Verdes, como la esperanza de olvidarte Capítulo 16
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Capítulo 16

Tardé bastante más de lo que estaba dispuesta a reconocer en elegir un vestido y que pareciera fruto de la casualidad cuando, en realidad, había descartado otros cuatro finalmente. La señora Hughes terminó de colocar el último alfiler en mi peinado y dio un paso atrás para contemplar su obra.

―Está preciosa, Helena.

―¿Lo cree?

―Lo sé.

No me sentía tan segura.

Inspiré hondo antes de abandonar el dormitorio y dirigirme hacia la escalera principal. A con cada peldaño que descendía notaba el corazón un poco más acelerado. Era absurdo. Solo iba a recibir a un caballero que seguramente había venido a disculparse por marcharse antes de tiempo el día anterior.

Solo eso.

Cuando llegué al rellano levanté la vista.

Nathaniel estaba esperándome en el vestíbulo.

Vestía un elegante traje gris perla que parecía hecho a medida para él. La luz que entraba por los ventanales iluminaba su rostro y, por un instante, comprendí por qué tantas damas suspiraban al cruzarse con determinados caballeros.

Era realmente apuesto.

¿Me estaba mirando?

No... sí. Definitivamente me estaba mirando.

Y, si no me equivocaba, parecía gustarle lo que veía.

Ningún hombre me había observado nunca de aquella manera. No es que fuera una mirada descarada, ni incómoda. Era más bien una de esas miradas  como si quisieran buscar un recuerdo en lo que observaba.

Sentí un cosquilleo extraño en el estómago.

Qué guapo estaba.

El gris hacía resaltar el color de sus ojos.

Nunca me había fijado demasiado, pero aquella mañana parecían de un tono miel cálido, casi dorado bajo la luz del sol.

Sonrió al descubrir que lo observaba y no pude evitar pensar que detrás de aquella sonrisa perfecta se escondía una pizca de picardía que rara vez dejaba salir.

En cuanto me vio acercarme hizo una reverencia impecable.

Qué educado era.

Y entonces ocurrió algo que volvió a desarmarme por completo.

Se acercó despacio hasta el pie de la escalera y alzó la mano hacia mí.

―Permítame.

Miré su mano.

Después volví a mirarlo a él.

Solo me quedaban tres escalones por bajar, solo tres.

Y, aun así, había considerado que podía necesitar ayuda.

No porque creyera que fuera incapaz. Sino porque era un caballero.

Acepté su mano.

Sus dedos rodearon los míos con firmeza y una delicadeza que me hizo sonreír sin querer.

―Buenos días, lady Helena.

―Buenos días, señor Fairfax.

Durante un instante permanecimos mirándonos en silencio.

Fue él quien terminó rompiéndolo.

―Antes de nada... debo pedirle disculpas.

Fruncí ligeramente el ceño.

―¿Disculpas?

―Por mi repentina marcha de ayer.

Sentí una ligera punzada de alegría porque aunque sabía que ese podía ser el motivo de su visita, me gustaba que fuese así.

―No fue culpa suya.

―Lo sé, pero aun así me desagradó profundamente tener que abandonarla de aquella manera. ―Sonrió con cierta timidez―. Había imaginado un final bastante más digno para nuestro paseo.

No pude evitar devolverle la sonrisa.

―Los caballos tienen la mala costumbre de estropear los mejores planes.

―Empiezo a darme cuenta ―Hizo una pequeña pausa antes de continuar―. Precisamente por eso he venido.

Lo miré con curiosidad.

―Quiero enmendar mi falta.

―No era necesario, de verdad.

―Para mí sí.

Sus ojos se encontraron con los míos.

―No me gustó dejarla sin carruaje para regresar.

Sonreí.

―No debe preocuparse por eso.

―¿No?

Negué con la cabeza.

―El duque de Devonshire tuvo la amabilidad de acompañarme hasta casa.

La sonrisa permaneció en su rostro.

Pero algo cambió un poco.

Tan poco que cualquiera habría pasado por alto aquel detalle.

Evidentemente yo no.

Su ceja derecha se arqueó apenas unos milímetros.

―Imagino que acompañó a toda la familia.

Negué despacio.

―No exactamente.

Nathaniel aguardó en silencio.

― Lady Arabella llevó a mi madre y a Charlotte a Bond Street. Querían visitar una boutique francesa de la que no dejaron de hablar durante todo el paseo.

Vi cómo sus labios perdían parte de la sonrisa.

―Entonces...

―Regresé con Marcus.

Pronuncié su nombre sin pensar.

Había dicho Marcus, no el duque. Marcus.

Nathaniel bajó la vista durante un segundo antes de volver a encontrar la mía.

―Comprendo.

Aquella vez sí hubo silencio. Uno distinto, puede que incluso más incómodo. Él fue quien volvió a hablar.

―¿Estuvieron mucho tiempo solos?

La pregunta escapó de sus labios con tanta naturalidad que casi parecía casual. Casi.

―Lo suficiente para llegar hasta aquí.

Asintió muy despacio.

―Entiendo.

Pero no parecía entenderlo.

Parecía estar imaginándolo.

No parecía muy molesto, pero creí ver una sombra de decepción que trataba de esconder con toda la educación del mundo.

Y, por alguna razón que no terminaba de comprender, aquello me pareció... tierno.

Porque significaba que le importaba. Porque, por primera vez desde que lo conocía, el impecable Nathaniel Fairfax había dejado ver una pequeña grieta en aquella perfección casi imposible.

Era un hombre educado, sí, elegante, paciente. Y, al parecer... también sabía sentir celos.

