Capítulo 13
El trayecto de regreso transcurrió con una tranquilidad sospechosa.
Charlotte no dejó de sonreír en todo el camino.
Mi madre tampoco.
Mi padre dormitaba ligeramente apoyado contra el respaldo del carruaje, ajeno al hecho de que yo llevaba más de diez minutos debatiéndome entre contar o no contar lo ocurrido en la terraza.
Finalmente decidí que ocultarlo solo conseguiría complicar las cosas.
Además, no había hecho nada incorrecto.
Solo aceptar un paseo.
Un inocente paseo.
―Mamá...
Mi madre levantó la vista.
―¿Sí, cariño?
―Hay una cosa que deberías saber.
Aquellas palabras bastaron para que mi padre abriera un ojo.
Charlotte dejó escapar un suspiro.
―Ya empezamos.
―El señor Fairfax me ha invitado mañana a pasear por Hyde Park.
Mi madre tardó exactamente tres segundos en comprender lo que acababa de decir.
Al cuarto abrió mucho los ojos.
Al quinto dejó escapar un pequeño gemido.
Y al sexto apoyó una mano sobre el pecho como si acabaran de comunicarle una tragedia familiar.
―¿Qué ha hecho qué?
―Me ha invitado a pasear.
―¡Lo he oído!
Se volvió inmediatamente hacia mi padre.
―¿Lo has oído tú también?
―Es difícil no hacerlo cuando viajo dentro del mismo carruaje.
―¡Arthur!
―¿Qué?
―¡Eso lo cambia todo!
Mi padre abrió completamente los ojos.
―No exageres.
―¿Que no exagere?
Mi madre parecía escandalizada.
―¡Nuestra hija está prometida al duque de Devonshire!
―Todavía no.
―Bueno... casi.
―Exactamente.
Charlotte observaba la escena con una sonrisa cada vez más evidente.
―Mamá, técnicamente Helena todavía es libre.
Mi madre la miró horrorizada.
―No la ayudes.
―Solo digo la verdad.
Volvió hacia mí.
―¿Y tú qué respondiste?
Decidí que mentir era una pésima idea. Así que dije la verdad.
―Acepté.
Silencio. Se hizo un silencio largo.
Mi madre cerró los ojos.
Inspiró profundamente.
Y volvió a abrirlos con la expresión resignada de quien acaba de descubrir que su hija mayor había decidido destrozarles la vida.
―Helena...
―¿Sí?
―¿Puedes explicarme por qué has aceptado?
―Porque me apetecía pasear.
―Podías pasear conmigo.
―No es lo mismo.
―Naturalmente que no es lo mismo.
Se volvió otra vez hacia mi padre.
―¿No vas a decir nada?
Mi padre se acomodó mejor en el asiento antes de responder.
―¿Qué quieres que diga?
―¡Algo sensato!
Él me observó unos segundos.
―¿El señor Fairfax ha sido respetuoso?
―Muchísimo.
―¿Educado?
―Siempre.
―¿Ha pedido permiso para acompañarte?
―Sí.
―¿Delante del alguien?
― Del mismo duque.
Asentí.
―Vaya…
Mi padre cruzó una pierna sobre la otra.
Mi madre lo miraba.
―Entonces no veo el problema.
Mi madre abrió la boca.
La cerró.
Volvió a abrirla.
―¿No ves el problema?
―No especialmente.
―Arthur...
Pronunció su nombre con esa calma que siempre precedía a una discusión.
―Estamos intentando casar a nuestra hija con un duque.
―Lo sé.
―¡Con un duque!
―Sigo sabiéndolo.
―¡Y ahora aparece otro caballero!
―También lo sé.
Charlotte comenzó a reír discretamente.
Mi madre la señaló.
―Tú tampoco te rías.
―Lo intentaré.
―Haz un esfuerzo mayor del que estás haciendo.
Mi padre carraspeó.
―Si me permites terminar...
Ella cruzó los brazos.
―Adelante.
―Nathaniel Fairfax no es precisamente un mal candidato.
Mi madre parpadeó al escucharle.
―¿Perdón?
―Pertenece a una excelente familia.
―Arthur...
―Posee propiedades considerables en Londres.
―Arthur.
―Y en Surrey.
―Arthur.
―Si no recuerdo mal, también heredó varias tierras cerca de Oxford.
Mi madre comenzó a masajearse las sienes.
―Por el amor de Dios...
Mi padre continuó como si nada.
―Tiene buena reputación.
―¿Porque nunca habíamos considerado que pudiera casarse con nuestra hija?
―Pues quizá deberíamos haberlo hecho.
Se hizo de nuevo el silencio, hasta Charlotte dejó de sonreír.
Fui yo quien terminó rompiéndolo.
―Padre...
Él volvió la vista hacia mí.
―¿Sí?
―¿Está diciendo que le parece bien?
Sonrió con esa tranquilidad que siempre utilizaba cuando estaba a punto de desesperar a mi madre.
―Estoy diciendo que, eres tú quien tiene dos pretendientes y no veo problema alguno a que seas tú quien elija.
Mi madre abrió mucho los ojos.
―¡Arthur Whitmore!
―¿Qué?
―¡No puedes decirle eso!
―¿Por qué no?
―¡Porque la conozco!
Me señaló con un dedo.
―Es capaz de organizar un torneo entre ellos.
No pude evitar reír.
―Jamás haría algo semejante.
Mi madre soltó un resoplido.
―Helena, hace tres días liberaste dos pájaros porque te parecían infelices.
―Seguirían pareciéndomelo de estar encerrados.
―Y ayer discutiste con un hombre por un árbol.
―No fue exactamente una discusión.
―¡Le exigiste que tratase a ese árbol de cierta manera para que dejara de perder hojas!
―Estaba enfermo.
―¡Es otoño!
Charlotte ya no intentaba contener la risa.
Mi padre terminó sonriendo también.
Después me miró con una expresión mucho más seria.
―Escúchame bien.
El carruaje parecía haberse quedado en silencio.
Incluso mi madre dejó de protestar.
―No voy a obligarte a elegir a uno u otro.
Respiré despacio.
―Pero sí voy a pedirte una cosa.
―¿Cuál?
―Conócelos. A los dos. No como un duque y un terrateniente.
No como dos buenos partidos. Conócelos como hombres.
Porque cuando llegue el momento del anuncio...
Quiero estar seguro de que, si decides pasar el resto de tu vida con uno de ellos, lo hagas sin preguntarte jamás cómo habría sido elegir al otro.
Nadie habló durante varios segundos.
Yo tampoco.
Porque, desde que todo aquello había empezado, alguien acababa de ofrecerme exactamente lo que llevaba días reclamando. La posibilidad de decidir.
Y, por extraño que resultara admitirlo, aquello me asustaba mucho más que cualquier compromiso.