Verdes, como la esperanza de olvidarte Capítulo 12
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Capítulo 12

Marcus me condujo hasta el centro de la terraza con una seguridad que me irritó desde el primer instante.

No porque fuera arrogante ―o no únicamente por eso―, sino porque daba la impresión de que jamás dudaba del lugar que ocupaba.

Había hombres que necesitaban hacerse notar; él, en cambio, parecía haber nacido con la absurda capacidad de conseguir que el mundo se apartaba siempre un paso para dejarle pasar.

La orquesta comenzó los primeros compases del vals y nuestras manos encontraron la posición correcta con una naturalidad que me resultó profundamente molesta.

Prefería cuando las cosas salían mal entre nosotros. Me facilitaban odiarlo.

―Baila usted mejor de lo que esperaba ―dije al cabo de unos segundos.

Una sonrisa insinuada apareció en su rostro.

―¿Es un cumplido?

―No se acostumbre a recibirlos, al menos no por mi parte.

―Lástima. Estaba empezando a disfrutarlo.

Giramos lentamente entre las demás parejas y, por primera vez en toda la noche, reparé en el silencio que existía entre nosotros. Con Nathaniel no había dejado de hablar ni un momento. Con Marcus, en cambio, el silencio parecía otro participante del baile.

Y lo peor era que no resultaba incómodo. Resultaba... expectante. Como si ambos estuviéramos esperando que el otro cometiera el primer error.

―Su amigo baila muy bien ―comenté finalmente.

Marcus no pareció sorprenderse de que mencionara a Nathaniel.

―Sí.

Esperé.

Nada más.

―Pensé que tendría algo más que decir.

―¿Sobre su forma de bailar?

―Sobre él.

Marcus sostuvo mi mirada durante un instante antes de responder.

―¿Qué le gustaría que dijera?

―No lo sé. Es su amigo.

―Ya le he dicho antes que no es mi amigo, es el de mi hermano, y precisamente por eso, porque piensa que es mi amigo no le diré nada sobre él.

Fruncí el ceño.

―No lo entiendo.

―Los amigos suelen conocerse demasiado bien como para idealizarse.

Aquella respuesta despertó inmediatamente mi curiosidad.

―¿Está intentando advertirme de algo?

Él dejó escapar una leve risa.

―No.

―Entonces no entiendo por qué lleva toda la noche observándolo.

Esta vez fue Marcus quien arqueó una ceja.

―¿Llevo toda la noche observándolo?

―O a él... o a mí.

No respondió.

Aquello me bastó.

Sonreí despacio.

―Ah...

―¿Ah?

―Empiezo a comprender.

Marcus giró ligeramente conmigo al compás de la música.

―Ilumíneme.

―Está celoso. Es lo único que se me ocurre.

Durante un segundo juraría que dejó de respirar.

Fue solo un instante.

Tan breve que cualquiera habría pensado que lo había imaginado.

Después soltó una carcajada baja.

―¿Celoso?

―¡Ajá!

―Muchísimo. Lady Helena... ―Negó despacio con la cabeza―. Tiene una imaginación extraordinaria.

―¿La tengo?

―Sin duda.

―Curioso.

―¿Qué cosa?

―Lleva toda la noche interrumpiendo nuestras conversaciones.

Marcus sonrió.

―También he hablado con su padre.

―No con tanta frecuencia.

―Con mi tía.

―Tampoco, diría yo.

―Con Charlotte.

―Ella habla hasta con los espejos.

Una risa escapó de sus labios.

Maldición, pensé al ver aquella sonrisa. No debía gustarme aquella. Tenía la desagradable costumbre de hacerme olvidar que estaba molesta con él.

―Continúe ―dijo él.

―¿Con qué?

―Con su teoría.

―Es muy sencilla ―Me encogí ligeramente de hombros―. Nathaniel me saca a bailar.

―Sí.

―Nathaniel conversa conmigo.

―Lo he visto.

―Nathaniel consigue hacerme reír.

―También me he dado cuenta de eso.

―Y, casualmente, aparece usted cinco minutos después para advertirme sobre él.

Marcus permaneció callado unos segundos.

Después dijo con absoluta tranquilidad:

―No pretendía advertirla.

―¿No?

―Solo sugerirle prudencia.

―¿Por qué?

La expresión divertida desapareció poco a poco de su rostro. No del todo. Solo lo suficiente para que comprendiera que la siguiente respuesta no era una broma.

―Porque Nathaniel tiene la costumbre de mostrar únicamente aquello que desea que los demás vean.

Aquello consiguió descolocarme.

