Verdes, como la esperanza de olvidarte Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Helena se quedó inmóvil en medio de su habitación.

Conocía bien esa voz. Era la voz de su madre cuando descubría algo que no comprendía y, por lo tanto, consideraba inmediatamente una amenaza.

―¡Helena!

Un segundo grito más fuerte que el primero.

Helena suspiró. Miró hacia la ventana abierta. Luego hacia la jaula vacía.

―No debisteis quedaros tan cerca, maldición. Deberíais haber volado lejos, así corréis el peligro de que os atrapen y os vuelvan a encerrar ―susurró.

Por supuesto hablaba sola.

Helena se acercó a la ventana y miró hacia el jardín.

Allí estaba el pequeño pájaro posado en una rama baja, demasiado cerca de la casa. Demasiado cerca del peligro.

―Estúpido ―murmuró.

El animal inclinó la cabeza.

―Ese era el propósito, ¿no crees? Debíais volar lejos de aquí.

Helena apoyó una mano en el marco de la ventana.

―No puedes quedarte ahí.

La tristeza le apretó ligeramente el pecho.

―Si te quedas cerca, alguien volverá a encerrarte.

Y entonces le vino a la cabeza una idea, quizá eso era exactamente lo que debía hacer ella.

Irse. Desaparecer. Alejarse de aquella casa llena de personas que aseguraban quererla mientras decidían por ella.

Porque quizá ese era el problema. Quizá el amor, cuando venía acompañado de demasiadas decisiones tomadas por otros, podía parecerse a una jaula.

―Quizá debería irme yo también.

La idea, al pronunciarla, no le repiqueteó tan absurda como habría esperado.

Lejos, muy lejos. A un lugar donde nadie conociera su apellido. Donde nadie tuviera un plan para su futuro. Donde nadie pudiera decirle qué debía sentir, qué debía hacer o con quién debía compartir su vida.

―¡Helena!

El tercer grito de su madre la devolvió a la realidad.

Uno más y probablemente hasta los sirvientes comenzarían a buscarla.

―Voy, madre ―respondió muy alto para que la oyera.

Pero antes de abandonar la habitación miró una última vez al pájaro desde la ventana.

―Te he dicho que debes alejarte ―Hizo una pausa―. No cometas el error de quedarte donde pueden alcanzarte.

El pájaro, como era habitual en aquella conversación, no respondió.

Helena bajó al jardín.

Y allí encontró a su madre junto a los rosales, con una expresión en su rostro que solo podía describirse como una mezcla entre indignación y tragedia.

―¿Helena?

―¿Madre?

―¿Has visto algo extraño esta mañana?

Helena miró al pájaro, que además estaba situado unos pocos metros sobre su cabeza, sobre una rama.

Luego a su madre.

―Depende de qué considere extraño.

Su madre cerró los ojos un instante.

―El pájaro.

―Ah, eso.

―Uno de los pájaros de tu habitación.

―Sí.

―¿Está ahí fuera?

Helena observó al pequeño animal posado tranquilamente en la rama.

―Sí.

Su madre respiró profundamente.

―¿Y cómo crees que ha podido ocurrir algo así.

Helena se irguió.

―No ha sido un accidente, eso es cierto, y he decidido que no voy a mentir. Lo digo por si te lo preguntabas.

La expresión de su madre cambió.

―¿Qué estás diciendo?

―Ha sido una liberación.

Se hizo el silencio por parte de ambas.

―Helena.

―Era injusto mantenerlos encerrados en un lugar como una jaula, teniendo esto otro. ―Señaló el jardín―. Mire todo esto. Tienen árboles, tienen espacio, tienen cielo.

Su madre la miró fijamente.

―Helena...

―Tienen alas, deberían servirles para algo, ¿no? ―Se hizo una leve pausa―. Las tienen, se las has visto ¿verdad?

Lady Whitmore cerró los ojos.

―¿Estás tratando de decirme algo?

Helena abrió la boca.

Luego la cerró.

Porque sí. Lo estaba haciendo.

―Estoy diciendo que nadie debería verse obligado a permanecer en un lugar donde no puede ser feliz.

Su madre la observó durante unos segundos.

―Tú no posees alas, Helena.

La respuesta fue tan sencilla que por un momento Helena no supo qué decir.

―Eso es cierto, madre ―Se acercó un paso­ ¿Pero sabes que tengo corazón?

Su madre suspiró.

―Por desgracia, sí.

―Un corazón que sirve para amar.

―Helena...

―Y no podré utilizarlo jamás si hago aquello a lo que me están obligando.

Lady Whitmore miró al cielo como si estuviera pidiendo paciencia a una fuerza superior.

―El corazón bombea sangre a otros órganos de tu cuerpo, hija.

Helena parpadeó.

―¿Cómo?

―Esa es su función más importante. ―Una pausa de nuevo―. Y no convertiré cada decisión familiar en una tragedia.

Helena abrió la boca, ofendida.

―Madre.

―No he terminado.

―Eso nunca es una buena señal.

―El corazón es un órgano extraordinariamente importante, pero no está diseñado para dirigir negociaciones sobre matrimonios.

―El mío sí está diseñado para eso y para todo lo que tenga que ver con mis emociones.

―El tuyo, querida, está diseñado para crear problemas.

Helena se llevó una mano al pecho.

―Qué injusta eres, madre.

―Es todo por tu bien.

―Eso no te hace mejor.

―Lo sé.

Su madre miró hacia el pájaro.

―Ahora, por favor, dime que no has liberado a los dos pájaros de la jaula.

Helena guardó silencio. Y ese silencio fue respuesta suficiente.

Su madre cerró los ojos.

―Helena.

―Madre.

―¿Dónde está el segundo pájaro?

Helena miró hacia el cielo.

―Espero que en un lugar mejor que en el que ha decidido quedarse este ―dijo mirando al pájaro que seguía ahí, a escasos metros de ellas.