Verdes, como la esperanza de olvidarte Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

No había dicho que sí, pero tampoco había dicho que no. Y, en ocasiones, el silencio podía ser mucho más peligroso que cualquier respuesta.

Permanecí sola en medio del jardín.

El viento movía lentamente las ramas de los rosales.

Miré el sendero por el que Nathaniel acababa de desaparecer.

Quizá... quizá debería haber reaccionado. Quizá debería haberlo detenido. O quizá... quizá el destino acababa de decidir por mí.

Si un hombre como Nathaniel Fairfax había aparecido en mi vida para pedirme permiso para cortejarme con semejante honestidad...

¿No era aquello una señal?

¿No era exactamente el tipo de historia que cualquier madre soñaría para su hija?

Cerré los ojos.

Y entonces, como un invitado al que nadie había llamado, volvió a mi memoria otro beso.

No había sido dulce, ni prudente. Había sido lento. Inesperado. Y me atrevería a decir que perfecto.

Recordé la forma en que Marcus había pronunciado mi nombre dentro del carruaje.

La manera en que sus dedos habían apartado un mechón de mi cabello. El instante en que nuestras frentes permanecieron unidas mientras ambos intentábamos recuperar el aliento.

Sentí un calor absurdo recorrerme el cuerpo. Abrí los ojos de golpe.

No, no podía pensar así.

Marcus era, con toda probabilidad, el mayor libertino de Londres.

Un hombre acostumbrado a conquistar mujeres con una facilidad insultante. Seguramente había besado a decenas. Quizá a cientos. Y claro que sabía cómo hacer sentir especial a una mujer. Era precisamente eso lo que lo convertía en un peligro.

Nathaniel, en cambio...

Nathaniel me había ofrecido su respeto antes que su pasión.

Y tal vez, solo tal vez... fuese eso lo que necesitaba mi corazón.

Aunque, por alguna razón que todavía no comprendía, fue el recuerdo de unos ojos verdes ―y no de unos color miel― el que me acompañó mientras regresaba lentamente hacia la casa.

Respiré hondo antes de atravesar la puerta que comunicaba el jardín con el salón principal.

No había dado más de tres pasos cuando comprendí que algo había cambiado.

Mi padre estaba de pie junto a la chimenea. Nathaniel permanecía frente a él. Ambos sonreían, y esa no era una sonrisa cualquiera.

Era esa clase de sonrisa que los hombres reservaban para los negocios que acababan de cerrarse con éxito.

Mi padre levantó entonces la vista y me encontró al otro lado del salón. Y, sin decir una sola palabra, sonrió todavía más.

Después levantó discretamente el pulgar y vocalizó, exagerando cada sílaba para que pudiera leerla desde la distancia.

Enhorabuena, dijo.

Sentí que toda la sangre abandonaba mi rostro.

Oh, Dios mío.

Nathaniel ya había hablado con él.

Y, por la expresión de mi padre, la conversación no podía haber ido mejor.

―Helena.

Sentí unos dedos aferrarse a mi brazo.

Charlotte había entrado justo unos segundos después que yo.

Su sonrisa había desaparecido por completo.

―Ven conmigo.

No esperó una respuesta por mi parte.

Me arrastró prácticamente hasta el pasillo y, desde allí, abrió una pequeña puerta que conducía a la galería exterior.

Solo cuando estuvimos completamente a solas me soltó.

Se cruzó de brazos.

―¿Qué has hecho?

Fruncí el ceño.

―Nada.

―No me mientas.

―No te estoy mintiendo.

Charlotte señaló hacia el interior de la casa con la cabeza.

―Papá acaba de darle la mano al señor Fairfax como si acabara de conquistar un imperio. ¿Qué ha ocurrido?

Suspiré.

―Me ha pedido permiso para solicitarle a padre autorización para cortejarme formalmente.

Charlotte abrió mucho los ojos.

―¿Y?

―No he respondido.

Hubo un silencio corto y después habló.

―¿Cómo que no has respondido?

―No dije ni sí... ni no.

Charlotte permaneció inmóvil.

Después dejó escapar el aire muy despacio.

―Helena...

―Me quedé bloqueada.

―¿Y él?

―Interpretó mi silencio como un sí.

Charlotte cerró los ojos durante un instante.

Cuando volvió a abrirlos, ya no había rastro de humor en ellos.

―Eres una inconsciente.

Bajé la vista.

―Charlotte...

―No.

―Déjame hablar.

―Nunca te había visto actuar con tan poco juicio. Sabes perfectamente cómo funcionan estas cosas. Si no querías, debiste detenerlo. Si dudabas, debiste decírselo. Pero guardar silencio...

Negó lentamente con la cabeza y continuó.

―Guardar silencio era exactamente lo que un hombre enamorado necesita para convencerse de que tiene esperanzas.

Sentí un incómodo nudo en el estómago.

―¿No quería hacerle daño?

―Y ahora corres el riesgo de hacérselo mucho más.

Su voz se suavizó por un instante.

―Charlotte...

―¿Lo quieres?

Aquella pregunta me dejó completamente inmóvil.

―¿Qué?

―¿Quieres a Nathaniel?

Negué casi al instante.

―No.

―Claro que no. ¿Cómo ibas a quererlo? Hace apenas unos días ni siquiera sabías quién era.

Su mirada se volvió todavía más seria.

―Entonces... ¿por qué has permitido que esto ocurra?

Me sentí acorralada. Y, como siempre que me ocurría eso, me puse a la defensiva.

―¿Qué diferencia hay? ―le dije.

Charlotte frunció el ceño.

―Toda.

―No.

Levanté ligeramente la voz.

―Dentro de dos días debería anunciarse mi compromiso con Marcus. ¿No es eso lo que todos esperan? ¿No iba a casarme igualmente con un hombre al que apenas conozco?

Charlotte no respondió.

Continué hablando antes de que pudiera hacerlo.

―Al menos Nathaniel me ha elegido porque quiere hacerlo. No porque necesite dinero. No porque una familia haya decidido por él. Porque él me mira como si realmente fuera especial. Porque me respeta. Porque... Porque sé perfectamente que no es un libertino. A diferencia de Marcus.

Charlotte permaneció en silencio unos segundos.

Después sonrió con una tristeza que no le había visto nunca.

―¿De verdad estás tan segura?

La miré sin comprender.

―Sí.

Ella negó muy despacio con la cabeza.

―Eso es precisamente lo que me preocupa.

Di un paso hacia ella.

―¿Qué quieres decir?

Charlotte sostuvo mi mirada.

―Que una cosa es parecer... ―Hizo una pausa― ...y otra muy distinta es ser.

El viento movió suavemente las ramas del jazmín que trepaban por la galería.

Mi hermana continuó hablando con una calma que me desarmó mucho más que cualquier reproche.

―No conoces a Nathaniel. No al menos de verdad. Pero tampoco conoces a Marcus. Has decidido quién es el héroe y quién es el villano después de compartir apenas unos bailes, un paseo y un par de conversaciones.

Sonrió con cierta amargura.

―Y la vida nunca es tan sencilla, Helena ―dijo con calma.

Guardé silencio, pues alguien acababa de pronunciar en voz alta la única verdad que yo llevaba días intentando ignorar.

No conocía realmente a ninguno de los dos.