Capítulo 10
Siempre había pensado que las cenas formales tenían una extraña habilidad para convertir a personas perfectamente normales en actores obligados a representar una obra que nadie había solicitado.
Todos sonreían. Todos hablaban con cuidado de no ofender a nadie. Todos parecían recordar de pronto que cada palabra podía ser repetida en otro salón al día siguiente con una interpretación completamente distinta.
Sin embargo, aquella cena en Devonshire House tenía algo diferente.
Quizá porque yo no era una invitada cualquiera.
Era la mujer que todos esperaban que terminara convirtiéndose en la duquesa de Devonshire.
Una idea que seguía pareciéndome tan absurda que casi esperaba despertar y descubrir que todo aquello había sido una pesadilla provocada por haber tomado demasiado té con pastas en mal estado.
El destino, por supuesto, parecía empeñado en demostrarme que no tenía semejante consideración conmigo.
― Lady Helena, espero que disfrute de la cena.
La voz de Nathaniel Fairfax consiguió sacarme de mis pensamientos.
Estaba sentado a mi lado, lo suficientemente cerca para poder conversar sin necesidad de elevar la voz, pero con la suficiente distancia como para que ningún miembro de la sociedad pudiera encontrar motivo alguno de crítica.
Un detalle que, viniendo de él, no me sorprendía.
Nathaniel parecía pensar en todo.
―Estoy segura de que será excelente.
―¿Lo dice porque confía en el cocinero o porque desea ser amable con sus anfitriones?
Lo miré divertida.
―¿Siempre analiza las respuestas de las personas?
―Solo las interesantes.
Aquello me hizo sonreír.
―¿Y qué ocurre con las aburridas?
―Procuro no hacer sufrir demasiado a las personas que ejecutan ignorándolas.
―Qué considerado.
―Es una virtud poco reconocida.
―¿La consideración?
―No. Sobrevivir a conversaciones aburridas.
Solté una risa antes de poder evitarlo. Y justo en ese instante levanté la mirada.
Marcus estaba observándome de nuevo.
No parecía tener una expresión desagradable ni molesta, pero había reparado en mi risa.
Cuando nuestras miradas se encontraron, apartó la suya con una rapidez casi imperceptible y tomó su copa.
Curioso, fue un gesto muy curioso.
―¿El duque siempre observa tanto? ―pregunté a Nathaniel en voz baja.
Me giré hacia él.
―¿Lo ha notado?
―Sería difícil no hacerlo.
―Pensaba que solo era cosa mía.
Nathaniel sonrió.
―Me temo que su excelencia tiene la costumbre de evaluar todo a su alrededor.
Miré hacia Marcus.
Era cierto.
Incluso sentado tranquilamente parecía estar calculando movimientos.
La diferencia era que yo empezaba a sospechar que él no siempre sabía cuál era la siguiente jugada.
―Quizá porque está acostumbrado a ganar.
Nathaniel inclinó ligeramente la cabeza.
―Eso puede ser cierto.
―¿Siempre gana? ―pregunté.
―No.
Miró hacia Marcus.
―Creer que siempre se sabe cómo termina una partida antes del final suele ser muy estúpido.
Ya no sabía si continuábamos hablando de lo mismo.
Antes de que pudiera responder, Marcus intervino desde el otro lado de la mesa.
―Me sorprende, Fairfax, que tengas tanta experiencia hablando de partidas. ¿No apuestas, no?
Nathaniel levantó la vista.
―¿Has decidido dejar de observar y unirte a la conversación?
―No hablábamos de mí, preguntaba si te gusta jugar.
Algunas personas alrededor de la mesa rieron al escuchar a Marcus.
Era una respuesta ingeniosa. Lo admitía.
Marcus tenía ese talento irritante de decir algo que sonaba como una ofensa y un cumplido al mismo tiempo.
Nathaniel, sin embargo, no pareció molesto.
―Quizá porque solo juego cuando tengo posibilidades.
Marcus apoyó el brazo sobre la mesa.
―Eso parece una forma elegante de evitar perder el resto de ocasiones.
―Y lo que tú dices parece una forma elegante de evitar admitir que a veces ocurre.
La mesa volvió a reír.
Incluso el padre de Marcus.
Observé al duque.
Por un instante pareció sorprendido.
No porque la respuesta le hubiera ofendido. Sino porque Nathaniel acababa de devolvérsela con la misma facilidad que él lo había hecho antes.
Interesante. Muy interesante.
―No sabía que en esta cena fuese a descubrir a personas tan interesantes ―comenté.
Marcus me miró.
―No hay nada de interesante.
Nathaniel levantó una ceja.
―Lo dices por ti.
―No.
―¿Demasiado orgulloso para admitir cuando alguien supone un peligro?
Se hizo un pequeño silencio.
Yo bajé la mirada hacia mi plato para ocultar una sonrisa.
Marcus me había parecido un hombre imposible de sorprender. Empezaba a descubrir que quizá no era cierto.
― Lady Helena ―dijo lady Penelope desde el otro extremo de la mesa―, ¿es cierto que le interesan los jardines?
Noté cómo Marcus levantaba la vista.
Mal asunto.
―Me interesan las plantas que sobreviven a pesar de los jardineros deplorables que no saben cómo cuidarlas. También me interesan las aves.
Charlotte carraspeó.
Mi hermana conocía perfectamente aquella respuesta.