―Eso podría decirse de cualquiera.

―Tiene razón.

―¿Incluido usted?

Una pequeña sonrisa regresó a su boca.

―Sin duda.

―Entonces no entiendo por qué él merece mi desconfianza y usted no.

Marcus tardó unos segundos en responder.

―Porque yo jamás le pediría que confiara en mí.

Lo miré desconcertada.

Aquella no era la respuesta que esperaba.

―¿Y él sí?

―Nathaniel ni siquiera se dará cuenta de que lo está haciendo. Pero créame que sucederá.

Bajé la vista un instante hacia nuestras manos.

Seguían unidas.

El vals continuaba envolviéndonos mientras las demás parejas giraban a nuestro alrededor, pero, por alguna razón, tuve la extraña sensación de que el resto de la terraza había desaparecido. Y allí solo quedábamos él y yo.

Y aquella conversación cada vez más extraña.

―No me parece que habla como un hombre que aprecia demasiado a su amigo.

Marcus suspiró de nuevo.

―Lo aprecio lo suficiente como para conocer también sus defectos. Y le repito, no es mi amigo.

―¿Y cuáles son?

Él sonrió otra vez.

―No voy a contárselos.

―¿Por qué?

―Porque no me corresponde a mí hacerlo.

―Entonces no esperará que simplemente creyera su palabra.

―No.

Negó despacio.

―Esperaba que no creyera la de nadie demasiado deprisa.

Guardé silencio.

Aquella frase quedó allí entre nosotros durante varios compases.

Después decidí volver al terreno donde me sentía más cómoda. La provocación.

―Sigo pensando que está celoso.

Marcus soltó una risa que hizo vibrar ligeramente su pecho bajo la mano que descansaba sobre él.

Y, para mi desgracia, fui dolorosamente consciente de esa vibración.

―¿Tan convencida está?

―Completamente.

―¿Y en qué basa semejante conclusión?

―En que no ha dejado de mirarnos desde que comenzó el baile.

Él abrió la boca para responder, pero no salió ninguna palabra.

Solo una expresión de auténtica sorpresa.

Como si aquella posibilidad no hubiera cruzado jamás por su cabeza.

Sonreí para mis adentros.

Lo había dejado sin respuesta.

Por fin.

―No se preocupe, excelencia ―añadí con una dulzura que ni yo misma me creí―. Si algún día decido enamorarme del señor Fairfax, procuraré comunicárselo con la suficiente antelación para evitarle disgustos.

Marcus dejó escapar una risa tan baja que casi se perdió entre la música.

Después inclinó apenas la cabeza hacia mí.

Lo suficiente para que solo yo pudiera escucharlo.

―Lady Helena...

Su voz había cambiado. Ahora era más grave.

―Si algún día decide enamorarse de alguien, espero sinceramente que tenga mejor criterio que el demostrado durante esta conversación.

Lo miré desafiante.

―¿Me está diciendo de quién debo de enamorarme?

―No.

Sus ojos verdes se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo olvidar el siguiente paso del baile.

―Es solo un deseo.

La música llegó a su fin y Marcus aflojó lentamente la presión de su mano sobre mi cintura. Durante unos instantes ninguno de los dos habló. Permanecimos inmóviles mientras el resto de las parejas comenzaba a dispersarse entre pequeños aplausos y conversaciones que volvían a llenar la terraza.

Él fue el primero en romper el silencio.

―Ha sobrevivido.

Le dediqué una sonrisa inocente.

―¿Esperaba lo contrario?

―Con usted nunca descarto ninguna posibilidad.

―Qué poca fe tiene en mis capacidades.

―Al contrario. Temo especialmente de ellas.

Negué despacio con la cabeza.

―Sigue sin ser tan ingenioso como cree.

―Y usted sigue sin ser tan imprevisible como le gustaría.

Antes de que pudiera encontrar una respuesta lo bastante afilada, una voz conocida sonó a nuestra espalda.

―¿Interrumpo algo?

Ambos nos giramos al mismo tiempo.

Nathaniel Fairfax se acercaba con las manos cruzadas a la espalda y una expresión tan relajada que resultaba imposible imaginarlo incómodo en ninguna circunstancia.

Marcus dio un paso atrás. Lo justo para recuperar la distancia que exigía el protocolo.

―En absoluto.

Nathaniel me dedicó una leve inclinación de cabeza.

―Lady Helena.

―Señor Fairfax.

―Debo agradecerle de nuevo el baile de hace unos minutos. Ha conseguido que olvidara por completo una conversación interminable sobre impuestos que me esperaba impaciente.

