Capítulo 5
El baile de lady Beatrice Devereux era considerado uno de los acontecimientos más esperados de la temporada.
Lo cual era una forma elegante de decir que toda la alta sociedad de Londres acudiría con sus mejores vestidos para así mostrar sus claras intenciones de quedar por encima del resto de invitados.
Lady Beatrice había dedicado tres semanas a organizar aquella velada.
Tres semanas ocupada en elegir flores, tres semanas a decidir qué familias debían estar cerca unas de otras durante la cena.
Tres semanas para asegurarse de que cierta joven llamada Helena Whitmore y cierto duque llamado Marcus Devereux coincidieran en el mismo espacio tiempo.
El único problema era que ninguno de los dos parecía dispuesto a cooperar.
―Llegar tarde. Por Dios bendito, ¿a quién se le ocurre?
La tía de Marcus observó la puerta principal con absoluta seguridad de lo que hablaba.
Su sobrina política, la madre de Marcus, sonreía.
―¿Dónde diablos está Marcus?
―Marcus está al llegar.
―¿Estas segura? ―preguntó Beatrice.
Lady Beatrice tomó un sorbo de té helado.
―Querida, crie a ese muchacho. Sé exactamente cuándo está evitando algo, pero también sé que vendrá.
―¿Y qué crees que está evitando?
―A la mismísima felicidad.
En ese momento, lejos de allí, Marcus Devereux estaba perdiendo tiempo. O, más exactamente, estaba ganando una partida de cartas y lamentando profundamente haberlo hecho, pues aquello anunciaba que debía marcharse.
―Debe irse ahora ―protestó uno de los jugadores.
Marcus dejó las cartas sobre la mesa.
―Tranquilo, me marcho.
―Su excelencia, está usted ganando toda la noche.
―Ese es precisamente el problema, que la fortuna en el juego no es la que yo deseaba.
Marcus había bebido demasiado aquella noche. Y empezaba a decir cosas que en otras circunstancia nunca diría.
El hombre lo miró confundido.
Marcus tomó su abrigo.
―Cuando uno empieza a disfrutar demasiado de algo, suele ser una señal de que debería abandonarlo ―le dijo el caballero a quien acababa de desplumar.
―Y le recuerdo buen amigo que le espera el baile de su tía ―añadió otro.
Marcus se quedó congelado mientras terminaba de colocarse el abrigo, pues acaba de recordar cual era el motivo por el que deseaba estar allí en el club. El verdadero motivo por el que había permanecido sentado dos horas más de lo necesario.
La señorita Whitmore.
―Tengo que ir a decepcionar a mi familia.
―Una tarea noble ―respondió alguien.
Mientras tanto, en la residencia Whitmore, Helena estaba siendo arrastrada hacia un carruaje. Literalmente arrastrada.
―Madre, le aseguro que puedo caminar.
―No confío en que lo hagas en la dirección correcta.
―Eso es ofensivo.
―Tengo experiencia siendo tu madre.
Helena miró hacia atrás.
Su madre estaba junto a uno de los criados y al cocinero de la familia, ambos con una expresión de absoluta determinación.
―¿De verdad ha involucrado al señor Thompson?
―Tu cocinero te conoce mejor que yo.
―Eso es imposible.
―Él sabe exactamente cuánto azúcar pones en el té cuando estás enfadada, y hoy me ha hecho saber que corremos cierto peligro.
Helena se quedó callada porque era cierto.
―No pienso casarme con él solo porque llegue a tiempo a un baile y yo no. Eso deberías saberlo.
―Nadie te ha pedido eso.
―Pero todos esperan que ocurra.
Su madre suspiró.
―Helena, por una vez en tu vida, intenta entrar en una habitación sin declararle la guerra a nadie.
―No puedo prometerlo.
―Lo sé.
Y así, con la dignidad de una prisionera que no para de gritar que es inocente, Helena fue introducida en el carruaje. No sin antes forcejear.
Dos horas después de que el baile hubiera comenzado, Marcus Devereux llegó.
