Capítulo 14 #2
Me hizo sonreír una última vez antes de despedirse también de Marcus y de Arabella.
Lo observé alejarse por el sendero hasta que desapareció entre los árboles.
―Es un joven encantador ―comentó mi madre.
―Lo es ―respondió Arabella con naturalidad―. Y sospecho que hoy habría preferido quedarse.
Charlotte me lanzó una mirada fugaz antes de ponerse en pie.
― Lady Arabella...
La joven levantó la vista.
―¿Sí?
―¿Es cierto que la boutique francesa de Bond Street acaba de recibir los nuevos tejidos de Lyon?
Los ojos de Arabella brillaron.
―Precisamente pensaba acercarme ahora mismo.
Charlotte juntó las manos con entusiasmo.
―¡Mamá! Tenemos que verla.
Mi madre no necesitó demasiado convencimiento.
―¿Crees que merecerá la pena?
―Dicen que toda la alta sociedad habla de ella.
Charlotte se volvió entonces hacia Marcus con una inocencia tan exagerada que estuve a punto de reír.
―Supongo que no te importará acercar a Helena a casa.
Marcus tardó exactamente un segundo en comprender que aquello no era una casualidad.
―En absoluto.
Yo abrí la boca.
―Charlotte, no hace falta...
―Claro que hace falta. Si vinieses con nosotras estarías todo el tiempo metiéndonos prisa, así que tú te vas a casa.
Se acercó a mí a darme un beso en la mejilla. Y, aprovechando que nadie podía verla, me dio un ligero codazo en las costillas.
―Compórtate.
―Charlotte...
―Ni una palabra más.
Arabella ya ayudaba a mi madre a subir a su carruaje mientras ambas discutían apasionadamente sobre sedas, encajes y sombreros.
Mi hermana fue la última en subir.
Antes de cerrar la portezuela me dedicó una sonrisa tan satisfecha que supe inmediatamente que aquello había sido planeado.
El carruaje arrancó.
Y yo me quedé sola con Marcus.
Ninguno de los dos habló durante los primeros minutos.
El interior de su carruaje olía a cuero nuevo y a madera barnizada recientemente en aceite.
El traqueteo de las ruedas sobre el empedrado era el único sonido que rompía el silencio.
Miré por la ventanilla.
Él también.
Era ridículo.
Dos personas capaces de discutir durante horas permanecían ahora completamente calladas.
―Su hermana tiene muy poca sutileza.
Su voz me hizo volver la cabeza.
―Nunca la ha tenido.
―Empiezo a creer que todo esto estaba preparado.
―Charlotte lleva preparando cosas desde que aprendió a caminar.
Marcus dejó escapar una risa baja.
―No me cuesta imaginarlo.
Volvió el silencio.
Más corto esta vez.
―¿Sigue enfadada conmigo?
Lo miré.
―¿Debería estarlo?
―No lo sé.
―Entonces no piense en eso.
El carruaje pasó sobre un adoquín más alto que los demás.
Di un pequeño respingo.
Sin pensarlo, Marcus sujetó mi mano para evitar que perdiera el equilibrio.
Fue un gesto instintivo, tan rápido como inesperado.
Cuando recuperé la estabilidad, ninguno de los dos soltó la mano del otro.
Mis ojos descendieron hasta nuestros dedos entrelazados. Después volvieron a los suyos.
Sus ojos verdes parecían mucho más claros bajo la luz que entraba por la ventanilla.
Durante un instante tuve la absurda sensación de que el mundo entero se había apagado.
Solo existía aquel carruaje. Y aquel silencio.
Marcus fue el primero en hablar, pero su voz era un murmullo.
―Creo que llevamos varios días haciendo exactamente lo contrario de lo que deberíamos.
Sentí que mi corazón golpeaba con fuerza dentro de mi pecho.
―¿Y qué deberíamos hacer?
Él sonrió muy despacio.
―Convencernos de que este compromiso es una mala idea.
―Eso intento hacer yo.
―Yo también lo hago.
Nuestras miradas volvieron a encontrarse.
Había tan poca distancia entre nosotros que podía distinguir el pequeño reflejo dorado que el sol dibujaba en sus pupilas.
Marcus levantó lentamente la mano libre.
Sus dedos rozaron un mechón de mi cabello que el viento había soltado del recogido.
Lo apartó con una delicadeza que hizo que se me acelerara aún más la respiración.
―Helena...
Fue la primera vez que pronunciaba mi nombre sin títulos de por medio.
Y sonó realmente bien.
No respondí. Ni siquiera estaba segura de poder hacerlo. Él esperó.
Como si quisiera darme la oportunidad de apartarme. No lo hice. Solo permanecí allí, observándolo.
Marcus acercó un poco más el rostro.
Lo suficiente para que nuestras respiraciones comenzaran a mezclarse.
―Dime que me aparte.
Sabía que debía hacerlo. Era lo más sensato. Lo correcto, lo que se esperaba. Pero ninguna de aquellas palabras para detenerle consiguió llegar hasta mis labios.
En lugar de responder, fui yo quien acortó la última distancia que nos separaba.
El beso fue breve, suave podría decirse, lento.
Marcus permaneció inmóvil durante una fracción de segundo.
Después respondió con la misma delicadeza, como si temiera romper aquel instante.
Su mano ascendió despacio hasta mi mejilla.
Noté el calor de sus dedos sobre mi piel y cerré los ojos sin darme cuenta.
Nunca me habían besado así. Sin prisa. Solo con un deseo que parecía haber esperado demasiado tiempo para salir a la luz.
Cuando nuestros labios se separaron unos centímetros, los dos respirábamos con dificultad.
Marcus apoyó la frente contra la mía y soltó una risa corta.
―Esto complica bastante las cosas.
Yo todavía era incapaz de pensar con claridad.
―Muchísimo.
Él cerró los ojos un instante, como si estuviera luchando contra sí mismo. Después tomó aire lentamente y se obligó a apartarse unos centímetros.
Vi el esfuerzo en su expresión. Era autocontrol.
Sonrió con esa media sonrisa que ya empezaba a conocer en él.
―Será mejor que lleguemos cuanto antes a tu casa... Porque si este trayecto fuera un poco más largo, terminaría olvidando por completo que todavía quedan tres días para anunciar un compromiso que ambos queremos destruir.
Y, en aquel momento aquel absurdo plan, no me pareció lo que era hace solo unos días, y que el verdadero peligro no era casarme con Marcus Devereux.
Era empezar a desear que aquel compromiso jamás llegara a romperse.