Verdes, como la esperanza de olvidarte Capítulo 7
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Capítulo 7

La peor parte de todo aquello era que Marcus Devereux era irritantemente hermoso.

No era una observación que me agradara hacer. Ni una que pensara repetir. Pero tampoco tenía intención de mentirme a mí misma.

Era alto, muy alto. Tenía los hombros anchos, una mandíbula imposible de ignorar y unos ojos de color verde oscuro que parecían observarlo todo sin esfuerzo.

Y lo peor era que lo sabía. Por supuesto que lo sabía. Los hombres como él siempre lo sabían.

Bastaba mirar alrededor para comprobarlo. Tres damas fingían conversar mientras intentaban observarlo con disimulo fallido.

Una cuarta casi se había girado por completo. Y una quinta parecía debatirse entre desmayarse o escribirle una propuesta matrimonial allí mismo.

Yo no las culpaba. Bueno, quizá un poco.

Porque una cosa era admirar una obra de arte. Y otra muy distinta perder toda capacidad de razonamiento frente a ella.

―¿Está frunciendo el ceño? ―me preguntó.

Levanté la vista.

―Porque estoy bailando con usted ―respondí.

―Qué romántico, eso que me dice.

―No se acostumbre.

Una sonrisa apareció en su boca que le obligó a elevar ambas comisuras de sus labios.

Aquella sonrisa. La misma que probablemente había causado la ruina emocional de media Inglaterra.

Libertino. Tenía que serlo. No existía otra explicación para que permaneciese soltero.

Ningún hombre podía poseer aquella cara, aquella seguridad y aquella sonrisa sin haber dejado un rastro de corazones rotos desde Londres hasta Escocia.

Era una cuestión estadística.

―Parece preocupada.

―Estoy intentando calcular cuántas mujeres llorarán esta noche cuando descubran que al parecer se ha interesado por mí. Y no se preocupe, que sé de primera mano que esto ha sido todo un acuerdo ventajoso entre familias.

Él soltó una risa baja.

Y, para mi desgracia, era una risa agradable.

―¿Siempre es tan cruel?

―Solo con quienes se lo merecen.

―Entonces debo preocuparme.

―Muchísimo.

La música nos obligó a girar.

Su mano permanecía firme sobre la mía.

Demasiado firme, por Dios si hasta me sentí segura como nunca.

Demasiado cálida también. Y aquello era absurdo porque yo había bailado con decenas de hombres.

Solo era un baile. Sin embargo, cada vez que levantaba la vista me encontraba con aquellos ojos.

Y aquello empezaba a resultar incómodo. Porque eran verdes.

―¿Qué ocurre?

Parpadeé.

―Nada.

―Ha dejado de insultarme durante casi treinta segundos.

―Estaba descansando para después empezar con más fuerza..

―Qué considerado por su parte.

Volvimos a girar.

Y entonces ocurrió.

Solo fue un instante, una fracción de segundo.

Marcus bajó la mirada. Desde mis ojos hasta mis labios. Y después volvió a mis ojos.

Tan rápido que cualquier otra persona podría no haberlo notado. Pero yo sí.

Y de repente fui terriblemente consciente de que estaba demasiado cerca.

Un fuego abrasador se colocó en mis mejillas.

El roce de nuestras manos no ayudaba a que aquello desapareciera.

Ese perfume que llevaba se había vuelto tan intenso que solo era capaz de respirarlo a él.

Hasta su respiración me estaba obligando a acompasarla con la mía.

Por suerte, él pareció darse cuenta al mismo tiempo. Porque apartó la vista inmediatamente. Como si no hubiera ocurrido. Como si ambos hubiéramos decidido ignorarlo.

Lo cual era una excelente idea.

Una magnífica idea.

La mejor idea que había tenido nadie jamás.

―Está usted muy callado.

―Estoy intentando ser educado.

―¿Y le resulta difícil?

―Extraordinariamente complicado.

―Lo comprendo a mí me ocurre lo mismo.

―No lo creo.

Yo tampoco lo creía.

Y aquello era precisamente el problema.

Porque empezaba a sospechar que Marcus Devereux era mucho más peligroso de lo que había imaginado en un principio.

No porque fuera atractivo. Eso habría sido sencillo.

Lo peligroso era que parecía divertirse conmigo.

Como si nuestras conversaciones fueran un juego.

Como si mis ataques no le molestaran.

Como si estuviera esperando el siguiente.

Y yo necesitaba que se molestara.

Necesitaba que se cansara de mí.

Necesitaba que decidiera que era insufrible.

Porque si Marcus rompía el compromiso, todo terminaría, y yo recuperaría mi libertad.

La música comenzó a apagarse. Gracias al cielo el baile llegaba a su fin.

Marcus me condujo hacia el borde de la pista. Yo estaba preparada para retirarme, preparada para marcharme, preparada para poner varios metros de distancia entre nosotros.

Entonces él tomó mi mano, y se inclinó.

No fue más que un gesto de cortesía.

Un gesto que había visto cientos de veces. Un gesto insignificante.

Salvo que no lo fue. Porque sentí sus labios sobre mis nudillos. Y una extraña corriente me recorrió el brazo.

Breve y ridícula, y a la vez inaceptable.

Retiré la mano inmediatamente.

Tan rápido que incluso él pareció sorprenderse.

Mis dedos desaparecieron de los suyos.

―Gracias por el baile, duque.

Mi voz sonó perfectamente normal.

Lo cual fue un milagro.

Marcus arqueó una ceja.

―¿He cometido algún crimen?

―¿Esa pregunta?

―Se marcha usted como si fuese a asesinarla.

―Puede estar tranquilo, solo me retiro a por limonada, pero respecto a lo del crimen... no pierda la esperanza de querer matarme.

Sus ojos brillaron. Y aquella maldita sonrisa regresó a su rostro.

―Jamás lo hago, lady Helena. La esperanza es lo último que una persona viva pierde.

Lo observé alejarse entre la multitud. Aquel hombre tan guapo, atractivo, era exactamente el tipo de hombre que debía rechazar.

Entonces, ¿por qué tenía la sensación de que acababa de perder algo? Aunque no tenía la menor idea de qué era.