Verdes, como la esperanza de olvidarte Capítulo 15
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Capítulo 15

Desperté convencida de que lo había soñado. Era la única explicación razonable. Ninguna mujer sensata se acostaba odiando a un hombre y se despertaba pensando en el tacto de sus labios, en el roce de sus manos sobre mi piel.

Abrí un ojo, y después el otro. Miré el dosel de mi cama durante un largo instante.

No, no había sido un sueño. Lo había besado. Y, lo que era infinitamente peor, él me había besado de vuelta.

Escondí la cara bajo la almohada.

Quizá si permanecía allí el tiempo suficiente, el recuerdo desaparecería por sí solo.

―¡HELENA!

La puerta se abrió de golpe.

Di un respingo tan exagerado que casi termino en el suelo.

Charlotte entró como una exhalación, apartó las cortinas de un tirón y dejó que toda la luz de la mañana invadiera la habitación.

―¡Buenos días!

―Lo eran hasta hace exactamente cinco segundos.

―No seas exagerada.

―¿Has intentado asesinarme con el sol?

Charlotte ignoró mi protesta y se dejó caer sobre la cama con la elegancia con la que se tira un saco de harina.

―Bueno ―Se cruzó de brazos­. Empieza.

La observé sin comprender absolutamente nada de lo que decía.

―¿Empieza qué?

―A contármelo todo.

―No sé de qué hablas.

―Helena...

Puso los ojos en blanco.

―He esperado toda la noche. Toda. La. Noche. No pienso esperar un minuto más.

Me incorporé lentamente.

―Charlotte...

―¿Cuál de los dos te gusta más?

―¿Qué?

―Marcus o Nathaniel.

―No me gusta ninguno.

―Has tardado demasiado en responder, eso significa que has dudado.

―Porque la pregunta es absurda.

Charlotte comenzó a enumerar con los dedos.

―Segunda pregunta. ¿Con cuál te casarías hoy?

―Con ninguno.

―Mentira.

―Charlotte...

―Tercera ―Se inclinó hacia mí hasta quedar a escasos centímetros de mi cara.

―¿Has besado ya a alguno?

Sentí cómo el calor me subía inmediatamente hasta las orejas.

Maldita fuera.

Charlotte abrió mucho los ojos.

Después sonrió con una lentitud alarmante.

―Helena...

No respondí.

―Helena...

Seguía sin responder.

Charlotte soltó un gritito completamente impropio de una señorita.

―¡LOS HAS BESADO!

―¡No he dicho eso!

―¡Pero tampoco lo has negado!

Me dejé caer otra vez sobre la almohada.

―Voy a arrepentirme de esto.

―Muchísimo.

Suspiré muy despacio.

―Solo he besado a uno.

Charlotte dio una palmada.

―¡Lo sabía!

―No lo sabías.

―Lo intuía.

―Pues no es lo mismo.

―¿Quién?

La miré resignada.

―Marcus.

Charlotte permaneció inmóvil.

―No.

―Sí.

―No.

―Charlotte...

―¿El duque?

―Sí.

―¿El mismo al que hace una semana llamabas arrogante, insoportable y excesivamente guapo para su propio bien?

―Precisamente ese.

Charlotte comenzó a caminar en círculos por la habitación.

―No puedo creer que me haya perdido eso.

―Yo tampoco puedo creer que ocurriera.

―¿Te besó él?

Asentí.

―¿Y tú?

Guardé silencio.

Charlotte sonrió.

―Ah...

―No pongas esa cara.

―¿Cuál?

―Esa de hermana insoportable que cree haber descubierto el mayor secreto de la historia.

―Porque lo he descubierto.

Le lancé un cojín y ella lo atrapó al vuelo.

―¿Fue bonito?

Suspiré.

No quería responder, pero tampoco quería mentir.

―Mucho.

Charlotte dejó escapar un suspiro exagerado.

―Qué romántico.

―Cállate.

―¿No lo fue?

Negué con la cabeza.

―No lo sé, estoy confundida.

―Eso suele significar que fue maravilloso.

Me rendí. No había manera de discutir con ella.

Charlotte volvió a sentarse junto a mí.

Esta vez hablaba mucho más despacio.

―¿Y Nathaniel?

