Capítulo 11
Los criados comenzaron a retirar los últimos platos con una coordinación tan perfecta que daba la impresión de que llevaban toda la vida ensayando aquella misma cena.
Mi madre seguía completamente encantada con la conversación de Marcus, mi padre discutía animadamente con él sobre unas tierras en Yorkshire, y Charlotte parecía haber encontrado en las primas del duque a dos nuevas aliadas con las que intercambiar sonrisas y confidencias.
Yo, en cambio, necesitaba aire.
Mucho aire.
Aquella casa era demasiado bonita, demasiado acogedora y, lo que resultaba infinitamente peor, sus habitantes empezaban a ser demasiado agradables como para que me sintiera cómoda odiándolos.
No esperé a que nadie reparara en mi ausencia y salí discretamente hacia la gran terraza que se abría tras los altos ventanales del salón.
La noche era tibia. Decenas de faroles de cristal colgaban entre las columnas y dibujaban pequeños círculos dorados sobre el suelo de piedra.
Más allá se extendían los jardines, perfumados por rosales y jazmines, y una pequeña orquesta afinaba sus instrumentos junto a la escalinata principal.
Varias parejas comenzaban a reunirse allí, anticipando un baile que, por supuesto, nadie se había molestado en anunciar.
Los Devereux parecían considerar completamente normal organizar una cena que terminara convirtiéndose en una velada de baile.
Qué agotador debía de ser pertenecer a una familia tan perfectamente organizada.
―¿Está huyendo?
La voz llegó a mi espalda con una suavidad que no consiguió sobresaltarme.
Me giré y encontré a Nathaniel Fairfax sonriendo con esa serenidad que parecía acompañarlo a todas partes.
―¿Se nota tanto?
―Solo un poco.
Me apoyé sobre la balaustrada.
―Cinco minutos más en aquel comedor y alguien habría empezado a hablar de política.
Nathaniel hizo una mueca de resignación.
―Yo escapé cuando lord Ashcombe comenzó a explicarme las ventajas de invertir en molinos.
No pude evitar reír.
―Entonces ha sido una huida justificada.
―Completamente.
Durante unos segundos permanecimos contemplando el jardín sin necesidad de llenar el silencio con palabras.
Me sorprendió descubrir que aquel silencio no resultaba incómodo.
Al contrario. Era agradable, como si ambos compartiéramos una especie de tregua tácita frente al bullicio que seguía sonando dentro de la casa.
―Al menos hay que admitir que es una casa preciosa ―comenté finalmente.
―No es mía.
―Ya sabe a qué me refiero.
Sonrió.
―Lo sé. Marcus tiene muy buen gusto para conservar lo que heredó. Aunque sospecho que el mérito verdadero pertenece a su madre. Ella fue quien transformó estos jardines.
―¿La conoció?
Asintió despacio.
―Era una mujer extraordinaria.
Había una calidez sincera en sus palabras.
No me parecieron de admiración exagerada ni cortesía. Fue más como simple afecto.
Aquello me gustó.
―¿Siempre habla así de las personas?
Nathaniel pareció pensarlo unos segundos.
―Solo de las que lo merecen.
No supe por qué aquella respuesta consiguió hacerme sonreír.
Tal vez porque no sonó preparada.
Tal vez porque todo en él parecía espontáneo.
―Charlotte dice que hablo demasiado.
―No estoy de acuerdo.
Lo miré divertida.
―¿No?
―No. Creo que habla exactamente lo suficiente para que uno tenga ganas de escuchar la siguiente frase.
Sentí cómo el calor me subía ligeramente a las mejillas.
No era un cumplido, ¿o sí? No lo sabía, pero me resultaba todo el tiempo especialmente elegante.
La música comenzó entonces. Era un vals. Los primeros acordes se deslizaron por la terraza mientras las parejas abandonaban poco a poco el interior de la casa.
Nathaniel volvió la cabeza hacia la orquesta y después me miró.
―Lady Helena...
Esperó un instante.
―¿Si?
―¿Me concedería este baile?
