Capítulo 8
Siempre se había sospechado que las hermanas menores nacían con un talento natural para resultar insoportables. Charlotte Whitmore era la prueba viviente de aquella teoría.
―Así que...
Levanté la vista del plato de tostadas.
―No.
―Ni siquiera he preguntado nada.
―Precisamente por eso. Para que no empieces.
Charlotte sonrió.
Era una sonrisa pícara. La misma que aparecía en su rostro justo antes de formular una pregunta cuya respuesta ya conocía de sobra pero necesitaba escucharla.
―¿Cómo es el duque?
Unté la mantequilla con una serenidad admirable.
―Tiene dos ojos, dos brazos, dos piernas…
―Helena.
―Y una nariz…
―¡Helena!
―Bastante centrada, por cierto. Es de esos rostros bastante simétricos se podría decir.
Charlotte dejó escapar una risa.
―Os vi bailar.
Aquello consiguió que levantara la vista.
―Lamento profundamente que tuvieras que presenciar semejante horror. Nos vimos obligados por su tía.
―No parecíais incómodos.
―Fue un verdadero sufrimiento por ambas partes. Imagino que los dos sabemos disimular muy bien.
Charlotte apoyó la barbilla sobre la mano.
―También os vi sonreír.
Maldición. Había sonreído. Dos veces. Quizá tres. Lo recordaba.
Aunque una de ellas había sido para evitar que se le viese demasiado pensativa mientras su mano se ceñía a la cintura.
―La gente sonríe constantemente en los bailes.
―No de esa manera.
―¿Qué manera? ¿Has dormido bien?
Charlotte imitó mi sonrisa con una exactitud irritante.
―La manera en la que una persona sonríe justo antes de insultar a otra por desesperación.
Reflexioné unos segundos.
―Eso sí ocurrió.
―Lo imaginaba.
Tomé un sorbo de té.
―No cambia nada.
―¿No?
Negué con la cabeza.
―Este compromiso no llegará al final de la semana.
Charlotte arqueó una ceja.
―Con qué seguridad lo dices, hermana.
―Absoluta.
―¿Y cómo piensas conseguirlo?
Sonreí. Por fin escuchaba una pregunta interesante.
―Todavía estoy decidiéndolo.
―Eso no inspira demasiada confianza.
―No necesito un plan completo.
―¿No?
―Solo necesito desesperarlo, quizá poco a poco.
Charlotte dejó la taza sobre el platillo.
―¿Desesperar al duque de Devonshire?
―Exactamente.
―Al hombre que ayer soportó que le llamaras prácticamente demente delante de media aristocracia y respondió riéndose.
Guardé silencio.
Era un detalle que prefería omitir.
―No fue así como ocurrió, primero fue él quien se atrevió a llamarme loca a mí.
―Claro…
―Ten por seguro que mi plan funcionará.
―Naturalmente que funcionará.
―¿Por qué pones esa cara?
―Porque conozco esa mirada.
―¿Qué mirada?
―La que tienes justo antes de hacer algo extraordinariamente imprudente.
Me llevé una mano al pecho.
―¡Charlotte!
―¿Sí?
―Empiezas a sonar como mamá.
―Es uno de los mayores halagos que me han dirigido nunca.
No pude evitar reír.
Charlotte sonrió también.
Luego tomó un sobre que descansaba junto al frutero.
―A propósito.
Sentí un escalofrío.
Nunca ocurría nada bueno después de un: a propósito.
―Ha llegado esto hace una hora.
Me tendió la carta.
Reconocí el sello inmediatamente.
Un escudo. Dos leones rampantes. Los Devereux.
No me molesté en abrirla. No hacía falta. Ya sabía que cualquier cosa procedente de aquella familia iba a complicarme la existencia.
―¿Y bien?
Charlotte parecía disfrutar demasiado.
―¿No piensas averiguar de qué se trata?
―No me interesa.
―Pues yo creo que sí y por eso la abrirás cuando estés a solas…
Charlotte tenía una habilidad escabrosa para sacarme de quicio, y además para salirse con la suya.
Así que sí, abrí el sobre, desdoblé el papel, leí las primeras líneas, después las segundas. Volví a leer las primeras.