Fruncí ligeramente el ceño.

―¿Qué ocurre con él?

―No me gusta ese hombre para ti.

Aquella respuesta consiguió sorprenderme.

―¿Cómo que no te gusta?

―No sé explicarlo.

―Pues inténtalo.

Charlotte jugueteó unos segundos con el lazo de mi colcha.

―Es demasiado perfecto.

No pude evitar reír.

―Eso no es un defecto.

―Claro que sí, nadie es perfecto.

―Eso no es cierto.

―Sí.

La miré divertida.

―Explícate.

Charlotte inspiró hondo.

―Todo el mundo habla maravillas de él. Que si educado, que si es muy atento, guapo. Ah y con mucho dinero. Siempre dice lo correcto y sonríe en el momento adecuado, hasta parece saber exactamente qué esperan los demás de él.

―Porque tiene buenos modales.

―No.

Negué despacio.

―¿Porque nunca deja ver quién es de verdad?

Sus palabras me hicieron pensar.

―Quizá simplemente sea reservado.

―Quizá ―Hizo una pausa­―. O quizá lleve tanto tiempo interpretando el papel del caballero perfecto que ya ni siquiera recuerde cómo es cuando nadie lo mira.

Me quedé observándola.

Aquella reflexión no parecía propia de Charlotte.

Ella sonrió ligeramente.

―Además...

―¿Qué?

―Hay otra cosa que me resulta muy extraña.

―¿Cuál?

―¿Te has dado cuenta de que nunca se le ha conocido una pretendienta?

Parpadeé.

Era cierto.

Nunca había oído hablar de ninguna.

Charlotte continuó.

―Un hombre joven, atractivo, rico y amable―. Se encogió de hombros―. Lo normal sería que media aristocracia hubiera intentado atraparlo.

―Tal vez no haya querido casarse.

―O tal vez haya una razón que nadie conoce.

El silencio se interpuso entre las dos, porque desde que Nathaniel había aparecido en mi vida, me pregunté cuánto sabía realmente de él.

Muy poco, casi nada.

Charlotte me dio un golpecito cariñoso en la rodilla.

―Solo digo que tengas cuidado.

―¿Con cuál de los dos?

Mi hermana sonrió con esa expresión traviesa que siempre aparecía cuando estaba convencida de llevar razón.

―Con los dos. Pero, si me preguntas a mí... El único que ha conseguido que cambies de color cada vez que pronuncian su nombre... es Marcus.

Charlotte seguía observándome con esa sonrisa insoportable que solo aparecía cuando estaba absolutamente convencida de llevar razón.

―No me mires así.

―¿Así cómo?

―Como si acabaras de descubrir el secreto mejor guardado de Inglaterra.

―No exageres ―Hizo una pausa―. Aunque, bien pensado, probablemente sí lo sea.

Le lancé otro cojín.

Esta vez ni siquiera tuvo que esforzarse por atraparlo.

―Eres insufrible.

―Y tú acabas de besar al hombre con el que llevas una semana intentando romper un compromiso.

Suspiré al escucharla.

―Cuando lo dices así suena bastante peor.

―Porque es bastante peor.

No pude evitar reír.

Era imposible mantener una conversación seria con Charlotte durante demasiado tiempo.

Me crucé de brazos.

―No significa nada ―dije al fin tratando de creérmelo.

Ella arqueó una ceja.

―¿Ah, no?

―No.

―¿Y por qué estás sonriendo desde hace exactamente treinta segundos?

La sonrisa desapareció de mi cara de inmediato.

―No estoy sonriendo.

―Ahora que te lo he dicho has querido ocultar tu alegría.

Resoplé.

―Charlotte, fue solo un beso.

―¿Solo?

―Sí.

―¿Y cómo fue ese solo beso?

Desvié la mirada hacia la ventana.

―No pienso responder.

Charlotte dio una palmada.

―Entonces fue maravilloso.

―No saques conclusiones tuyas que además yo no te he dado a entender.

―Las voy a sacar todas si no me dices nada.

Me dejé caer otra vez sobre la almohada.

―Empiezo a pensar que debería besar también a Nathaniel.

Charlotte abrió mucho los ojos.

―¿Qué es lo que acabo de escuchar?

