Capítulo 19
Jamás imaginé que un jardín pudiera convertirse en el escenario donde una mujer empieza a despedirse de la vida que aún no sabe que va a perder.
Nathaniel me había invitado a pasear por los senderos de la finca de mis padres después del almuerzo. El aire olía a lavanda recién regada y el verano parecía empeñado en demostrar que el mundo podía ser un lugar tranquilo.
Él caminaba a mi lado con las manos entrelazadas a la espalda. Como siempre. Con esa calma suya que parecía contagiarlo todo.
Durante varios minutos hablamos de asuntos sin importancia. De una yegua que acababa de comprar. De un libro que quería prestarme para que yo leyese. De la lluvia que no terminaba de llegar a Londres.
Hasta que se detuvo. No hizo falta que dijera nada. Supe inmediatamente que llevaba varios días pensando en aquel momento.
―Helena ―Era la primera vez que pronunciaba mi nombre tan lento―. He tomado una decisión.
Sentí un ligero cosquilleo en el estómago.
―¿Qué clase de decisión?
Sonrió.
Pero no era la sonrisa despreocupada de siempre.
Era la de un hombre que llevaba demasiado tiempo esperando para decir esto.
―Voy a solicitar una licencia especial.
Tardé un instante en comprender a qué se refería.
Cuando lo hice, el corazón me dio un vuelco.
―Nathaniel...
―No quiero esperar meses.
Negó despacio.
―Ni semanas.
Respiró hondo.
―He esperado toda mi vida para encontrar a la mujer adecuada. No encuentro ningún motivo para seguir haciéndolo ahora que ya la tengo.
Sentí que los dedos me temblaban.
―Es demasiado pronto.
―Lo es.
Respondió sin discutirlo.
―Y, sin embargo, nunca he estado tan seguro de nada.
Dio un paso hacia mí.
Solo uno. Lo suficiente para tomar mis manos entre las suyas.
―Quiero casarme contigo este mismo mes.
El mundo dejó de hacer ruido.
No escuché los pájaros.
Ni el viento.
Ni el agua de la fuente.
Solo aquella frase.
Quiero casarme contigo este mismo mes.
Mi cabeza comenzó a llenarse de pensamientos que se atropellaban unos a otros. Mi padre estaría feliz. Mi madre lloraría de emoción. Charlotte...
Charlotte probablemente intentaría detener la boda.
Y Marcus. Marcus...
Mi corazón pronunció su nombre antes que mi boca.
Recordé la esquina de aquella calle. Las noches de sueño robado. Sus besos. La manera en que apoyaba la frente contra la mía antes de despedirse.
"Piénsalo."
Eso era lo único que me había pedido. Piénsalo.
Nunca me dijo que trataría de romper el compromiso.
Nunca me pidió que huyera con él.
Nunca habló de un futuro.
Nunca pronunció la palabra matrimonio.
Solo besos.
Solo una hora robada al final de cada día.
Quizá porque aquello era todo cuanto estaba dispuesto a ofrecer.
Y ¿qué esperaba yo realmente?
¿Que el hombre con peor reputación de toda Londres apareciera un día dispuesto a convertirse en el marido ejemplar que mi familia deseaba?
Era absurdo.
Marcus era viento.
Nathaniel era un hogar.
Marcus era un incendio, de esos que devoran todo alrededor.
Nathaniel era una chimenea encendida en invierno.
Uno aceleraba mi corazón.
El otro parecía capaz de sostenerlo durante toda una vida.
Abrí los ojos.
Nathaniel seguía esperando.
Sin presionarme.
Sin mostrar impaciencia.
Solo esperando.
―No quiero que respondas por obligación ―. Su voz era tranquila―. Quiero que respondas porque crees que puedes ser feliz conmigo.
Aquellas palabras terminaron de romper mi resistencia.
Porque sí.
Podía imaginar una vida feliz con él.
Una casa, aquella casa con jardín. Una biblioteca repleta de libros. Paseos largos al atardecer. Hijos corriendo entre los rosales. Era una vida hermosa la que me podía ofrecer. Era la vida que cualquier mujer sensata habría elegido.
Entonces... ¿Por qué seguía recordando unos ojos verdes?
Cerré los ojos por un instante.
Marcus jamás me había pedido que me quedara.
Jamás me había dicho que me amaba.
Jamás había luchado por mí.
Y quizá aquello era, en el fondo, la respuesta que llevaba tanto tiempo buscando.
Tal vez yo solo había confundido la pasión con el amor.
Tal vez un beso no bastaba para construir una vida.
Tal vez el destino llevaba semanas intentando mostrarme el camino y yo me empeñaba en mirar hacia otro lado.
Cuando abrí los ojos de nuevo, Nathaniel seguía allí.
Esperando.
Sonreí con una dulzura que no nacía de la alegría, sino de la resignación.
―Solicita esa licencia especial.
Vi cómo la emoción iluminaba todo su rostro.
―¿Eso significa...?
Asentí muy despacio.
―Sí.
Nathaniel dejó escapar el aire como si hubiera contenido la respiración durante días.
Después tomó mi rostro entre sus manos con una delicadeza infinita y besó mi frente.
No mis labios, mi frente.
―Te juro que dedicaré el resto de mi vida a hacerte feliz.
Sentí un nudo en la garganta.
Quise creerle.
De verdad quise hacerlo.
Porque era un hombre bueno.
Porque me respetaba.
Porque me ofrecía exactamente la vida que cualquier mujer soñaría tener.
Y porque el único hombre capaz de hacerme olvidar todo aquello... nunca me había pedido que me quedara.
Mientras Nathaniel hablaba ilusionado sobre la licencia, la ceremonia íntima y la fecha que propondría al vicario, yo levanté la vista hacia el cielo.
Una bandada de pájaros cruzó sobre nuestras cabezas.
Los seguí con la mirada hasta que desaparecieron.
En ese momento, al verlos, recordé haber abierto aquella jaula en mi dormitorio, y tuve la extraña sensación de que era yo quien acababa de entrar en una.