Capítulo 2
Helena Whitmore había perdido muchas cosas a lo largo de su vida.
Había perdido a personas que había querido.
Había perdido vestidos que adoraba por culpa de accidentes ridículos.
Había perdido discusiones con su madre, aunque eso último jamás lo admitiría en voz alta y frente a ella.
Pero había conservado algo. Siempre había atesorado la posibilidad de decidir sobre su propio futuro.
Hasta hacía exactamente seis días.
Seis días desde que su madre había pronunciado aquellas palabras con la tranquilidad de quien anuncia el menú de la cena.
Te casarás con el duque de Devonshire.
Como si hubiese dicho: Habrá sopa esta noche.
Como si su vida pudiera servirse en un plato de porcelana y retirarse después sin más.
Helena se sentó sobre la colcha de su cama y miró hacia la ventana.
Allí estaban ellos. La pareja de pajaritos que su padre había comprado y colocado en su alcoba semanas atrás, convencido de que alegrarían la habitación.
Helena nunca había tenido el valor de decirle que, unos animales encerrados no le parecían precisamente una decoración alegre.
Los pájaros permanecían juntos en la pequeña jaula dorada, saltando de una rama a otra con una energía que parecía casi una burla.
―No es justo ―les dijo, inclinando su cabeza para poder quedar a la altura de ellos.
Los pájaros ladearon sus cabezas como hacían a cada poco.
Helena decidió imaginar que estaban de acuerdo con sus palabras.
―No debe ocurrir así.
Se levantó y caminó un poco más hacia ellos, hasta quedar pegada a la jaula.
―No puedo despertarme cada mañana junto a un hombre al que no deseo ver.
Solo la idea le produjo un escalofrío. Y no era solamente porque no conociera al duque de Devonshire. Era mucho peor. Podían existir cientos de cosas terribles que aún desconocía de él. Como por ejemplo…
¿Y si no le gustaba cómo la miraba?
Eso ya le había ocurrido antes. No con todos los hombres, naturalmente, pero con algunos sí.
Había caballeros que miraban a una dama como si estuvieran evaluando el precio de un caballo.
Ella deseaba que la mirasen como si fuese única, al menos aquel hombre con el que tuviese que compartir el resto de sus días.
Helena no estaba dispuesta a pasar su vida sintiéndose observada como una propiedad recién adquirida.
¿Y si no le gustaba su olor?
La posibilidad era completamente razonable.
Recordaba perfectamente al primo francés de su madre, quien olía constantemente a queso. No importaba cuánto perfume utilizara. Seguía oliendo a queso.
Helena necesitaba que oliese bien, con una mezcla de jabón y un perfume sutil en su piel le era suficiente, pero tenía que oler bien, pues a ella le encantaba oler a las personas.
¿Y si la voz del duque era insoportable?
Una voz demasiado aguda podía arruinar una vida.
Helena estaba convencida de ello.
Además no le había visto nunca. ¿Y si era más bajo que ella? Eso sería incómodo, pues quería poder mirar hacia arriba cada vez que sus rostros se acercasen. Aquello era importante.
¿Y si tenía unas manos pequeñas?
No podía imaginar nada menos tranquilizador.
Unas manos pequeñas no la acariciarían como siempre deseó.
Y ya por último…
¿Y si sus ojos no eran verdes?
Se acercó un poco más a la jaula.
Siempre había soñado con mirar unos ojos verdes de cerca. Un verde oscuro, o un verde bosque. Hasta podría conformarse con cualquier tipo de verde.
No parecía un deseo excesivo.
Ella solo quería tener la oportunidad de mirar a un hombre a los ojos y sentir algo. Cualquier cosa por pequeña que fuese. Atracción, curiosidad, incluso una pequeña chispa de interés. Pero no indiferencia. Nunca indiferencia.
―Qué injusto ―repitió.
Esta vez estaba justo delante de la jaula.
Uno de los pájaros saltó hasta el borde y la observó con sus diminutos ojos negros.
Helena cruzó los brazos.
―No me mires así. Tú entiendes el problema que tengo, lo sé.
El pájaro, por supuesto, no respondió, pero Helena tenía la impresión de que la comprendía mejor que muchas personas de su familia.
―A ti nadie te preguntó si querías estar encerrado aquí.
El pájaro ladeó la cabeza como no dejaba de hacer todo el tiempo.
―Exactamente ―respondió ella.
Helena señaló la jaula.
―Eso es lo que digo.
La puerta estaba cerrada.
El pájaro permaneció en silencio como era normal.
Helena esperaba que, al menos, tuviera la cortesía de parecer conmovido.
No lo hizo.
―Ya sé lo que estás pensando.
El pequeño animal saltó de un pequeño palito a otro.
―No, no soy una mujer exagerada.
Hizo una pausa antes de seguir hablando.
―Bueno…
Helena entrecerró los ojos.
―Quizá un poco.
El pájaro picoteó la madera que lo sujetaba.
―Pero debes admitir que tengo motivos.
El pajarillo seguía sin pronunciarse.
―¿Ves? Esa es precisamente la clase de actitud que me preocupa.
Se acercó un poco más.
―Aceptamos demasiadas cosas porque siempre nos dicen que así es como debe ser.
El pájaro la miró.
―Tú estás encerrado en una jaula porque alguien decidió que eras más bonito cuando estabas donde podían verte.
El animal inclinó la cabeza.
Helena señaló la jaula.