Sonreí.

―Entonces ambos hemos salido ganando.

―Sin ninguna duda.

Marcus permanecía en silencio.

Nathaniel volvió ligeramente la cabeza hacia él.

―Marcus.

―Nathaniel.

Aquello no parecía un saludo.

Parecía el comienzo de una negociación.

―Espero no haber monopolizado demasiado a Lady Helena esta noche.

Marcus respondió antes de que yo pudiera hacerlo.

―Sería difícil monopolizar a alguien capaz de llevarle la contraria a quien ella desee.

Suspiré.

―¿Va a recordarme ese episodio hasta el final de mis días?

―Dependerá de cuántos árboles más decida proteger.

Nathaniel soltó una carcajada.

―Personalmente me pareció una historia encantadora.

Marcus lo observó con expresión inescrutable.

―No me sorprende.

―¿Qué quiere decir con eso?

―Que siempre has tenido debilidad por las causas perdidas.

Nathaniel sonrió sin perder la calma.

―Y usted por creer que sabe cuáles lo son.

Por un instante pensé que Marcus respondería.

No lo hizo.

Se limitó a sostener la mirada de su amigo, o como él se había empeñado en hacerme entender, su no amigo.

Había algo extraño entre ellos.

No era hostilidad.

Tampoco competencia.

Parecía más bien la costumbre de dos hombres que llevaban demasiados años midiéndose el uno al otro.

Nathaniel volvió entonces toda su atención hacia mí.

―Lady Helena ―Esperó apenas un segundo en continuar―. Espero no resultar demasiado atrevido con la pregunta que voy a hacerle.

Noté de reojo cómo Marcus desviaba ligeramente la cabeza.

No habló, pero estaba escuchando, lo sabía.

―Dependerá de la pregunta.

Nathaniel sonrió.

―Mañana por la mañana pensaba pasear por Hyde Park antes de visitar a mi hermana. Si usted y su familia tienen pensado salir, sería un honor poder acompañarlos durante un rato.

Mi corazón dio un pequeño vuelco.

No por la invitación. Sino porque aquella era, probablemente, la primera vez que un caballero me pedía compañía con una naturalidad tan elegante que resultaba imposible sentirse incómoda.

Miré instintivamente hacia Marcus.

No sé por qué lo hice.

Tal vez esperaba encontrar diversión en sus ojos.

Tal vez indiferencia.

Encontré algo mucho más difícil de interpretar.

No sonreía, pero tampoco parecía molesto.

Simplemente observaba la escena con una atención absoluta.

Como si esperara mi respuesta.

Qué curioso.

Hasta hacía un momento estaba convencida de que nada de cuanto hiciera podía interesarle.

―Será un placer si mis padres no tienen otros planes.

Nathaniel pareció sinceramente satisfecho.

―Entonces pasaré por Grosvenor Square alrededor de las once.

―Estoy segura de que mi madre estará encantada.

―Yo esperaba que también lo estuviera usted.

Sentí cómo una sonrisa escapaba antes de poder contenerla.

―También yo, señor Fairfax.

―Me alegra oírlo.

Hizo una reverencia impecable.

―No deseo robarles más tiempo. Buenas noches, excelencia. Buenas noches, Lady Helena.

Marcus respondió con una inclinación de cabeza.

Esperó a que Nathaniel se hubiera alejado unos pasos antes de hablar.

―No pierde el tiempo.

Fruncí el ceño.

―¿Quién?

―Fairfax.

―¿Eso le sorprende?

Marcus soltó una breve risa.

―No especialmente.

―Entonces no entiendo el comentario.

Él metió una mano en el bolsillo del chaleco y contempló durante unos segundos cómo Nathaniel se despedía a otros invitados situados al otro extremo de la terraza.

―Digamos que suele obtener aquello que se propone.

Aquella frase despertó inmediatamente mi curiosidad.

―¿Y qué cree que se propone conmigo?

Marcus tardó unos segundos en responder.

Cuando volvió a mirarme, la expresión divertida había regresado a sus ojos.

―Eso, Lady Helena ―Hizo una pausa deliberadamente larga―… creo que sería mucho más interesante descubrirlo por usted misma.

Y, sin darme tiempo a replicar, hizo una impecable reverencia y regresó al interior de la casa, dejándome sola en la terraza con una pregunta que no había tenido cinco minutos antes revoloteando en mi cabeza.

Lo observé alejarse entre los invitados sin comprender por qué tenía la incómoda sensación de que acababa de empezar una partida en la que todos conocían las reglas...

Todos, excepto yo.