Capítulo 18
Los días comenzaron a confundirse unos con otros. Y, sin darme cuenta, empecé a vivir dos vidas completamente distintas.
La primera comenzaba cada mañana cuando Nathaniel aparecía puntual, siempre con esa sonrisa tranquila que parecía anunciar que el mundo era un lugar sencillo y seguro a su lado.
Paseábamos por Hyde Park. Me enseñó los senderos que recorría cuando necesitaba pensar y el banco donde, según él, había leído la mitad de los libros de su biblioteca.
Conocí a algunos de sus amigos, hombres educados que parecían admirarlo con una sinceridad que no admitía dudas.
Después llegaron sus familiares. Una tía viuda que insistía en darme recetas para aliviar el dolor de cabeza de los futuros maridos.
Dos primas que me recibieron como si llevara años formando parte de la familia.
Un anciano tío abuelo convencido de que el secreto de un matrimonio feliz consistía en no discutir antes del desayuno.
Con Nathaniel todo parecía fácil. Natural. Él hablaba del futuro con una serenidad que resultaba contagiosa.
Una mañana me llevó a conocer la casa de campo donde soñaba vivir conmigo. Estaba a las afueras de Londres, rodeada de robles centenarios y prados interminables. No era el hogar más grande que había visto, ni el más lujoso, pero era hermoso.
―Aquí todo parece que va más lento ―me dijo mientras caminábamos junto al lago.
―¿Eso te gusta? ―Sonrió.
―Muchísimo.
Se agachó para recoger una piedra del camino.
La lanzó sobre el agua y consiguió hacerla rebotar cuatro veces sobre el agua.
―No necesito grandes bailes. Ni fiestas. Ni que todo Londres conozca mi nombre. Lo único que deseo es llegar a casa algún día y encontrar a la mujer que amo leyendo junto a la ventana.
Miré aquella casa de la que crecían flores desde cualquiera de sus grietas de la fachada.
Podía imaginar aquella vida. Era tranquila, en mi cabeza parecía bonita, y creí que podría ser feliz.
Pero sin embargo... cada noche ocurría algo completamente distinto.
Cuando toda la casa dormía. Cuando mi padre apagaba la última lámpara, cuando mi madre dejaba de recorrer el pasillo para comprobar que las ventanas estuvieran cerradas.
Yo me envolvía en una capa oscura. Descendía las escaleras procurando que ningún peldaño crujiera.
Abría con cuidado la puerta principal. Y salía al silencio de la madrugada.
Nunca hacía falta buscarlo. Marcus siempre estaba allí. Apoyado en el mismo rincón de la calle donde las sombras conseguían ocultarlo del resto del mundo.
A veces levantaba la cabeza al escuchar mis pasos. Otras veces ya me estaba mirando antes incluso de que yo apareciera. Nunca preguntaba cuánto tiempo podía quedarme. Nunca me reprochaba haber tardado. Nunca mencionaba a Nathaniel.
Yo tampoco hablaba del compromiso. Simplemente nos amábamos.
Hablábamos de cualquier cosa. Desde libros a música. De los árboles, o de los pájaros que había liberado. De Kent, de la lluvia, del olor del verano. Y, cuando el silencio aparecía entre los dos, ninguno intentaba romperlo.
Había noches en las que Marcus tomaba mi mano sin decir una palabra. Me besaba sin pausa, me abrazaba…
Siempre llegábamos a lo mismo cada noche, donde debía despedirme.
Marcus me miraba durante unos segundos. Como si quisiera memorizar mi rostro antes de dejarme marchar. Después acariciaba mi mejilla con el dorso de los dedos. Y me besaba lento. Esos besos llenos de una ternura que nunca habría imaginado en un hombre con fama de libertino.
Cada vez que sus labios encontraban los míos tenía la absurda sensación de regresar a un lugar donde ya había estado antes.
Como si mi corazón lo reconociera mucho antes que mi razón.
Cuando nos separábamos, permanecíamos unos segundos con la frente apoyada el uno contra el otro. Respirando el mismo aire. Sin decir nada.
Marcus jamás me pidió que rompiera mi compromiso.
Ni una sola vez. Yo tampoco le pedí que luchara por mí.
Porque ambos sabíamos que hacerlo significaría exigir al otro un sacrificio que ninguno tenía derecho a reclamar.
Él nunca quiso convertirme en una mujer obligada a elegir entre el deber y el deseo.
Y yo jamás habría soportado verlo cargar con el peso de destruir el honor de dos familias.
Así que nos conformábamos con aquello. Con una hora robada al día. Con una conversación medio banal, con besos...
Era poco. Ridículamente poco. Y, sin embargo...
Cada noche, cuando regresaba a mi habitación y apoyaba la espalda contra la puerta, comprendía que aquellas horas robadas se habían convertido, sin que ninguno de los dos lo hubiera decidido, en la parte más verdadera de mis días.