Verdes, como la esperanza de olvidarte Capítulo 14
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Capítulo 14

El sol no había terminado de abrirse paso entre las copas de los olmos cuando el carruaje se detuvo junto a la entrada de Hyde Park.

Londres parecía distinto a aquellas horas; más amable, menos ruidoso y sorprendentemente hermoso.

El rocío todavía descansaba sobre la hierba y los senderos comenzaban a llenarse de damas con sombrillas de colores, caballeros elegantemente vestidos y niños que corrían demasiado deprisa para desesperación de sus institutrices.

Nathaniel ya nos esperaba.

Vestía un traje azul oscuro, y sostenía el sombrero bajo el brazo mientras sonreía con una naturalidad que, empezaba a sospechar, era completamente imposible de fingir.

― Lady Helena.

Hizo una reverencia.

―Señora Whitmore, Lady Charlotte.

Mi madre respondió con la solemnidad de quien inspecciona a un posible yerno.

Charlotte, en cambio, me dio un ligero codazo.

―Es mucho más puntual que tú.

―Calla.

Nathaniel carraspeó para ocultar una sonrisa.

―¿Les parecería bien recorrer el lago? A estas horas suele estar bastante tranquilo.

Mi madre asintió con entusiasmo.

―Será encantador.

Comenzamos a caminar y, unos minutos después, Charlotte y mi madre redujeron deliberadamente el paso.

No eran precisamente discretas.

Cada vez que giraba la cabeza, las encontraba unos veinte pasos detrás de nosotros fingiendo un enorme interés por las flores, los cisnes o cualquier otra cosa que justificara no acercarse.

―Creo que nos están vigilando ―murmuré.

Nathaniel miró de reojo hacia atrás.

―Diría que sí.

―Y bastante mal hacen eso de disimular.

―Su madre acaba de esconderse detrás de un árbol.

No pude contener una carcajada.

―No es un árbol especialmente ancho.

―No.

―Y sigue viéndose medio vestido.

Nathaniel terminó riendo conmigo.

Aquello era precisamente lo que más me sorprendía de él.

No necesitaba impresionarme.

No buscaba decir siempre la frase más brillante.

Simplemente hacía que todo pareciera fácil.

Hablamos durante largo rato de la absurda costumbre londinense de convertir cualquier paseo en un desfile social.

Descubrí que odiaba las reuniones demasiado concurridas, que prefería el campo al bullicio de la ciudad y que, siendo niño, había intentado criar un zorro en los establos de la finca familiar.

―¿Un zorro?

―Duró dos días.

―¿Qué ocurrió?

―Mi madre descubrió que el culpable de la desaparición de varios pollos dormía en algunas ocasiones sobre mi cama.

Reí tan fuerte que varias personas se volvieron hacia nosotros.

―No debió de alegrarse demasiado.

―Mi madre o el zorro.

―Ambos.

Nathaniel sonrió.

―Ninguno de los dos volvió a confiar plenamente en mí.

Lo observé unos segundos mientras seguíamos caminando.

Era extraordinariamente sencillo estar a su lado.

No necesitaba pensar cada respuesta.

No sentía la necesidad de defenderme.

No existía aquella constante sensación de estar participando en una competición.

Con él, conversar era... descansar.

Quizá por eso no advertí la presencia de Marcus hasta que Charlotte dejó escapar un pequeño: oh, detrás de nosotros.

Levanté la vista.

Y allí estaba la única persona a la que no esperaba ver aquella mañana.

Caminaba por el sendero contrario con la elegancia irritante de quien parece incapaz de dar un mal paso.

Vestía de gris claro y llevaba el sombrero ligeramente inclinado sobre la frente.

Pero no fue eso lo que llamó mi atención, fue la mujer que caminaba tomada de su brazo.

Era joven, e increíblemente hermosa, tenía el cabello oscuro y los ojos claros. La combinación más llamativa que conocía. Y por si eso fuese poco, también poseía una sonrisa que parecía iluminar medio parque mientras hablaba con él.

Marcus inclinó la cabeza para escucharla mejor.

Ella rio.

Él también.

Sentí una molestia extraña en el pecho.

Pequeña.

Ridícula.

Completamente injustificada.

Y, aun así, ahí estaba.

Nathaniel siguió la dirección de mi mirada.

―Vaya.

―¿Lo ha reconocido?

―Desde luego.

Marcus también nos había visto.

Su expresión cambió un instante antes de acercarse acompañado de la joven.

― Lady Helena, qué sorpresa.

―Excelencia.

No sabía por qué acababa de sonar tan fría.

Probablemente porque aquella mujer seguía aferrada a su brazo con absoluta confianza.

Marcus lo notó. Lo supe en cuanto sus ojos se detuvieron un segundo más de la cuenta sobre mi rostro y después miró el brazo que ocupaba sobre el suyo.

Después sonrió con una sonrisa pequeña.

Como si acabara de descubrir algo que le divertía enormemente.

―Fairfax, buenos días.

―Marcus.

Los dos caballeros estrecharon la mano.

La joven hizo una elegante reverencia.

―Qué alegría volver a verle, señor Fairfax.

― Lady Arabella ―La conocía.

Así que se conocen ustedes ―dijo Marcus.

Solo faltaba que toda Inglaterra conociera a aquella mujer excepto yo.

Marcus volvió hacia nosotros.

―Permítanme presentarles, lady Arabella, ella es Helena.

Sentí un calor insoportable subir por mi cuello.

Esperaba sinceramente que nadie hubiera reparado en mi expresión de hacía unos instantes.

Marcus sí.

Por supuesto que sí. Lo vi en sus ojos. Y, lo que era mucho peor... parecía disfrutarlo.