La idea me sorprendió sonriendo para mis adentros.

No porque deseara hacerlo sufrir. Sino porque aquella imperfección lo hacía parecer mucho más real.

Después del desayuno, Nathaniel propuso dar un breve paseo por el jardín antes de despedirse.

Mi madre aceptó encantada.

―No tardéis demasiado. El cocinero ha prometido un pastel de limón para el almuerzo y pienso asegurarme de que nadie llegue tarde.

Charlotte me lanzó una mirada que conocía demasiado bien.

―Nosotras iremos a ver las camelias.

―Charlotte...

―¿Sí?

―Haz el favor de ayudar a mamá.

Sonrió con descaro.

―Eso me ofende, siempre lo hago.

Las vi alejarse despacio por el sendero de grava blanca. Mi hermana no dejó de volver la cabeza hasta que desaparecieron tras un seto, como si temiera perderse el desenlace de una obra de teatro.

Nathaniel caminó a mi lado con las manos enlazadas a la espalda.

Durante un rato ninguno habló.

El jardín estaba en calma. Solo el rumor de la fuente y el canto de algún pájaro rompían el silencio.

―Su padre cuida muy bien estos rosales.

―Dice que las rosas se parecen a las personas.

Nathaniel sonrió.

―¿En qué sentido?

―Si intenta obligarlas a florecer antes de tiempo, terminan marchitándose.

Aquella respuesta pareció hacerlo reflexionar.

Nos detuvimos junto a un banco de piedra cubierto por un arco de peonías.

Él respiró hondo.

Cuando volvió a mirarme, comprendí que llevaba varios minutos reuniendo el valor suficiente para decir algo.

― Lady Helena...

Su voz sonaba más seria que de costumbre.

―Necesito pedirle un favor.

―Si está en mi mano...

Negó lentamente con la cabeza.

―Lo está mucho más de lo que imagina.

Sentí un ligero nudo en el estómago.

Nathaniel dio un paso hacia mí. El que fue suficiente para que nuestra conversación dejara de pertenecer al resto del mundo.

―Soy consciente de que apenas nos conocemos. Sé que cualquier hombre prudente esperaría meses antes de pronunciar estas palabras. Incluso años, pero también sé que jamás he sido un hombre capaz de engañarse a sí mismo.

Bajé la vista un instante.

No quería interrumpirlo.

―Desde el día en que la conocí ―Sonrió con cierta timidez― ...

descubrí que empezaba a buscarla incluso cuando usted no estaba presente.

Si alguien pronunciaba su nombre, levantaba la cabeza.

Si veía un carruaje parecido al suyo, esperaba encontrarla dentro.

Si una dama reía en un salón, por un instante deseaba que fuera usted.

Mis labios se curvaron sin darme cuenta.

Nathaniel dejó escapar un suspiro.

―Cuando la miro ―Hizo una pausa― ...siento una paz que nunca había conocido. Y, al mismo tiempo, un miedo completamente nuevo.

Fruncí ligeramente el ceño.

―¿Miedo?

Asintió.

―El miedo de imaginar que otro hombre tenga el privilegio de verla sonreír cada mañana. Que sea otro quien escuche sus ocurrencias. Que sea otro quien la acompañe en sus paseos. Que sea otro quien tenga derecho a tomar su mano.

Guardó silencio unos segundos.

Después añadió casi en un susurro:

―Solo pensarlo hace que el corazón se me encoja.

Sentí que el mío dejaba de latir durante un instante.

Nadie me había hablado nunca así. Nunca.

Nathaniel respiró hondo una última vez.

―Por eso he venido hoy. No para precipitarla. Ni para exigir una respuesta. Solo para pedirle permiso.

Lo miré sin comprender.

―¿Permiso?

―Sí. Para solicitar oficialmente a su padre autorización para cortejarla con la intención de pedir su mano cuando considere que ha llegado el momento.

El mundo pareció detenerse. No esperaba aquello. En absoluto. Mi cabeza se llenó de pensamientos al mismo tiempo.

Mi padre.

Mi madre.

Marcus.

El compromiso que en pocos días podría hacerse público.

El beso.

Nathaniel aguardaba. No había prisa en su expresión. Solo esperanza.

Abrí los labios. Quise decir algo, cualquier cosa, pero las palabras no aparecieron.

Me quedé completamente inmóvil.

Él observó mi silencio.

Después vio la sonrisa nerviosa que, sin querer, seguía dibujada en mi rostro.

Y entendió exactamente lo que deseaba entender.

Sus ojos se iluminaron.

―Entiendo que eso es un sí ―Su voz era un murmullo ―Gracias.

Antes de que pudiera reaccionar, tomó mi mano con infinita delicadeza. Se inclinó despacio. Sus labios rozaron los míos en un beso breve, que fue suave y respetuoso.

Tan distinto del que Marcus me había robado el día anterior que durante un instante tuve la sensación de estar viviendo dos vidas completamente diferentes.

Nathaniel apoyó la frente unos segundos contra la mía.

―No se arrepentirá, se lo prometo.

Sonreía con una felicidad tan sincera que resultaba imposible no contagiarse de ella.

―Voy a hablar con su padre inmediatamente.

Quise detenerlo. De verdad que quise hacerlo, pero seguía sin encontrar las palabras.

Él interpretó mi desconcierto como emoción.

Apretó con suavidad mis manos entre las suyas.

―Le prometo que haré todo cuanto esté en mi mano para merecerla.

Y, sin esperar nada más, se dirigió decidido hacia la casa.

Lo vi subir los escalones de la terraza con una determinación que me dejó completamente inmóvil.