Y descubrió algo importante: llegar tarde a un baile organizado por tu propia tía era peor que llegar tarde a cualquier otro evento del mundo. Porque tu tía sabía exactamente cuánto había tardado.
―¡Marcus!
Escuchó su nombre desde el salón.
Varias cabezas se giraron, y varias damas sonrieron al verlo. A la misma vez muchas madres empezaron a calcular inmediatamente si sus hijas aún tenían posibilidades.
Marcus no detuvo su paso.
―Disculpas ―murmuró varias veces mientras avanzaba.
De forma inmediata pensó que no podía perder más tiempo, pues si la señorita Whitmore llevaba dos horas esperándolo, probablemente ya habría decidido que era un hombre arrogante, desconsiderado y absolutamente insoportable, y que no merecía para nada su compañía eterna.
Lo cual, pensándolo bien, podía ser útil, pero su tía no lo perdonaría. Así que caminó más rápido. Hasta que prácticamente se vio atravesando el salón.
Y entonces una figura apareció frente a él.
Llevaba un vestido claro.
Marcus intentó detener el paso al ver a la joven cruzarse en su camino, pero no pudo esquivarla.
El resultado fue inevitable.
La señorita del vestido claro cayó al suelo.
El salón entero quedó en silencio. El tipo de silencio que solo aparece cuando alguien acaba de cometer un desastre social de proporciones históricas.
Ella levantó la vista lentamente, y miró al hombre responsable de encontrarse allí.
―¿Está usted completamente falto de sentido común? ―le preguntó.
Marcus se quedó inmóvil.
―¿Disculpe? ¿Qué me ha llamado?
Ella se incorporó un poco, todavía seguía sentada sobre el frío suelo.
―Me ha arrojado al suelo en medio de un salón.
―Yo no diría que la he arrojado.
Ella lo miró horrorizada.
―¿No?
―Diría que ambos hemos tenido un encuentro demasiado fanático. Nos hemos chocado.
Algunas personas alrededor contuvieron una risa al escucharle.
Ella, por supuesto, no.
―Es usted el hombre más descortés que he tenido la desgracia de conocer.
Marcus inclinó la cabeza.
―Me sorprende que diga que me conoce solo porque se ha chocado conmigo.
―A la clase de hombres como usted se les conoce rápido. Con un minuto ha sido suficiente.
Y entonces él la reconoció. Era la mujer del parque, aquella que se peleaba con el jardinero por aquel roble.
La única persona que había conseguido dejarlo sin respuesta por el momento.
Marcus parpadeó.
―Usted.
Ella frunció el ceño.
―¿Nos conocemos?
Marcus extendió una mano hacia ella.
―¿Usted no debería estar en St. Thomas?
Ella lo miró con furia en sus ojos...
―¿Perdone, cómo ha dicho?
―He oído que de noche no dejan salir a sus pacientes menos cuerdos.
Helena abrió mucho los ojos.
―¿Me está llamando loca?
―Estoy intentando determinar si hay otra explicación para este momento.
Ella apartó la mano que él le ofrecía.
―Y yo estoy intentando decidir si es usted siempre tan insoportable o si ha hecho un esfuerzo especial esta noche.
Marcus sonrió. Porque sí, ahí estaba aquella mujer que discutía por árboles. La mujer que no parecía impresionada por él. La mujer que acababa de insultarlo delante de la buena sociedad de Londres.
―Marcus Devereux ―dijo él ofreciendo de nuevo la mano.
Ella lo miró y entonces lo comprendió todo.
Él era el duque. Su posible prometido. El hombre al que debía de convencer de romper el compromiso.
Helena sonrió.
Y Marcus sintió una extraña sensación de peligro.
― Lady Helena Whitmore ―pronunció ella.
La sonrisa de él desapareció de inmediato. Porque ahora ambos sabían quién era el otro. Y ambos tuvieron exactamente el mismo pensamiento: Esto iba a ser mucho más difícil de lo esperado.