Capítulo 1
Marcus Devereux había llegado a una conclusión durante las últimas dos horas. La conclusión era sencilla. Prefería limpiar establos.
No era una conclusión digna de un duque, porque Marcus empezaba a sospechar que la dignidad era un lujo reservado para los hombres que podían permitirse pagar sus deudas.
―Podría irme a Kent ―dijo finalmente.
Su padre levantó la mirada.
―¿Perdón, cómo has dicho?
―A las granjas de Thomas.
―¿Estás hablando en serio?
―Completamente en serio.
El silencio que siguió fue casi insultante.
Su padre lo observó como si acabara de anunciar que planeaba convertirse en monje.
―¿Prefieres trabajar entre cerdos antes que casarte con lady Whitmore? ¡¿Qué diablos tienes en esa cabeza?!
Marcus no dudó.
―Sí. Lo prefiero, claro que lo prefiero.
Aquello pareció sorprender incluso al hombre que lo había criado.
―Es una joven hermosa, te gustará. Estoy seguro.
―No la conozco.
―Proviene de una excelente familia.
―No la conozco tampoco. ¿No debería de juzgar eso por mis propios medios?
―Es educada, inteligente y posee una buena reputación.
Marcus apoyó las manos sobre el escritorio.
―Padre, acaba de describirme una lista de cualidades que cualquier hombre de la buena sociedad debería apreciar, algo debe de tener esa mujer para que nadie se haya interesado en ella. No me ha descrito a una esposa especialmente indicada para mí.
Su padre suspiró.
―Siempre has tenido esa mala costumbre de querer hacer las cosas correctamente.
―¿Es una mala costumbre?
―En un mundo como en el que vivimos, sí.
Marcus miró los papeles sobre la mesa.
Todas aquellas cartas de deudas, todos aquellos nombres de arrendatarios que no pagaban, las pérdidas que los últimos años estaban dando las tierras. Los números que no dejaban de crecer en forma negativa.
―No voy a casarme con una mujer solo porque su apellido pueda salvar al mío.
―No pareces entenderlo
Marcus arqueó una ceja.
―¿No?
―Si no lo haces…
―Deja de intentar convencerme con amenazas.
―Estás siendo egoísta pensando de esa manera.
Marcus negó con la cabeza.
―Está bien, de acuerdo, he tomado una decisión ―dijo cediendo ante la presión.
―¿Ah, sí?
―Sí, la conoceré, y estoy convencido de que si lady Whitmore es lo bastante sensata, me rechazará.
Su padre parpadeó.
―¿Quieres que te rechace?
―Sería lo más honorable para ambos.
Por primera vez en toda la conversación, su padre pareció divertido.
―No tienes ni idea de lo que esa mujer pensará cuando te tenga en frente.
―No necesito saberlo.
―Ese es precisamente tu problema.
Marcus ignoró la observación.
―Seré educado. Haré lo correcto. Pero no voy a fingir entusiasmo por un matrimonio que ninguno de los dos ha elegido.
―¿Y si ella acepta?
Marcus guardó silencio. Porque esa era la parte que no quería admitir.
Si Helena aceptaba, entonces no tendría otra salida.
―Entonces seré un esposo correcto.
Su padre sonrió ligeramente.
―Qué romántico.
Marcus le lanzó una mirada poco amable.
―No era mi intención.
―Lo sé ―Hizo una pausa corta―. Aunque debo admitir que me intriga algo.
―¿Qué?
―¿Cómo piensas conseguir que una mujer quiera rechazar a un duque con tal belleza?
Marcus tomó su chaqueta.
―No será difícil, te aseguro que va a ocurrir.
―Verás que no.
―No pienso cortejarla.
Su padre soltó una carcajada.
―Hijo.
Marcus se detuvo.
―¿Sí?
―Has pasado treinta años comportándote como el hombre más atractivo y encantador de toda Londres.
Marcus frunció el ceño.
―Eso no es cierto.
―Tu madre te dejó su belleza y su confianza.
―Mi madre también me dejó otras cosas.
―Sí. Pero la belleza es lo primero que todos observan.
Marcus suspiró.
―Padre, también le puedes pedir a Edward que lo intente.
Su padre negó con la cabeza.
―No.
―¿Por qué?
―Porque tu hermano es encantador.
―Exactamente por eso.
―Pero, tú eres el duque de Devonshire.
Marcus no respondió.
―Además ―continuó su padre―, la belleza de vuestra madre no fue repartida de manera equitativa.
Marcus cerró los ojos.
―No voy a tener esta conversación.
―No hace falta. Ambos sabemos dónde fue depositada con esmero.
Edward tenía muchas virtudes, pero la belleza no era una.
―Diez días ―dijo su padre.
Marcus lo miró.
―¿Diez días para qué?
―Para conocer a lady Whitmore ―pronunció su padre, y al décimo se anunciará el compromiso.
―Está bien.
Marcus recogió sus guantes y antes de salir del despacho se volvió.
―Me aseguraré de que vea mis pocos encantos.
Y mientras abandonaba el despacho, Marcus Devereux tuvo un pensamiento.
Quizá la idea de vivir en Kent no era tan descabellada, quizá la vida en una granja no tenía por qué ser el fin de su vida. Él lo veía más como una liberación.