―Solo para comparar.

Mi hermana tardó un instante en reaccionar.

Después rompió a reír con tantas ganas que tuvo que sujetarse el estómago.

―¡Helena Whitmore!

―¿Qué?

―¡No puedes ir besando caballeros como quien prueba pasteles en una feria!

―No pretendía hacerlo.

―Pues eso acabas de decir.

Me encogí de hombros con una inocencia que ni yo misma me creí.

―Quizá sea la única manera de averiguar por qué uno de ellos consigue que me fallen las piernas.

Charlotte volvió a echarse a reír.

―¿Y si Nathaniel también lo consigue?

Me quedé pensativa.

―Entonces tendré un problema.

―No.

Sonrió divertida.

―Tendrás dos problemas.

Abrí la boca para responder, pero unos golpes suaves en la puerta nos interrumpieron.

Las dos nos giramos al mismo tiempo.

―¿Sí? ―respondí.

La voz de la señora Hughes llegó desde el otro lado.

― Lady Helena... disculpe que la moleste.

―Adelante.

La doncella abrió la puerta.

―El señor Nathaniel Fairfax acaba de llegar. Pregunta si le vendría bien recibirlo.

Charlotte y yo nos miramos.

Después volvimos a mirar a la doncella.

Y otra vez la una a la otra.

―¿Ahora? ―pregunté.

―Sí, milady .

Sentí que el corazón me daba un pequeño vuelco.

Miré mi camisón.

Después mi cabello.

Después otra vez mi camisón.

―¡Dios mío!

Salté de la cama tan deprisa que estuve a punto de tropezar con la alfombra.

―¡Todavía no estoy vestida!

Charlotte ya se estaba riendo otra vez.

―Eso salta a la vista.

―¡Charlotte!

Corrí hasta el armario y abrí las puertas de golpe.

―¿Qué vestido me pongo?

―Uno.

―¡Eso ya lo sé! No ayudas nunca.

Saqué tres vestidos casi al mismo tiempo.

Los dejé sobre la cama. Levanté uno y lo descarté, era demasiado colorido para esas horas de la mañana, cogí otro.

―¿El azul?

―Demasiado formal.

―¿El verde? Ese me parece que es muy intenso.

―Parecerás enferma, estás pálida aún.

―¿El crema?

Charlotte asintió.

―Ese.

Asentí con energía.

―Perfecto.

Me giré hacia el espejo.

―¡Mi pelo!

―Sigue unido a tu cabeza.

―No tiene ninguna forma.

―Tiene exactamente la misma forma que hace un minuto.

―¡Es horrible!

Charlotte se levantó con toda la calma del mundo y me sujetó por los hombros.

―Respira.

―No puedo hacerlo con tranquilidad, quien hace ese tipo de cosas, visitar sin avisar.

―Venga, puedes con esto.

―No, porque Nathaniel está abajo.

―Y no va a desaparecer por esperar cinco minutos.

La miré con desesperación.

―¿Cinco?

―Bueno... diez.

Abrí mucho los ojos.

―¡Charlotte!

Ella sonrió con una tranquilidad insultante.

―Ve arreglándote con tu doncella. Yo bajaré a entretenerlo.

Parpadeé.

―¿Harías eso?

―Por supuesto.

Se dirigió hacia la puerta.

Antes de salir volvió la cabeza con una expresión traviesa.

―Aunque debo reconocer que el destino tiene un sentido del humor excelente para contigo.

―¿Por qué?

―Hace apenas un minuto decías que quizá deberías besar a Nathaniel para comparar. ―Sonrió de oreja a oreja.

―Y míralo. Tus deseos empiezan a hacerse realidad.

Sentí cómo las mejillas me ardían.

―¡Charlotte!

Ella soltó una carcajada mientras salía al pasillo.

―¡No lo beses antes de desayunar!

Le lancé el último cojín que quedaba sobre la cama.

Naturalmente, ya había cerrado la puerta.

Y lo único que conseguí fue que el cojín acabara estrellándose contra la puerta mientras yo permanecía en mitad del dormitorio, con el corazón desbocado, el cabello completamente revuelto y la incómoda sensación de que aquella mañana iba a ser mucho más complicada de lo que había imaginado al abrir los ojos.