Verdes, como la esperanza de olvidarte
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Prólogo
Es una verdad muy conocida que una joven puede descubrirse comprometida sin haber participado en el proceso en absoluto.
Yo lo descubrí un martes.
Y, puesto que los martes ya eran bastante desagradables por sí mismos, consideré aquello una falta de cortesía innecesaria por parte del universo.
Existen muchas desgracias que pueden sobrevenir a una dama respetable.
Una mancha de tinta en un vestido nuevo.
Una tía soltera con opiniones demasiado firmes sobre política.
Una hermana menor más hermosa que una misma.
Sin embargo, hasta aquel martes por la mañana, jamás había considerado la posibilidad de despertarme casi con un compromiso a un duque.
Y, sin embargo, allí estaba.. No por elección propia, naturalmente.
Si alguien hubiese tenido la amabilidad de preguntarme, habría rechazado la idea con la misma firmeza con la que rechazo las ostras, los poemas de amor, y a los caballeros que utilizan demasiada brillantina.
Pero nadie me había preguntado.
―No pongas esa cara ―dijo mi madre.
―¿Qué cara?
―La cara que precede a una catástrofe.
Mi hermana Charlotte levantó la vista de su bordado.
¿Cómo podía estar bordando después de escuchar tal cosa?
―También la puso antes de intentar montar el caballo de lord Pembroke ―recordó.
―Tenía doce años ―respondí ante la acusación.
―Era un caballo obediente, jamás habría hecho aquello de no ser por ti.
―Sigo sin explicarme porqué todos actuáis como si hubiese cometido un crimen.
―Porque el caballo terminó dentro del invernadero aquel día.
―Fue un accidente.
―Helena ―dijo Charlotte con paciencia―. Saltaste una valla.
―Una valla muy pequeña.
―Con un caballo muy grande.
Ignoré aquella observación. Era una historia vieja y, además, el invernadero no había sufrido a penas. Bueno, más o menos.
Volví mi atención hacia mi madre.
―De modo que permitisteis que un duque pidiera mi mano.
―No exactamente ―dijo aquello y después se hizo un silencio algo incómodo.
Sentí una punzada de alarma al notar su silencio.
Nunca me han gustado las pausas.
Las pausas son donde las personas esconden las malas noticias.
―¿Madre?
―En realidad, el acuerdo se alcanzó hace semanas. Tu padre vio un buen partido en esa unión. Al fin y al cabo debes casarte, pues mejor con alguien que sea merecedor de hacerlo contigo. Y él no pidió tu mano, más bien fue como un acuerdo.
Parpadeé.
―Un acuerdo… ¿Semanas?
―Sí.
―¿Y nadie pensó en mencionármelo?
―Pensamos en ello.
―¿Y por qué no se hizo?
―Estábamos esperando el momento adecuado.
―¿Y cuándo iba a llegar ese momento?
Mi madre reflexionó un instante.
―Probablemente ayer.
La miré fijamente.
Ella me devolvió la mirada con la serenidad de una mujer que ya había sobrevivido a dos hijas, dos temporadas sociales catastróficas con la segunda de sus hijas y una inundación en la biblioteca.
Charlotte, la cobarde, volvió a concentrarse en su bordado.
―No puedo creerlo.
―Helena...
―No, de verdad. No puedo creerlo.
Me puse en pie.
―¿Quién es?
―El duque de Devonshire.
―Eso ya lo sé.
―Entonces no entiendo la pregunta.
―Quiero saber qué clase de hombre acepta comprometerse con una mujer sin molestarse en conocerla.
Charlotte levantó una ceja.
―Quizá nunca oyó hablar de ti y por eso lo ha hecho.
―¿Esperas que me ría?
―No, solo trataba de ayudarte a comprender por qué un hombre desearía casarse contigo.
―Pues déjalo, porque no ayudas en absoluto.
Mi madre suspiró.
―Devereux es un caballero respetable.
―Terrible comienzo, madre ―dije.
―Posee una de las mayores propiedades del país.
―Peor todavía si lo único que vas a mencionar son sus posesiones.
―Tiene una reputación impecable.
―Ya es oficialmente sospechoso que un hombre con tantas cualidades deba casarse con una señorita a la que no conoce en absoluto, ¿nadie lo ha pensado? Por Dios Santo, es increíble que nadie haya reparado en ello.
Charlotte soltó una carcajada.
Mi madre no. Eso era preocupante.
―Helena, este compromiso es una magnífica oportunidad.
―¿Para quién?
―Para todos.
Aquella respuesta me gustó aún menos.
Porque para todos rara vez significaba para mí.
Me acerqué a la ventana.
Los jardines se extendían bajo el sol de la mañana con una tranquilidad que me parecía ofensiva después de todo lo que estaba ocurriendo.
Los pájaros cantaban. Las rosas florecían. Todo seguía el curso de la vida sin importar el huracán que se empezaba a formar en mi interior.
El mundo seguía girando como si mi vida no hubiese sido reorganizada sin mi consentimiento.
Francamente, me pareció una falta de consideración.
―¿Cuándo se hará público?
―Dentro de diez días.
Me giré lentamente.
―¿Diez?
―Sí.
―¿Solo diez?
―Helena...
Ella continuaba hablando pero yo ya no la escuchaba.
Diez días. Diez días antes del anuncio oficial. Diez días antes de que toda la sociedad celebrase algo que yo no había elegido. Diez días.
No era mucho tiempo. Pero tampoco era nada. Y si había aprendido algo a lo largo de mis veintidós años era que una cantidad sorprendente de daños podían realizarse en diez días.
Una idea comenzó a tomar forma en mi mente. Pequeña al principio, luego más grande, y después francamente brillante.
Charlotte levantó la vista y me miró.
―Oh, no. Helena, no. Eso no.
―¿Qué?
―Ya está ocurriendo. Te lo veo en los ojos.
―¿Qué está ocurriendo?
―Algo terrible dentro de tu cabecita.
―¿Qué hablas?
―Conozco bien esa mirada, esa que hace que pongas esa expresión.
―¿Qué expresión?
―La expresión que siempre termina con alguien llorando, gritando o reparando una propiedad familiar.
―Eso ocurrió una sola vez.
―Fueron cuatro.
―Estás exagerando.
―Fueron exactamente cuatro.
Me volví hacia mi madre al escucharla decirlo.
―¿Dónde puedo encontrar al duque?
Su expresión se volvió cautelosa.
―¿Por qué deseas hacer tal cosa?
Sonreí. Nunca debí sonreír, lo admito.
Mi familia reaccionaba a mis sonrisas como otras personas reaccionaban a los incendios.
―Porque creo que ha cometido un error.
―Helena...
―Uno enorme.
―¡Helena!
―Probablemente el peor de su vida.
Charlotte dejó escapar un gemido.
―Va a hacerlo.
―¿Hacer qué? ―preguntó mi madre.
Mi hermana me señaló.
―Lo mismo que siempre hace cuando está en completo desacuerdo.
Reflexioné un instante.
Era una descripción bastante precisa.
Sonreí aún más.
―Voy a convencer al duque de que romper este compromiso que todavía no se ha formalizado, será lo mejor que pueda ocurrirle.