Mi primer impulso fue buscar con la mirada a Marcus.
No estaba observándome.
Conversaba con varios caballeros junto a una de las columnas mientras sostenía una copa de vino y sonreía con esa tranquilidad desesperante que parecía no abandonarlo jamás.
Perfecto. Si ni siquiera prestaba atención a quién bailaba conmigo, aquello solo confirmaba lo poco que le importaba nuestro futuro compromiso.
Muchísimo mejor.
―Será un placer ―respondí.
Nathaniel inclinó la cabeza y me ofreció el brazo.
Desde el primer paso comprendí que era un bailarín magnífico.
No porque realizara figuras complicadas ni porque pretendiera demostrarlo.
Lo era porque conseguía que todo pareciera sencillo.
Cuando dudé un instante al cambiar de dirección, fue él quien modificó discretamente el paso para adaptarse al mío, de manera que nadie habría imaginado que había sido yo quien se equivocó.
Lo miré con sorpresa.
Él simplemente sonrió.
―Nadie se ha dado cuenta.
―¿Cómo puede estar tan seguro?
―Porque yo tampoco habría querido que se dieran cuenta si hubiera sido al revés.
Aquella respuesta me hizo reír otra vez.
―Es usted muy considerado.
―Procuro serlo.
―Lo consigue.
―Es un alivio.
Continuamos bailando mientras continuábamos hablando de esos viajes que había hecho.
Descubrí que había recorrido media Europa sin presumir de ello una sola vez y que era capaz de escuchar con un interés genuino incluso cuando le conté la historia de los dos pajarillos que había liberado aquella misma semana.
Esperé la sonrisa burlona, la crítica, la inevitable observación sobre mi impulsividad. Pero no llegó.
―Creo que hizo lo correcto ―dijo simplemente.
Lo miré desconcertada.
―¿De verdad lo piensa?
―Ningún ser vivo debería permanecer encerrado solo porque otro crea que sabe qué es lo mejor para él.
No respondí, porque alguien parecía haber entendido exactamente lo que yo había querido decir sin necesidad de explicárselo.
Y aquella sensación era agradable, muy agradable.
La última nota del vals se deshizo en el aire entre un aplauso discreto de los invitados.
Nathaniel redujo el paso hasta detenerse frente a mí y, sin soltar mi mano hasta el momento exacto en que marcaba el protocolo, hizo una leve inclinación de cabeza.
―Gracias por concederme este baile, Lady Helena.
―Creo que debería ser yo quien le dé las gracias.
Sonrió con esa tranquilidad que parecía no abandonarlo nunca.
―Entonces hagamos un trato.
Fruncí ligeramente el ceño.
―¿Cuál?
―La próxima vez volveremos a discutir quién debe agradecerle el baile a quién.
No pude evitar reír.
―Acepto.
Su sonrisa se ensanchó un instante.
―Me alegra comprobar que todavía quedan damas dispuestas a aceptar un segundo baile.
Antes de marcharse tomó una copa de una bandeja que una doncella acababa de acercar y me la ofreció.
―Ha bailado. Debe beber algo.
Acepté el ponche.
Era el segundo gesto semejante que tenía conmigo aquella noche.
Y volvía a hacerlo con absoluta naturalidad, como si ni siquiera fuera consciente de ello.
―Gracias, señor Fairfax.
―Ha sido un placer.
Esta vez sí se marchó.
Lo vi reunirse con un grupo de caballeros cerca de la balaustrada y, antes de que pudiera llevar la copa a los labios, tuve la incómoda sensación de que alguien me observaba.
No necesité girarme para adivinar quién era.
―Empiezo a pensar que Fairfax pretende convertirla en la dama mejor atendida de todo Mayfair.
La voz de Marcus sonó a mi espalda. Grave, pausada, y llena de esa ironía perceptible que parecía acompañar cada una de sus frases.
Me giré lentamente.
Allí estaba.
Con una copa de vino en una mano y la otra escondida tras la espalda, como si hubiera tenido todo el tiempo del mundo para decidir cuándo acercarse.
