía saberlo antes que el resto.

Decir que la amaba… sentí miedo, mucho miedo. Llevaba semanas enamorándome de una mujer a la que jamás había querido conocer cuando era libre.

Que era un idiota.

Uno que había llegado demasiado tarde.

Pero ¿qué conseguiría diciéndole eso ahora? Humillarla.

Convertirla en el centro del escándalo de la temporada.

Destruir el honor de dos familias.

Y obligarla a elegir entre el deber... y yo.

No.

Jamás le haría eso.

Así que solo me quedó una opción, forcé una sonrisa.

―Será un honor asistir ―mentí.

Nathaniel volvió a estrecharme la mano.

―Me alegra oírlo.

Creo que Helena también se alegrará.

Aquello estuvo a punto de romperme. Porque yo sabía algo que él ignoraba.

Helena sí se alegraría de verme. Y precisamente por eso... No podía aparecer.

Lo vi alejarse saludando a medio club. Todos parecían felices por él. Todos menos yo.

Apoyé el vaso sobre una mesa.

Ni siquiera recordaba haber terminado el whisky.

Salí del White's sin despedirme de nadie.

Londres estaba extrañamente silencioso.

Subí al carruaje.

―¿A casa? ―preguntó el cochero.

Permanecí unos segundos mirando por la ventanilla.

La casa de los Whitmore quedaba a menos de quince minutos.

Si iba... ella saldría como cada noche. Me sonreiría, la besaría. Y después...

Después ya no tendría fuerzas para dejarla marchar. Así que cerré los ojos.

No. Era yo quien debía desaparecer. Porque querer a alguien también consistía en impedir que cometiera un error por tu culpa.

Abrí los ojos de nuevo.

―No iremos a casa ya.

El cochero giró ligeramente la cabeza.

―¿Dónde desea ir?

Miré la oscuridad que se extendía más allá de las farolas de Londres.

Y pronuncié un único destino.

―Kent.

Aquella misma noche. Sin saberlo, acababa de tomar la decisión más difícil de toda mi vida. Y la única que podría permitirle a Helena caminar hacia el altar sin volver la vista atrás.