―¿Eso es una crítica a los jardineros? ―preguntó Marcus.
―Depende del jardinero.
―¿Y qué hace que uno sea bueno?
Pensé unos segundos.
―Que escuche lo que necesita aquello que está cuidando.
La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.
No era una referencia a nada. O de eso intenté convencerme.
Nathaniel sonrió.
―Una excelente definición.
―Gracias.
―Aunque imagino que aplicaría a muchas cosas más que a los jardines.
Lo miré.
Era increíblemente fácil conversar con él. No porque intentara impresionarme. Precisamente porque no parecía intentarlo.
―Usted parece encontrar significado en todo.
―No en todo.
―¿En qué sí?
Nathaniel pensó unos segundos.
―En las cosas que importan.
Aquella respuesta era sencilla.
Pero había algo en la manera en que la dijo que hizo que me pareciera más profunda de lo que debería.
Marcus dejó la copa sobre la mesa.
―Qué curioso.
Todos lo miraron.
―¿Qué cosa? ―preguntó su padre.
―Nathaniel.
Él sonrió.
―¿Yo?
―Sí.
Marcus lo señaló ligeramente con la copa que nuevamente volvió a coger.
―Tiene una habilidad preocupante para decir cosas que suenan mejor de lo que realmente son.
Nathaniel no se ofendió.
―Y usted tiene una habilidad preocupante para sospechar de todo lo que suena mejor de lo que espera.
―Porque normalmente hay una razón.
―A veces no y resulta que todo es más sencillo.
―¿De qué hablamos?
Nathaniel miró hacia mí.
―Que algunas personas son exactamente como parecen.
La respuesta fue tan tranquila que por alguna razón me hizo sentir increíblemente cómoda.
Marcus, en cambio, permaneció callado, solo un instante, pero lo suficiente para que yo lo notara.
Durante el resto de la cena ocurrió algo que jamás habría esperado.
Nathaniel consiguió que me olvidara de estar intentando destruir un compromiso.
Hablamos de libros, leídos, también sobre viajes, de una exposición de pintura que ambos habíamos visto meses atrás. Incluso descubrimos que compartíamos una opinión bastante impopular sobre ciertos poemas excesivamente alabados por la sociedad.
―¿No le gustan? ―preguntó sorprendido.
―Me parecen demasiado dramáticos.
―Es una opinión valiente.
―La gente suele confundir sufrimiento con profundidad.
Nathaniel sonrió.
―Creo que acaba de ganarse varios enemigos.
―Tengo práctica en ello.
Marcus, que había permanecido escuchando durante varios minutos, intervino.
―Eso explica muchas cosas.
Giré la cabeza hacia él.
―¿Qué cosas?
―Que parezca disfrutar tanto provocando discusiones.
―No provoco discusiones.
Marcus me miró.
Luego miró alrededor de la mesa.
Después volvió a mí.
― Lady Helena.
―¿Sí?
―La he visto discutir con un jardinero por un árbol.
El recuerdo volvió inmediatamente, y con él, también la vergüenza.
―Eso fue diferente.
―No le niego que jamás lo había visto antes.
―Era un asunto importante.
―Por supuesto ―dijo entre risas.
―Y no veo qué tiene de gracioso.
―No me estoy riendo.
Lo estaba haciendo claramente.
Era una pequeña sonrisa, pero estaba ahí.
Y lo peor era que no parecía una sonrisa burlona, parecía diversión, verdadera diversión.
Aquello me confundía más de lo que deseaba admitir.
Por suerte, Nathaniel volvió a intervenir.
―Creo que el árbol tuvo suerte de contar con alguien dispuesto a defenderlo.
Lo miré.
―Gracias.
Marcus lo observó.
―¿De verdad estás defendiendo a una mujer que discute con el tratamiento de los árboles?
Nathaniel se encogió de hombros.
―Quizá el árbol debía ser tratado de otra manera, no conozco el caso.
No pude evitar reír.
Y esta vez no fue solo una sonrisa. Fue una risa completa.
Cuando terminé, me di cuenta de que Marcus me estaba mirando.
No lo hacía como antes, ahora era bien diferente, hasta me atrevería a decir que se le empezaba a dibujar una sonrisa a él también. Pero desapareció tan rápido que pensé que quizá lo había imaginado.
Al terminar la cena, los caballeros se levantaron primero.
Nathaniel esperó a que las damas comenzáramos a movernos y, cuando llegó mi turno, hizo exactamente lo que había hecho al sentarme.
Retiró mi silla.
No porque nadie estuviera mirando.
―Gracias, señor Fairfax.
―Siempre es un placer ayudar.
Y ahí estaba otra vez la diferencia.
Marcus podía hacer que una mujer se sintiera observada.
Nathaniel hacía que una mujer se sintiera cuidada.
Mientras salíamos del comedor, miré discretamente hacia donde estaba el duque.
Él también había visto el gesto.
Y aunque su expresión seguía siendo tranquila, había algo diferente en sus ojos.
Si Marcus Devereux no tenía ningún interés en mí, entonces no había razón para preocuparme.
Nathaniel Fairfax era exactamente el tipo de hombre que una mujer debería elegir. Él era educado, atento, amable. Y, sobre todo, completamente incapaz de hacerme perder la paciencia.
Lo cual era una cualidad extraordinaria.
Especialmente después de conocer al duque de Devonshire.