Verdes, como la esperanza de olvidarte Capítulo 9
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Capítulo 9

Si existía algún premio para la familia más decidida a complicarme la existencia, aquella noche los Devereux parecían firmemente resueltos a llevárselo.

El carruaje se detuvo frente a una elegante residencia en Mayfair cuya fachada, bañada por la luz de los faroles, resultaba tan impecable que habría hecho sospechar incluso al más ingenuo.

Las ventanas desprendían una cálida luz dorada, los jardines parecían recién peinados por algún jardinero obsesionado con la perfección, y hasta las escalinatas de piedra lucían un aspecto insultantemente distinguido.

No era justo que una casa destinada a albergar mis peores desgracias tuviera semejante buen aspecto.

―Helena ―murmuró mi madre mientras el cochero abría la portezuela―. Procura sonreír.

La miré con resignación.

―¿Todo el tiempo? ¿O podré descansar un segundo?

―Me conformo que lo hagas cuando haya alguien mirándote.

―Entonces apenas tendré descanso.

Mi padre me dirigió una de esas miradas que llevaban acompañándome desde los siete años y que significaban exactamente lo mismo sin importar las palabras que vinieran después.

―Compórtate.

―Siempre me pide lo mismo, padre. Empiezo a pensar que no confía en mí.

Su silencio respondió por él.

Descendí del carruaje procurando conservar la dignidad de una mujer que acudía voluntariamente a la casa del hombre con quien menos deseaba compartir el resto de su vida.

Nada más alcanzar el último escalón, un mayordomo impecablemente vestido abrió las puertas antes incluso de que tuviéramos oportunidad de llamar.

―Lord y lady Whitmore. Lady Helena. Lady Charlotte. Bienvenidos a Devonshire House.

Su reverencia fue perfecta; ni exageradamente servicial ni distante, sino exactamente la clase de cortesía que uno espera encontrar en una casa donde todo parece funcionar con la precisión de un reloj suizo.

Aquello me resultó irritante. Cuando una se prepara para detestar a una familia, ayuda bastante que al menos el servicio sea desagradable.

Nos condujo por un amplio vestíbulo revestido de mármol claro donde enormes arreglos florales perfumaban discretamente el ambiente.

Los retratos familiares ocupaban las paredes sin que uno solo de los marcos estuviese inclinado, las alfombras parecían recién estrenadas y cada objeto ocupaba exactamente el lugar que debía ocupar.

Era una de esas casas donde incluso el silencio era perfecto.

Charlotte giró discretamente sobre sí misma para contemplarlo todo.

―Es preciosa.

―Demasiado ―me quejé yo.

―¿También eso es un defecto?

―No lo es, pero dame tiempo, lo estoy buscando, y no pienso rendirme tan fácilmente.

Mi hermana sonrió para sí.

Al llegar al salón principal comprendí que el problema no era únicamente la casa.

El padre del duque salió inmediatamente a recibirnos y lo hizo con una cordialidad que, para mi absoluta desesperación, parecía sincera.

No saludó a mi padre con esa superioridad tan habitual entre los grandes títulos de Inglaterra, sino con la cercanía de un viejo conocido.

Besó respetuosamente la mano de mi madre, preguntó a Charlotte por el libro que llevaba bajo el brazo, y hasta consiguió que mi padre riera antes de que transcurrieran cinco minutos de conversación.

Lo observé con atención.

Podía estar fingiendo.

Después de todo, cualquier hombre que necesitara impresionar a la familia de su futura nuera sería capaz de representar un papel durante una velada.

Aunque... debía reconocer que fingir con semejante naturalidad requería un talento extraordinario.

Aquella posibilidad me desagradó profundamente.

Había acudido a aquella casa decidida a encontrar defectos, no virtudes.

―Marcus bajará enseguida ―anunció el duque predecesor.

Y, contra todo pronóstico, mi estómago decidió comportarse como un traidor.

No era nerviosismo. O, al menos, me negaba a llamarlo así.

Probablemente solo había comido poco.

O el carruaje se había movido más de la cuenta.

Sí. Debía de ser eso.

Escuché unos pasos acercándose desde el corredor y, sin saber muy bien por qué, levanté la vista antes de que apareciera.

