Verdes, como la esperanza de olvidarte Capítulo 17
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Capítulo 17

La música seguía sonando al otro lado de los ventanales. Las risas, las copas. Las felicitaciones.

Todo aquello parecía ocurrir en una casa distinta a la mía.

Necesitaba respirar. Aproveché que nadie parecía reparar en mi ausencia y salí al porche delantero. La noche londinense era fresca.

Inspiré profundamente.

Quizá Charlotte tenía razón. Quizá yo no sabía absolutamente nada de ninguno de los dos.

Bajé lentamente los escalones de la entrada. Y fue entonces cuando lo vi. Allí estaba, justo al otro lado de la calle.

Apoyado contra la fachada de una casa de ladrillo, con las manos en los bolsillos del abrigo y la cabeza ligeramente inclinada hacia mi fachada.

Era Marcus y no parecía hacer ningún intento por esconderse.

Simplemente observaba, y parecía llevar allí mucho tiempo.

Nuestros ojos se encontraron al mismo tiempo.

Él no sonrió, y yo tampoco.

No sé en qué momento mis pies comenzaron a moverse, y sin darme cuenta crucé la calle sin pensar. Solo me detuve cuando estuve a pocos pasos de él.

―¿Qué haces aquí?

Marcus tardó unos segundos en responder.

No apartó los ojos de los míos en ningún momento.

―No creía que fuera cierto. Vine a comprobarlo con mis propios ojos.

Fruncí el ceño.

―¿El qué?

―Tu compromiso con Nathaniel.

Su voz era tranquila.

―Pues sí.

―Ya veo.

Miré un instante hacia mi casa. La luz escapaba por las ventanas iluminando parte de la calle.

―Nathaniel ha querido apresurarlo todo ―dije bajando la cabeza y fijando la vista en mis zapatos.

Marcus dejó escapar una sonrisa cansada.

―¿Y tú?

―Imagino que eso no cambia demasiado las cosas ―Le sostuve la mirada­­―. Si no hubiera sido él habrías sido tú.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros.

―Y, sinceramente ―continué hablando― tú no parecía demasiado dispuesto a casarte conmigo hace unos días.

Marcus bajó la vista durante un instante. Después se incorporó lentamente hasta quedar completamente erguido frente a mí.

Nunca lo había visto tan serio.

―Nunca soñé con unir mi vida a la de una mujer por imposición.

Su voz era un murmullo.

Asentí despacio después de escucharlo.

Eno era eso exactamente lo que esperaba escuchar.

Pero entonces añadió:

―Aunque debo admitir una cosa ―Respiró hondo­―. Últimamente, la idea de hacerlo contigo, cada día me parecía un poco menos impuesta.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

Aquellas palabras encontraron un lugar dentro de mí que ni siquiera sabía que existía. Y me pellizco.

Aparté la mirada. No podía seguir escuchándolo.

―Debo volver ―Di medio paso hacia atrás―. Me estarán buscando.

Marcus asintió.

―Imagino.

No intentó detenerme y eso no me gustó.

Se limitó a hacerse a un lado.

Empecé a alejarme.

Entonces sentí su mano rodeando suavemente mi muñeca. Solo para pedirme que no me marchara todavía.

Me giré lentamente. Marcus seguía allí. Mirándome como nunca antes lo había hecho.

―Piénsalo ―dijo.

Su voz sonaba rota.

―¿Solo eso? ―pregunté.

Piénsalo.

―Solo eso.

―No hay nada que pensar.

―Sí lo hay.

Negué con la cabeza.

―Nathaniel es un buen hombre.

―No he dicho que no lo sea.

―Entonces...

Marcus dio un paso hacia mí.

Quedamos tan cerca que solo nos separaba un suspiro.

―Solo digo que no es exactamente quien tú imaginas.

Mi respiración empezó a acelerarse.

―No digas eso de él, puedes elegir decir lo que quieras, y elijes decir eso.

―Helena… ―Pronunció mi nombre con una ternura que me desarmó―. Mírame.

Lo hice, y fue un error.

Porque en sus ojos ya no había desafío. Solo una sinceridad tan desnuda que daba miedo contemplarla.

Marcus levantó despacio la mano que tenía libre. Sus dedos rozaron mi mejilla, después se deslizaron hasta mi nuca con una delicadeza infinita. Como si sostuviera algo frágil.

―Dime que me marche ―dijo.

Sus labios estaban tan cerca que no podía pensar.

―Dímelo... y no volveré a molestarte ―repitió.

Quise decirlo.

De verdad que quise.

Era lo correcto.

Era lo sensato después de formalizar mi compromiso con Nathaniel. Era lo que debía hacer una mujer recién comprometida, pero mi boca permaneció completamente cerrada.

Marcus cerró los ojos un instante.

Como si aquella ausencia de respuesta fuera suficiente.

Y entonces me besó. Y Dios mío, aquel beso fue esperado durante demasiado tiempo.

Sus labios encontraron los míos con una suavidad que me hizo olvidar dónde estaba.

Solo quedaba él. Y aquella manera de besar que parecía convertir el tiempo en algo lento, infinito.

Noté cómo mi corazón golpeaba con tanta fuerza mi pecho que pensé que él también podría escuchar los latidos.

Sin darme cuenta, llevé una mano hasta su pecho.

Bajo la tela del abrigo, el suyo latía casi tan deprisa como el mío.

Aquello me hizo sonreír entre el beso.

Marcus respondió con otra sonrisa.

Separó los labios solo lo justo para respirar.

Apoyó la frente contra la mía.

―Esto está muy mal... ―susurró.

―Lo sé.

―Si alguien sale y nos ve...

―Lo sé.

―Debería dejarte ir.

Pero no lo hizo. Ni yo quería que lo hiciera.

Durante un instante me permití olvidar los compromisos. Las promesas. Solo existía aquel hombre.

Y la forma en que conseguía que un simple roce de sus labios hiciera tambalear todo lo que había construido durante mi vida.

Cuando finalmente nos separamos, comprendí algo que me asustó más que cualquier escándalo.

Nathaniel me ofrecía la vida que siempre me habían enseñado a desear.

Marcus despertaba una mujer que ni siquiera sabía que existía dentro de mí.