No. Aquello no podía estar pasando.
―¿Helena?
Levanté la vista lentamente.
―Tengo una mala noticia.
―¿Ha roto el compromiso?
―¡Ojalá!
Charlotte sonrió con auténtica curiosidad.
―Entonces...
Respiré hondo.
―El duque de Devonshire y su padre nos invitan esta noche a cenar en su residencia de Mayfair.
Charlotte dio un pequeño aplauso.
―¡Qué emocionante!
―No.
―Muchísimo.
―Charlotte.
―Sí, ya lo sé que a ti no te emociona nada.
―Necesito que me hagas un favor.
―Depende.
―Si en algún momento durante la cena intento arrojarle la sopa al duque...
Charlotte levantó una ceja.
―¿Crees que lo harías?
―Por supuesto, así es que recuérdame que todavía necesito que sea él quien rompa el compromiso.
Mi hermana sonrió despacio.
―Helena...
―¿Qué?
―Empiezo a sospechar que el problema no será conseguir que él rompa el compromiso.
Fruncí el ceño.
―¿Entonces cuál?
Charlotte tomó otra tostada con tranquilidad.
―Conseguir que no acabes enamorándote de él mientras lo intentas alejar.
Abrí la boca para protestar.
Pero no encontré ninguna respuesta.
Y eso, para mi desgracia, empezaba a ocurrir con una frecuencia preocupante desde que Marcus Devereux había decidido aparecer en mi vida.
Charlotte esperó exactamente ocho segundos que conté. Porque sabía que iba a hablar.
―¿Y bien?
Seguí mirando la invitación.
―¿Y bien qué?
―¿Cuál es el plan?
―¿Qué plan?
Mi hermana dejó escapar un suspiro.
―Helena, llevas toda la mañana asegurando que ese compromiso terminará antes de una semana. Acabas de descubrir que esta noche cenarás en casa del hombre con el que no piensas casarte. Supongo que existe un plan.
Doblé la invitación con una calma que no sentía.
―Por supuesto que existe.
Charlotte sonrió.
―Sabía que sí.
―Solo debo decidir por donde empiezo.
―¿Te está resultando complicado?
―No, es solo que tengo varios. Necesito plan A, plan B, y por si acaso un plan C.
Mi hermana apoyó ambos codos sobre la mesa.
Aquello significaba que estaba disfrutando demasiado.
―Ilumíname.
Me levanté y comencé a pasear por el comedor.
Siempre pensaba mejor caminando.
Mi padre aseguraba que aquello era un defecto.
Yo prefería llamarlo movimiento pensador.
―Primera posibilidad.
Levanté un dedo.
―Lo ignoro toda la noche.
Charlotte negó lentamente con la cabeza.
―No.
―¿Por qué no?
―Porque eres incapaz de hacer tal cosa.
―¿Cómo que soy incapaz?
―No soportas que la gente crea que tiene razón. Si él dijera que el cielo es azul, discutirías hasta convencerlo de que es ligeramente gris.
La miré.
―Eso es ridículo.
Charlotte esperó.
―...dependería de la hora del día.
―Exactamente a eso me refiero, no podrás callarte e ignorarle.
Volví a caminar.
―Segunda posibilidad.
―Adelante.
―Lo contradigo en absolutamente todo.
―Eso ya lo hiciste anoche.
―Es verdad, pues continuaré haciéndolo.
―A mí me pareció que se divertía.
Me detuve.
Aquello era un problema.
No podía divertirse.
Los hombres que iban a romper un compromiso no se divertían con sus futuras esposas.
Se debían desesperar.
―Tiene que existir algo que lo saque de sus casillas.
Charlotte levantó la vista del té.
―Quizá no.
―Todo el mundo tiene algo.
―Tú, por ejemplo.
―¿Yo qué?
―No soportas que te digan lo que tienes que hacer.
―Porque normalmente se equivocan en lo que he de hacer en ese momento.
―Mamá diría que eres insoportable.
―Mamá exagera.
―Papá también lo dice.
―Papá la quiere demasiado como para llevarle la contraria.
Charlotte soltó una carcajada.