Marcus Devereux entró en el salón con esa desconcertante tranquilidad de quienes jamás han tenido prisa por demostrar nada a nadie.

Vestía un traje negro que parecía haber sido confeccionado exclusivamente para él, llevaba el cabello ligeramente revuelto, como si el viento hubiese decidido también colaborar discretamente con su aspecto, y caminaba con esa seguridad irritante propia de los hombres acostumbrados a que el mundo les abriera paso antes incluso de pedirlo.

Entonces levantó la cabeza.

Y me miró.

Verdes. Maldije de nuevo al verlos.

No recordaba haber pensado nunca que unos ojos pudieran alterar el curso de una conversación, pero los del duque eran exactamente del tono que había imaginado cientos de veces durante mi adolescencia.

Un verde intenso, limpio, imposible de describir sin parecer una muchacha impresionable.

Verdes como los de un bosque en Escocia.

De modo que aparté inmediatamente aquel pensamiento.

Era un hombre.

Solo un hombre.

Daba igual el color de sus ojos.

Sin embargo, los míos permanecieron un instante más sobre los suyos.

Y luego otro.

Magnífico, Helena, me dije regañándome.

Llevaba años soñando con mirar unos ojos verdes de cerca y el universo había decidido concederme el capricho precisamente en el hombre con el que menos deseaba casarme de toda Inglaterra.

Qué sentido del humor tan deplorable tenía el destino.

Marcus comenzó a acercarse a nosotros y fui dolorosamente consciente de que no era la única que lo observaba.

Varias damas interrumpieron discretamente sus conversaciones cuando pasó junto a ellas; incluso una de las jóvenes que conversaba con Charlotte dejó escapar un suspiro que creyó perfectamente disimulado.

Claro, que no lo había hecho.

Era evidente que el duque despertaba aquella clase de reacciones con demasiada frecuencia.

Libertino, me repetí.

No necesitaba ninguna prueba para saberlo.

Un hombre con aquel aspecto, aquella sonrisa descarada, y aquella tranquilidad solo podía haber coleccionado corazones rotos desde Londres hasta el último rincón del mundo que hubiera pisado.

Y, sin embargo, cuando finalmente se detuvo frente a mí, toda aquella seguridad que yo había construido durante el trayecto pareció tambalearse de una forma profundamente incómoda.

― Lady Helena.

Solo pronunció mi nombre. Nada más.

Pero había algo en el tono de su voz ―grave, sereno, casi divertido― que hizo que mi corazón olvidara durante un instante cuál era su obligación principal.

Me di un pequeño golpecito sobre el pecho tratando de disimular una tos, había que ponerlo en marcha de nuevo antes de quedarme tirada sobre el suelo.

Respirar, Helena, debes respirar, eso sonaba dentro de mi cabeza. Solo tienes que volver a respirar.

Era un objetivo sorprendentemente difícil en ese instante.

Marcus sostuvo mi mirada solo un instante antes de volverse hacia el resto de los presentes con esa facilidad que tienen algunas personas para ocupar una habitación sin necesidad de elevar la voz.

―Permítanme presentarles oficialmente a lady Helena Whitmore y a lady Charlotte Whitmore.

Su padre sonrió con evidente satisfacción, como si aquella sencilla presentación hubiera supuesto la culminación de un elaborado plan que llevaba meses preparando.

Las primeras en acercarse fueron dos jóvenes de aproximadamente mi edad.

―Mis primas, lady Eleanor y lady Penelope Devereux.

Ambas hicieron una reverencia impecable y me recibieron con una cordialidad que, para mi creciente desesperación, tampoco parecía fingida.

Charlamos unos minutos sobre la temporada, sobre un concierto celebrado la semana anterior y sobre el estado de los jardines de Londres, hasta que Marcus volvió a aparecer a nuestro lado.

Esta vez, sin embargo, venía acompañado de tres caballeros.

Su expresión cambió en una fracción de segundo. Tan solo fue un gesto. De hecho casi imperceptible. Pero ocurrió. Como si aquella presentación no figurase exactamente entre sus planes para la velada. Como si se hubiera visto obligado a hacerlo.

―Y ellos... ―dijo con una resignación exquisitamente disimulada― son algunos amigos de mi hermano Julian.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

―Han decidido honrarnos con su presencia esta noche.