―Y no me digas que tienes comida y agua. Eso no es motivo suficiente para quedarte ahí dentro. Por si no lo sabes te diré que te estás perdiendo muchas cosas ahí fuera.
El pájaro siguió mirándola.
―Los prisioneros también reciben comida.
Helena hizo una pequeña pausa.
―Bueno, ellos sí que merecen estar encerrados, tienes razón.
Helena se llevó una mano al pecho.
―Dios mío. Qué conversación tan profunda estamos teniendo.
El pájaro volvió a picotear la madera.
―Sí, yo también creo que eres más inteligente que muchos hombres a los que conozco.
Se sentó en el borde de la cama de nuevo.
Durante unos segundos observó la jaula en silencio.
―Aunque quizá estoy siendo injusta.
El pájaro permaneció quieto.
―No contigo ―Helena miró hacia la puerta cerrada de su habitación―. Si no con él.
No le gustaba admitirlo.
No sabía nada del duque de Devonshire.
Ni siquiera sabía todavía si era agradable.
Podía ser arrogante.
Podía ser aburrido.
Podía ser uno de esos hombres que creen que una conversación consiste en hablar durante veinte minutos sobre sus propias tierras y esperar que la dama sonría al final.
Era perfectamente posible. Pero también era posible que no. Y esa era la parte más molesta.
Porque Helena podía luchar contra un villano. Podía luchar contra un hombre insoportable. Incluso podía luchar contra un hombre horrible. Pero ¿cómo se luchaba contra alguien que simplemente era... adecuado, fascinante, encantador, interesante, divertido…?
―No importa ―dijo finalmente.
Se puso en pie.
―La cuestión no es si el duque de Devonshire será bueno o malo.
El pájaro la observó.
―La cuestión es que no he elegido yo a ese hombre, fin de la cuestión.
Se acercó a la jaula.
―Y nadie parece entender que eso importe.
Sus dedos encontraron el pequeño cierre dorado de la puerta.
Se detuvo nada más colocar los dedos en su posición.
―Aunque debo decir que tú tienes una ventaja sobre mí.
El pájaro dio un pequeño salto y le pareció que se quería acercar a ella.
―¿Cuál? ―ella misma se preguntó.
Naturalmente, el pajarillo no respondió.
Helena sonrió.
―Puedes volar, ¿no es evidente?
La observación quedó en el aire.
Por primera vez en toda la mañana, Helena sintió algo distinto al enfado. Sintió tristeza.
Porque quizá eso era lo que más le molestaba. No el duque, ni el compromiso, ni siquiera la posibilidad de un marido desconocido.
Era la sensación de que todos habían decidido que su vida ya estaba escrita. Y ella solo tenía que aprenderse el papel que tenía que interpretar.
―Bueno ―susurró―. Al menos algunos de nosotros pueden escapar.
Y en ese momento abrió la puerta de la jaula.
Aquel pájaro al que hablaba no salió, el otro sí lo hizo.
Helena frunció el ceño.
―No me hagas quedar mal.
El animal permaneció donde estaba.
―Te estoy ofreciendo libertad. Es una oportunidad bastante extraordinaria. Te prometo que vas a ser infinitamente más feliz ahí fuera. No te prometo que no haya también más peligro… pero, de verdad que merecerá la pena.
Nada. Ningún movimiento.
―¿Ahora resulta que eres tú quien tiene miedo?
El pájaro dio un pequeño salto.
Helena suspiró.
―Oh, no.
Se cruzó de brazos.
―No me digas que después de todo este discurso sobre la libertad vas a decidir quedarte ahí..
El pájaro, aparentemente satisfecho con su jaula, no se movió.
Helena lo miró con incredulidad.
―Eres exactamente como todos los demás. Te has acostumbrado a lo poco que conoces.
Se inclinó hacia él.
―Te abren una puerta y no sabes qué hacer con toda esa libertad.
Una sonrisa pequeña apareció en sus labios.
―Quizá ese sea el verdadero problema.
Esperó un momento más.
Entonces, con mucho cuidado, tomó la jaula entre sus brazos, y la depositó sobre su cama. Abrió de par en par la ventana. El aire fresco entró en la habitación y agitó las cortinas.
―Vamos.
El pájaro miró hacia fuera. Luego hacia ella.
Helena contuvo la respiración, después volvió a coger la jaula y la llevó de nuevo a la ventana ya abierta.
―No voy a obligarte.
Era una promesa que quizá también se estaba haciendo a sí misma.
―Pero si decides quedarte, que sea porque quieres. Y me debe quedar bien claro que lo has elegido. Así es que esfuérzate para que yo lo entienda.
Finalmente, el pájaro extendió las alas. Y voló.
Helena lo siguió con la mirada mientras desaparecía entre los jardines.
Durante unos segundos permaneció inmóvil. Luego miró la jaula vacía.
―Bien.
Asintió, como si acabara de cerrar un trato importante.
―Al menos algunos de nosotros han tomado una buena decisión hoy.
Y entonces recordó que, en menos de diez días, tendría que reconocer públicamente al hombre con el que todos esperaban que pasara el resto de su vida.
La sonrisa desapareció.
―Ahora solo necesito conseguir que un duque haga exactamente lo mismo que yo he hecho con mis pájaros.
―¡Helenaaaaaaa!
El grito llegó desde el jardín con tanta fuerza que incluso los pájaros que aún permanecían en las copas de los árboles parecieron reconsiderar sus vidas.