―¿Paseando? ―preguntó con absoluta tranquilidad.

―Eso parece.

―Una mañana magnífica para ello.

―Desde luego.

Nathaniel rompió la tensión.

―Íbamos precisamente a detenernos a descansar un rato.

Marcus levantó ligeramente la vista hacia una terraza situada a pocos metros del sendero.

Varias mesas de hierro blanco ocupaban la sombra de unos enormes castaños.

―Sirven un excelente té helado.

Miró primero a Nathaniel.

Después a mí.

―¿Nos acompañan?

Mi primer impulso fue negarme.

Mi segundo también.

Pero Nathaniel aceptó antes de que pudiera abrir la boca.

―Será un placer.

Mi madre apareció milagrosamente en ese mismo instante.

―¡Qué idea tan estupenda!

Charlotte me dirigió una mirada que parecía decir: ni se te ocurra protestar.

Cinco minutos después todos estábamos sentados alrededor de una mesa.

Arabella ocupó una silla junto a Charlotte.

Mi madre monopolizaba la conversación con Nathaniel.

Y, por un capricho del destino que empezaba a sospechar intencionado, Marcus terminó sentado a mi derecha.

El servicio dejó las bebidas sobre la mesa.

Nadie habló durante unos segundos.

Yo removía el hielo de mi vaso con una cucharilla sin demasiado interés.

Marcus se dio cuenta de ello.

―Diría que el té no tiene la culpa de nada.

Lo miré.

―¿Trata de decirme algo?

―Lo está castigando con bastante energía.

Bajé la vista.

La cucharilla golpeaba el cristal una y otra vez.

La dejé sobre el plato.

―Disculpe.

―No hace falta.

Volvió a beber con absoluta calma.

Aquella tranquilidad suya resultaba desesperante.

―Veo que no pierde el tiempo, excelencia.

Marcus giró lentamente la cabeza.

―¿A qué se refiere?

Miré deliberadamente hacia Arabella.

―A su... compañía.

Él siguió mi mirada.

Después volvió a mí.

Y entonces sonrió.

No fue una sonrisa amplia.

Solo esa media sonrisa que aparecía siempre que estaba a punto de decir algo inapropiado.

―¿ Lady Arabella?

―No he visto a ninguna otra dama colgada de su brazo.

―Tiene razón.

―Imagino que Hyde Park resulta mucho más agradable con una mujer tan hermosa.

Marcus dejó la taza sobre el platillo con una lentitud exasperante.

―¿Le parece hermosa?

―Muchísimo.

―Coincido.

Apreté la mandíbula.

―No me sorprende.

Él permaneció callado unos segundos.

Los suficientes para asegurarse de que nadie prestaba atención a nuestra conversación.

Después se inclinó un poco hacia mí.

Lo justo para que pudiera percibir el aroma fresco de su perfume.

Su voz descendió hasta convertirse en poco más que un murmullo.

―¿Celosa?

Giré la cabeza de golpe.

Nuestros rostros quedaron peligrosamente cerca.

―¿Perdón?

―Ha cambiado de humor desde que me ha visto aparecer.

―No diga tonterías.

―¿No?

―En absoluto.

―Qué alivio entonces.

―¿Por qué habría de estar celosa?

―Eso intento averiguar.

―Le aseguro que no me interesa en absoluto con quién decida pasear.

Marcus sostuvo mi mirada durante un largo instante.

Después la comisura de sus labios volvió a elevarse.

―Magnífica respuesta.

―Lo sé.

―Lástima que sea completamente falsa.

Abrí la boca para protestar.

Él se adelantó.

―Puede tranquilizarse.

Fruncí el ceño.

―¿Tranquilizarme?

―Sí.

Se recostó de nuevo en la silla con una serenidad insoportable.

―La mujer por la que acaba de sentir unos celos perfectamente injustificados es mi prima.

Parpadeé.

Marcus alzó su taza.

―Y, teniendo en cuenta su expresión de hace un momento, creo que acaba de descubrir una verdad bastante interesante sobre usted misma.

Por fortuna, el rubor que inundó mis mejillas quedó oculto tras el vaso de té helado que levanté inmediatamente.

Por desgracia...

La sonrisa satisfecha de Marcus me dejó claro que había llegado demasiado tarde para ocultarla.

Nathaniel apenas había terminado su taza cuando un hombre vestido con la librea de su casa apareció junto a la terraza con expresión preocupada.

Se inclinó sobre él y le susurró unas palabras que ninguno de nosotros alcanzó a escuchar.

Nathaniel frunció ligeramente el ceño.

―¿Ha ocurrido algo? ―preguntó mi madre.

Él se volvió hacia nosotros con una sonrisa tranquilizadora.

―Nada grave, espero. Uno de los caballos ha perdido una herradura, parece que cojea, y mi cochero prefiere regresar antes de continuar el recorrido. Si espero demasiado, terminaré llegando a casa a pie.

Charlotte soltó una pequeña risa.

―Y eso sería indecoroso, porque me da la impresión de que usted no está ni un poco preocupado por el animal.

―Sobre todo para mis botas.

Todos sonrieron, menos mi hermana y yo.

Nathaniel se levantó y se dirigió primero hacia mi madre.

―Le ruego que disculpe mi marcha, lady Whitmore.

―No tiene importancia, señor Fairfax. Ha sido una mañana encantadora.

Después se volvió hacia mí.

Sus ojos tenían esa misma serenidad que parecía acompañarlo siempre.

― Lady Helena... espero que me permita repetir el paseo muy pronto.

Noté que Marcus levantaba ligeramente la vista desde el otro extremo de la mesa.

―Será un placer.

Nathaniel inclinó la cabeza.

―Entonces procuraré que ningún caballo vuelva a conspirar contra mí.