La frase sonó tan diplomática que cualquiera habría pensado que era un cumplido.

Yo no. Había detectado el matiz.

Marcus no quería que estuvieran allí.

Uno de los caballeros soltó una carcajada.

―Lo que el duque intenta decir es que nos hemos invitado solos.

―Exactamente ―respondió Marcus sin molestarse en negarlo.

Aquello me arrancó una sonrisa.

El primero de ellos era un hombre rubio de aspecto vivaz que no dejaba de bromear con absolutamente todo. El segundo parecía más reservado, con unos modales impecables y una expresión permanentemente divertida, como si observar a los demás fuera su entretenimiento favorito.

Pero fue el tercero quien llamó mi atención.

No porque fuera el más atractivo, que también lo era, y el más elegante.

Marcus seguía ganando aquella batalla sin demasiadas dificultades.

Pero es que lo que tenía aquel hombre era otra cosa.

Una tranquilidad extraordinaria.

― Lady Helena ―dijo inclinando su cabeza al situarse frente a mí.

―Encantada de conocerle, caballero ―respondí.

―Nathaniel Fairfax.

Su voz era pausada, cálida, y poseía esa extraña virtud de hacer que uno sintiera que no existía nadie más alrededor mientras hablaba.

―Es un placer conocerla.

―El placer es mío, señor Fairfax.

Él sonrió.

No era una sonrisa deslumbrante.

Era... amable. Extrañamente amable.

La clase de sonrisa que inspiraba confianza antes que admiración.

Charlábamos sobre los jardines de Mayfair cuando una persona del servicio apareció con varias copas de ponche.

Nathaniel tomó una antes de que yo pudiera hacerlo.

―Permítame.

Sostuvo mi abanico mientras yo aceptaba la copa.

Tardé un segundo en comprender lo que acababa de hacer.

Ningún caballero había hecho jamás algo semejante.

Era un gesto insignificante quizá para el resto, tan pequeño que probablemente habría pasado desapercibido para cualquiera.

Pero gracias a él pude beber sin convertirme en una equilibrista obligada a sostener abanico, copa y dignidad al mismo tiempo.

―Gracias.

―No hay nada que agradecer.

Respondió como si aquello fuera lo más normal del mundo.

Devolvió el abanico a mi mano con la misma delicadeza con la que lo había tomado.

Y continuó la conversación exactamente donde la habíamos dejado.

Sin esperar elogios, sin buscar reconocimiento, simplemente... porque había pensado que podía facilitarme las cosas.

Qué curioso todo, y al levantar la vista descubrí a Marcus observándonos desde el otro extremo del salón.

Solo un instante.

Después apartó la mirada para responder a una pregunta de mi padre.

Seguramente ni siquiera había prestado atención. ¿Por qué iba a hacerlo?

El señor Fairfax era amigo de su hermano.

Cuando el mayordomo anunció que la cena estaba servida, los invitados comenzaron a dirigirse hacia el comedor.

Nathaniel caminaba a mi lado conversando sobre un viaje que había realizado a la India años atrás.

Yo escuchaba con verdadero interés.

No porque el viaje fuera extraordinario.

Sino porque él sabía contar las cosas sin convertirlas en una exhibición de sí mismo. Eso era poco frecuente entre los caballeros a los que había conocido en los últimos años.

Al llegar a la mesa, una joven del servicio comenzó a indicar el lugar de cada invitado.

Nathaniel esperó.

Yo avancé hacia mi asiento.

Y, justo antes de que pudiera acomodarme, retiró ligeramente la silla. Esperó a que me sentara, y después la acercó con cuidado para evitar que tuviera que hacerlo yo.

Fue un gesto breve, podría decirse que elegante.

Perfectamente ejecutado sin duda. Tan discreto que probablemente nadie reparó en él.

Nadie salvo, Marcus.

Porque al levantar la vista me encontré con sus ojos.

No parecían enfadados ni molestos, ni siquiera sorprendidos. Simplemente permanecían sobre nosotros con una atención que no había mostrado en toda la noche.

Solo duró poco tiempo.

Después tomó asiento frente a mí como si absolutamente nada hubiera ocurrido.

Y, sin embargo, tuve la extraña impresión de que acababa de empezar una partida cuyas reglas ninguno de los dos conocíamos todavía.