Yo seguía pensando.
Entonces ocurrió.
Fue una idea tan brillante que incluso me detuve.
―Ya está.
―Eso lo diré yo después de escucharlo ―dijo ella.
Sonreí.
―No voy a discutir con él.
Charlotte frunció el ceño.
―¿No?
Negué despacio.
―Voy a estar completamente de acuerdo con todo.
Mi hermana tardó unos segundos en comprenderlo.
Y cuando lo hizo, empezó a reír.
―Eso es terrible.
―¿Verdad que sí?
―Helena...
―Ningún hombre soporta a una mujer que le da siempre la razón.
Charlotte seguía riéndose.
―Creo que acabas de describir el sueño de la mitad de los hombres de Inglaterra, hermanita.
―No ―Negué convencida.
―Créeme, cualquier hombre querría eso.
―Hermana, perdoname que te lo diga pero no sabes nada de amor si crees que un esposo desea una mujer obediente y sumisa.
Charlotte me miraba con una ceja levantada exageradamente, pero no respondía.
Imité una voz dulce.
―«Tiene usted toda la razón, excelencia».
Charlotte casi derramó el té.
―«Qué observación tan inteligente, excelencia» ―volví a imitar su voz.
Mi hermana se sujetó el estómago para reírse bien a gusto.
―«Jamás había conocido a un hombre tan brillante, excelencia».
―¡Basta! ―dijo entre risas―. Me estás dando miedo.
Sonreí satisfecha.
―Lo ves.
―No.
Charlotte negó con la cabeza.
―Lo que veo es que tú también empiezas a divertirte.
Mi sonrisa desapareció.
―No me divierto.
―¿Ah, no?
―En absoluto.
―Curioso. Habría jurado que te parecía divertido.
―¿Por qué?
―Porque llevas quince minutos hablando únicamente del duque.
Abrí la boca.
La cerré.
Charlotte tomó otro sorbo de té.
―Y ni una sola vez lo has llamado «ese maldito hombre» como acostumbras a hacer con cualquier otro que te desespera.
La observé.
―No sé qué insinúas.
―Nada.
―Charlotte.
―Simplemente me parece interesante que ya recuerdes perfectamente .todos sus rasgo, defectos y virtudes.
―Es difícil olvidarlo.
―¿Ah, sí?
―Claro.
―¿Por qué?
Respondí demasiado deprisa.
―Porque tengo que destruir su vida.
Charlotte dejó la taza sobre la mesa.
―Helena.
―¿Qué?
―Creo que normalmente la gente no memoriza con tanto entusiasmo a esas personas que le son indiferentes.
La fulminé con la mirada.
Ella sonrió.
Y en ese preciso instante apareció mi madre en el umbral de la puerta.
Nos miró a las dos.
Luego miró el reloj.
Y después anunció con la solemnidad de un juez dictando sentencia:
―Faltan cuatro horas para la cena en Mayfair.
Ninguna respondió.
―Helena.
―¿Sí, madre?
―Te prohíbo expresamente provocar un incidente allí.
Suspiré.
―Qué exageración.
―También te prohíbo insultar al duque.
―Jamás haría algo así.
―Llamarlo paciente fugado de un hospital cuenta como insulto.
Charlotte volvió a reír.
Mi madre señaló un dedo hacia mí.
―Y ni se te ocurra liberar ninguna mascota que encuentres en esa casa.
Fruncí el ceño.
―¿Por qué iban a haber mascotas en cautiverio?
Mi madre cerró los ojos un instante.
―No importa. La cuestión es que las dejarás donde estén.
Esperó unos segundos.
―¿He sido suficientemente clara?
Sonreí con toda la inocencia de la que fui capaz.
―Meridianamente.
En cuanto salió del comedor, Charlotte murmuró:
―¿Vas a obedecerla?
La miré con serenidad.
―Por supuesto ―Hice una pausa―. Siempre que el duque no tenga un loro encerrado.
Charlotte dejó caer la cabeza sobre la mesa.
―Pobre Marcus Devereux.
Negué con decisión.
―No.
La verdadera víctima de esta historia soy yo. Y estaba completamente convencida de ello.