Verdes, como la esperanza de olvidarte Capítulo 6
18%

Capítulo 6

Helena siguió sonriendo. Y Marcus comprendió inmediatamente que aquella sonrisa significaba problemas. No sabía exactamente qué clase de problemas, Pero sí sabía reconocer una amenaza cuando la tenía delante.

La había visto discutir con un árbol.

Ahora acababa de descubrir que era la mujer elegida por su familia para su compromiso.

Las probabilidades de que aquello terminara bien disminuían por segundos.

― Lady Helena Whitmore ―pronunció pensativo.

―Su excelencia.

―Parece decepcionada.

―Oh, no.

Helena inclinó ligeramente la cabeza.

―Decepcionada habría sido descubrir que era usted amable.

Marcus soltó una risa.

No pudo evitarlo.

Y aquello pareció molestarla todavía más.

―¿Y usted? ―preguntó ella―. ¿Está decepcionado?

―Todavía estoy evaluando la situación.

―Qué prudente.

―Tengo la sensación de que la prudencia será necesaria aquí.

Helena cruzó los brazos.

Era una postura defensiva. Desafiante.

Y completamente impropia de una dama en medio de un salón abarrotado.

Marcus descubrió que le gustaba.

Lo cual era inconveniente. Muy inconveniente. Porque aquella mujer estaba loca. Quizá no de una forma preocupante, pero al fin y al cabo, loca.

Como si hubiese dedicado años a perfeccionar exactamente qué decir para dejar incómodos a quienes la rodeaban.

―Debo admitir algo ―dijo Helena.

―¿Eso suele ser peligroso? Todavía no la conozco lo suficiente ―dijo él.

―Ya me había formado una opinión sobre usted.

Marcus arqueó una ceja.

―¿Y cuál era?

―Pensé que sería más viejo.

―Gracias.

―Y más calvo.

―Gracias de nuevo.

―Y considerablemente menos atractivo.

Marcus parpadeó.

Ella también. Pues durante un segundo pareció sorprendida por haber dicho aquello en voz alta. Solo un segundo. Porque se recuperó enseguida.

―Lo cual es una desgracia.

―¿Una desgracia?

―Naturalmente.

―Explíquese ―pidió él.

Helena suspiró.

―Es mucho más sencillo detestar a alguien desagradable a la vista.

Marcus la observó. Y se quedó sin respuesta. Porque entendía exactamente lo que quería decir. Demasiado bien.

Ella esperaba un monstruo. Y él esperaba una interesada. Ninguno había obtenido lo que buscaba.

―Me temo que yo también estoy decepcionado.

Los ojos de Helena se estrecharon.

―¿Por qué?

―Esperaba que fuera menos interesante.

Aquello la tomó desprevenida.

Marcus se dio cuenta.

Le duró apenas un instante, pero ocurrió.

Y algo extraño se instaló entre ellos.

Como si ambos acabaran de descubrir que el otro era más complicado de lo que resultaba conveniente.

Helena fue la primera en romper el momento.

―Bien ―dijo ella.

―Bien ―repitió él.

―Ahora que nos conocemos...

―Es una forma demasiado generosa de decirlo...

―...supongo que deberíamos fingir que esta conversación ha sido agradable ―terminó su frase Marcus.

―¿Por el bien de nuestras familias?

―Por el bien de todos los inocentes que nos rodean ―dijo Marcus mirando a su alrededor.

Varias personas fingían no observarlos, aunque nadie estaba teniendo éxito.

―Tiene razón.

―Lo sé.

Helena sonrió.

Y Marcus tuvo una revelación inquietante.

Aquella mujer no estaba intentando agradarle, ni impresionarlo, ni seducirlo. Estaba intentando irritarlo. Con entusiasmo, además.

Y, lo más desconcertante de todo es que parecía disfrutarlo.

Helena, por su parte, observó al duque con atención.

Seguía siendo demasiado atractivo. Aquello continuaba resultándole profundamente molesto. Había esperado encontrar un hombre fácil de rechazar. Un hombre que inspirara indiferencia. No un hombre que respondiese a sus ataques con una sonrisa divertida.

Era desesperante. Pero no imposible. Nada era imposible. Solo necesitaba esforzarse más.

Porque si Marcus Devereux creía que iba a convertirse en una esposa obediente y complaciente...

Bueno, pues estaba a punto de descubrir lo equivocada que podía estar una persona. Y Helena Whitmore siempre había disfrutado corrigiendo errores.

―¡Aquí estáis!

La voz de lady Beatrice llegó antes que ella.

Helena y Marcus giraron la cabeza al mismo tiempo.

Lady Beatrice avanzó hacia ellos con la sonrisa satisfecha de una capitán que contempla un campo de batalla que cree haber conquistado.

―Sabía que terminaríais encontrándoos vosotros solos.

Marcus vio cómo Helena sonreía.

