Capítulo 4
Marcus Devereux no esperaba encontrar a aquella mujer junto a una fuente en Hyde Park. Mucho menos una mujer que estuviera discutiendo con un jardinero de aquellas maneras.
―Le estoy diciendo que ese árbol está sufriendo.
El jardinero parecía un hombre paciente. Sí, era demasiado paciente.
― Milady , es un árbol y está sano.
―Eso es lo que todos dicen antes de que algo muera.
Marcus redujo el paso, no porque quisiera escuchar. Sino porque una dama elegante, con un vestido azul claro y una expresión de indignación absoluta, estaba consiguiendo algo que pocos lograban: llamar su completa atención.
―Si permite que esas ramas sigan creciendo de esa manera, perderá el equilibrio. Las raíces comenzarán a sufrir, y ya sabe cómo continúa esto…
El jardinero miró el árbol, luego a ella, luego otra vez al árbol.
―Es un roble, señorita. No tengo mucho más que decir.
―Precisamente por eso debería de escucharme, porque es un roble y tiene por delante muchos años de vida.
―Los robles suelen crecer así.
Ella abrió la boca, después la cerró, y señaló el árbol.
―Eso no significa que debamos permitirlo.
Marcus tuvo que contener una risa sonora, y solo mostrar su sonrisa. Todo aquello era nuevo. Muy nuevo.
―¿Siempre discute con la naturaleza, señorita? ―la interrumpió.
La mujer se giró. Y por la expresión de su rostro, Marcus supo inmediatamente que había cometido un error.
No porque ella estuviera ofendida. Sino porque parecía considerar la posibilidad de responderle.
―Solo lo haría en el caso de que la naturaleza insistiese en comportarse de forma absurda. Pero no es con la naturaleza, es con este señor que se niega a hacerme caso.
Marcus inclinó ligeramente la cabeza.
―Una postura valiente atreverse a decirle a un hombre lo que ha de hacer.
―¿Usted se burla de mí?
―Nunca lo haría.
Ella lo observó de arriba abajo.
No con timidez, lo hizo más bien evaluando la situación.
Las mujeres normalmente miraban a Marcus y veían el título antes que al hombre, menos las del burdel, a esas no les importaba cuantas tierras poseyera si al final depositaba una buena cantidad de dinero sobre su mesita.
Aquella mujer parecía estar intentando decidir si él merecía la pena. Y eso era, francamente, desconcertante.
―¿Puede usted decirle a ese hombre que debe cortar esas cuatro ramas?
―¿Yo?
―¿Para qué se ha detenido sino? Imagino que piensa ayudarme…
Aquello sí consiguió arrancarle una sonrisa. Una sonrisa real, pequeña, pero real.
―Admiro su dedicación.
―No necesito su admiración.
―Qué decepción.
―Para usted, espero.
Marcus la estudió un instante. Era hermosa. Pero no era eso lo que había llamado su atención. Era la forma en que hablaba. Como si cada conversación fuera una batalla que esperaba ganar.
―¿Puedo preguntar su nombre?
Ella dudó un segundo.
―Helena.
―Un placer conocerla, señorita Helena.
Ella entrecerró los ojos.
―No le he dicho mi apellido.
―No.
―Entonces no sabe si debería ser un placer.
Marcus sonrió.
―Prefiero no saberlo, Helena. Y créame que es un placer.
Helena negó con la cabeza, después lo miró.
―Bueno pues si no piensa ayudarme solo tengo algo que decirle, espero no volver a encontrarme con usted, señor...
Marcus sonrió.
―Marcus.
―Señor Marcus, entonces.
―¿Esto es una despedida?
―Lo es..
Y se alejó.
Marcus la observó marcharse, y antes de hacer lo mismo, se acercó al jardinero y mientras sacaba varios billetes de su chaqueta le dijo que hiciera todo lo que aquella mujer le había pedido con el árbol.