―¿Eso le preocupa, que esté bien atendida?
Sus labios dibujaron una media sonrisa.
―Solo me llama la atención.
―Es un caballero extraordinariamente atento.
―Lo es.
No esperaba una respuesta tan rápida. Ni tan sencilla.
Marcus dio un pequeño paso hacia mí.
―Aunque, si me permite un consejo...
Ah. Ahí estaba.
El ataque.
Incliné un poco la cabeza.
―Le permito.
―No acostumbre a confiar tan deprisa en Nathaniel Fairfax.
Lo observé con curiosidad.
Aquello era interesante.
Muy interesante.
―¿Y por qué habría de hacerle caso?
Marcus sostuvo mi mirada unos segundos antes de responder.
―Porque Nathaniel posee una virtud.
―¿Cuál?
―Consigue que todo el mundo confíe en él con demasiada facilidad.
No pude evitar sonreír.
Qué poco elegante por su parte, tratar de que yo desconfiase de un hombre solo porque era amable.
Esperaba un argumento mucho mejor.
―Eso suena más a un cumplido que a una advertencia.
―Depende de quién la escuche.
―Yo la he escuchado.
―Lo sé.
Di un pequeño sorbo al ponche sin apartar los ojos de los suyos.
―Empiezo a pensar que no le agrada demasiado su amigo.
Marcus soltó una leve risa.
―Hace veinte años que lo conozco, pero le recuerdo que no es mi amigo.
―Entonces quizá debería alegrarse de que alguien más descubra lo agradable que resulta su compañía.
Él no respondió enseguida.
Se limitó a observarme.
Era desconcertante.
No tenía esa costumbre tan masculina de mirar solo a los ojos. Su atención parecía desplazarse constantemente entre mi mirada, mi expresión, incluso mis labios cuando hablaba, como si intentara averiguar qué iba a decir antes de que pronunciara la siguiente palabra.
Y, por alguna razón completamente absurda, aquello empezó a ponerme nerviosa.
―¿Qué?
Marcus pareció volver de algún pensamiento lejano.
―Nada.
―Me estaba mirando.
―Es difícil mantener una conversación sin hacerlo.
―No de esa manera.
Una sonrisa fugaz apareció en la comisura de sus labios.
―¿De qué manera?
Maldita fuera.
Ni siquiera sabía responder a eso.
Aparté la vista durante un segundo y terminé el ponche de un solo trago.
Marcus arqueó una ceja.
―Parece que he conseguido incomodarla.
Le devolví la copa vacía al servicio que pasaba junto a nosotros.
―No se haga demasiadas ilusiones.
―Intento no hacerlo.
La orquesta comenzó una nueva pieza.
Un vals más lento.
Marcus dejó su copa sobre una mesa cercana.
Después volvió hacia mí y realizó una inclinación impecable.
―Lady Helena.
Esperé.
Él también.
Hasta que comprendí que estaba aguardando mi respuesta.
―¿Sí?
―¿Me concedería este baile?
Miré por encima de su hombro.
Nathaniel seguía conversando con otros invitados.
Volví a mirar a Marcus.
Su expresión era serena.
Y aquello, me hizo aceptar.
―Será un placer.
En cuanto tomó mi mano comprendí que había cometido un error.
No porque sujetara la mía con demasiada fuerza. Al contrario. Lo hacía con una delicadeza impecable.
El problema era otro.
Era perfectamente consciente del calor de su mano.
Y eso no me había ocurrido con Nathaniel.
Marcus me condujo hasta el centro de la terraza sin pronunciar una sola palabra.
Solo cuando la música comenzó de nuevo colocó una mano sobre mi cintura. El contacto fue correcto, respetuoso.
Exactamente el que exigía el baile.
Entonces, ¿por qué demonios era tan consciente de él?
Respira, Helena. Era solo un vals. Solo un hombre.
Solo el duque con el que, por desgracia, todo el mundo parecía empeñado en casarme.
Y aquello, lejos de tranquilizarme, consiguió exactamente lo contrario.