Era una sonrisa encantadora, delicada. Parecía ensayada, educada, y completamente falsa.

― Lady Beatrice ―dijo Helena con dulzura―. El placer es mío.

Mentirosa, pensó Marcus.

Porque estaba bastante seguro de que Helena preferiría arrojarse a un río antes que admitir estar disfrutando de aquella velada.

―Buenas noches tía, una fiesta excepcional.

―Gracias, Marcus.

Lady Beatrice observó a ambos con evidente satisfacción.

―Qué bien os veis juntos.

Helena no pestañeó.

―Su sobrino ha sido extremadamente amable ―dijo Helena.

Marcus estuvo a punto de atragantarse.

Amable, había dicho amable.

― Lady Helena es excesivamente generosa.

Ella lo miró.

Él la miró.

Y ambos sonrieron.

Desde fuera parecía una interacción agradable.

Desde dentro de cada uno, claramente se estaban declarando la guerra.

―Estábamos teniendo una conversación fascinante ―continuó Helena.

―Extraordinariamente educativa ―añadió Marcus.

―Su sobrino tiene opiniones muy particulares sobre la salud mental.

―Y lady Helena posee conocimientos sorprendentes sobre arboricultura.

Los ojos de Helena brillaron.

Marcus reconoció inmediatamente el peligro en aquella mirada.

―¿De verdad?

Lady Beatrice parecía encantada.

―Oh, sí ―dijo Helena―. El duque siente un profundo interés por los árboles como yo.

Marcus abrió la boca.

―¿Lo hago?

―Muchísimo.

―No sabía que había sido tan entusiasta.

―Quizá porque es tan humilde… otra cosa que me encanta de usted.

Lady Beatrice rio a la vez que dio un aplauso debido a la emoción de que se mostrasen tan cómodos juntos.

―Qué agradable es veros conversar.

―Lo estamos pasando maravillosamente ―afirmó Helena.

―Cada minuto supera al anterior ―añadió Marcus.

Lady Beatrice juntó las manos.

―Entonces no os importará bailar la siguiente pieza.

Se hizo el silencio por parte de ambos.

Marcus sintió cómo algo se hundía dentro de él.

Porque aquello no formaba parte del plan.

Helena, por su parte, parecía experimentar exactamente la misma sensación.

―Oh ―pronunció Beatrice, volviéndose el gesto confundido.

―Excelente idea, tía.

Marcus se oyó decirlo.

Porque negarse levantaría preguntas.

Y las preguntas había que evitarlas.

Helena lo comprendió al mismo tiempo.

―Por supuesto.

Lady Beatrice parecía estar a punto de emocionarse.

―Maravilloso.

La mujer se alejó tan satisfecha como una reina que acaba de asegurar una alianza.

En cuanto estuvo suficientemente lejos, las sonrisas desaparecieron.

―No pienso disfrutar esto.

―Qué alivio.

―¿Alivio?

―Temía ser el único.

Helena cruzó los brazos.

―Le advierto que soy una bailarina terrible, no dejaré de pisarle.

―Miente fatal.

―¿Cómo dice?

―He observado sus movimientos.

―Eso resulta inquietante. ¿Por qué lo hace?

―Conocer a mi adversario es parte de todo. Y debo decir que usted camina con demasiada gracia para ser una bailarina terrible.

Helena pareció ofendida.

―¿Me está acusando de elegancia, o de mentirosa?

―Es una acusación grave. Sí, enfádese, debería de tenerlo en cuenta ―se burló de ella.

―Lo es.

Marcus bajó la voz.

―¿Puedo hacerle una pregunta?

―Depende.

―¿Está intentando arruinar este compromiso?

Los ojos de Helena se abrieron en ese instante. Solo un instante. Pero Marcus lo vio. Y supo que había acertado.

Ella recuperó la compostura enseguida.

―¿Y usted?

Marcus sostuvo su mirada.

―Yo pregunté primero.

―Qué conveniente. Pues voy a decirle que lo intento. Pero como bien sabrá, es usted quien debe arruinarlo, yo no tengo ese poder ―dijo ella.

Durante unos segundos ninguno habló.

La música comenzó a sonar al otro extremo del salón.

Los primeros invitados empezaron a dirigirse hacia la pista.

Helena observó a Marcus.

Marcus observó a Helena.

Y ambos llegaron exactamente a la misma conclusión.

El otro era mucho más peligroso de lo esperado.

―Bailemos.

Marcus le ofreció el brazo.

―Con mucho gusto, lady Helena.

Ella aceptó.

Y mientras caminaban hacia la pista de baile, ambos sonreían para tranquilidad de sus familias.

Lo que nadie sabía era que los dos estaban pensando exactamente lo mismo.

Debo conseguir que sea él quien rompa el compromiso.

Haré lo posible para que ella rechace mi apellido.