Verdes, como la esperanza de olvidarte Capítulo 3
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Capítulo 3

Marcus Devereux había descubierto hacía mucho tiempo que la belleza era una moneda. Y él había nacido con una fortuna considerable.

―Es una crueldad que un hombre pueda ser tan atractivo y, además, saberlo ―murmuró una voz femenina a su espalda.

Marcus sonrió levemente.

No porque la frase fuera especialmente ingeniosa, sino porque ya la había escuchado antes. Muchas veces para ser franco.

―Creo que exageras―dijo para no parecer engreído.

Las tres mujeres presentes en la habitación rieron.

Una de ellas, recostada entre las sábanas, levantó una ceja.

―¿De verdad vas a fingir modestia ahora?

―No estoy fingiendo.

―Marcus.

La forma en que pronunció su nombre habría hecho sonrojar a la mayoría de los hombres.

Él, sin embargo, solo alcanzó su camisa colocada en el respaldo de una silla después de incorporarse.

―Me temo que mi reputación ya está suficientemente dañada como para intentar salvarla con humildad...

―Tu reputación está lejos de estar dañada, somos discretas.

―Eso depende de a quién preguntes, pues subiendo las escaleras me he cruzado con un par de caballeros del mismo club al que pertenezco.

―Pero si los has visto aquí, poco podrán decir… ―se atrevió a afirmar una de ellas.

La joven más cercana a él apoyó la barbilla sobre su hombro.

―Si preguntas en algunos salones de Londres, dirán que eres arrogante.

―¿Y si preguntas en otros?

Ella sonrió.

―Dirán que eres irresistible.

Marcus se abrochó los puños de la camisa después de darle un suave beso en la mejilla. Porque él sabía bien qué eran esas mujeres, pero jamás las había tratado como tal.

―La sociedad tiene una imaginación muy activa.

―La sociedad tiene ojos.

Él no respondió.

Porque esa era precisamente la parte que menos le interesaba.

Los ojos de los demás.

Los había sentido sobre él desde niño.

Primero por ser el heredero a un ducado.

Después por ser el duque.

Y finalmente por parecer exactamente aquello que todos esperaban que fuera. Un hombre sin preocupaciones, un hombre afortunado, un hombre que siempre conseguía lo que quería.

La última parte, al menos, era cierta hasta hacía poco.

―¿Ya te marchas? ―preguntó una de las mujeres.

Marcus tomó su chaqueta.

―Me temo que sí.

―Qué decepción.

―Sobreviviréis sin mí.

Ella rio.

―Qué cruel.

―Eso dicen también.

Sacó de un bolsillo de su chaqueta dinero, y dejó varios billetes junto a un jarrón de flores sobre la mesita.

El gesto fue automático.

No hacía aquello porque sintiese desprecio a las mujeres, más bien porque Marcus había aprendido que era más sencillo dejar dinero que dejar explicaciones.

―Siempre tan generoso ―dijo una de ellas.

Marcus se volvió hacia ellas con una sonrisa tranquila.

La sonrisa que tantas mujeres habían considerado una invitación.

―Siempre tan agradecido.

Se dirigió hacia la puerta.

―Marcus.

Se detuvo.

―¿Sí?

―¿Alguna vez habrá una mujer capaz de hacerte perder esa seguridad?

La pregunta era sencilla, pero durante un segundo Marcus no respondió, luego sonrió.

―Lo dudo.

Y salió de la habitación.

Porque Marcus Devereux no creía en aquello de perder el control.

Había pasado demasiados años construyendo una imagen perfecta para ahora dejar ver a alguien lo que había detrás.

Además, tenía problemas mucho más importantes.

Un matrimonio para el que no estaba preparado y una familia que dependía de él.

Así es que sí. No quería complicaciones, pero lamentablemente Marcus sabía que eso eran las mujeres. Complicaciones.