Verdes, como la esperanza de olvidarte Epílogo
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Epílogo

Marcus aprovechó el instante en que Charlotte apartó la vista para inclinarse sobre Helena y depositar un beso distraído en su frente, como si aquel gesto se hubiera convertido en una costumbre imposible de abandonar desde que compartían la misma casa.

Ella sonrió sin darse cuenta, con esa naturalidad que solo tienen las personas que han dejado de preguntarse si merecen ser felices, pero el carraspeo exagerado de Charlotte bastó para devolverlos a la realidad.

Al alzar la vista, descubrieron a toda la familia observándolos con una mezcla de resignación y diversión, y Helena no tuvo más remedio que esconder el rostro en el hombro de su marido mientras las carcajadas llenaban el comedor.

La cena transcurría con esa agradable tranquilidad que solo era posible cuando dos familias habían dejado de comportarse como dos familias distintas.

La señora Whitmore discutía con el ama de llaves sobre la receta de un pastel de limón mientras el padre de Helena aseguraba, por tercera vez aquella noche, que el vino de Kent seguía sin estar a la altura del de Francia, aunque vaciaba la copa con un entusiasmo que contradecía por completo sus propias palabras.

Charlotte, sentada al otro extremo de la mesa, escuchaba aquella conversación con una paciencia admirable, o al menos eso fingía, porque no dejaba de hacer rodar los ojos cada vez que su madre corregía la postura de alguien del servicio.

Helena la observó divertida y sonrió para sus adentros.

Había echado tanto de menos aquellas pequeñas escenas familiares que ahora le parecían el mayor de los lujos.

La conversación en el comedor había derivado, como sucedía siempre que lord Whitmore y Marcus compartían mesa, en un apasionado debate sobre la absurda costumbre francesa de añadir mantequilla a casi cualquier plato.

Helena escuchaba divertida desde el otro extremo mientras hacía girar distraídamente la copa entre los dedos.

Dos años atrás jamás habría imaginado una escena semejante.

Entonces las cenas eran silenciosas, medidas, demasiado correctas.

Ahora había risas que interrumpían las frases, comentarios que se cruzaban de un lado a otro de la mesa y un constante ir y venir de bromas que convertían la casa en un lugar vivo.

Fue entonces cuando el mayordomo apareció en el umbral del comedor con la solemnidad habitual y anunció la llegada de un nuevo invitado.

Marcus dejó la copa sobre la mesa con una sonrisa que Helena conocía demasiado bien. Era la misma expresión que adoptaba siempre que alguien a quien apreciaba estaba a punto de cruzar la puerta.

―Al fin has decidido abandonar esas montañas ―dijo antes incluso de que el recién llegado pudiera hablar.

El hombre que acababa de entrar era alto, de hombros anchos y cabello oscuro, con esa elegancia despreocupada que solo poseen quienes jamás han necesitado esforzarse para llamar la atención.

Llevaba un tartán escocés perfectamente acomodado sobre el hombro y una sonrisa tan descarada que Helena comprendió de inmediato por qué Marcus hablaba tan poco de él: juntos debían de haber sido una auténtica amenaza para la tranquilidad de cualquier salón londinense.

―Les presento a todos al duque de Glenmore.

Marcus lo abrazó.

―Ya era hora de que te dignaras a hacernos una visita, empezaba a pensar que te tenían retenido.

―Helena, por fin tengo el placer de conocer a la mujer que consiguió domesticar a este salvaje.

Helena soltó una carcajada.

―No cometa el mismo error que cometí yo al principio.

Él arqueó una ceja.

―¿Cuál fue?

―Creer que estaba domesticado.

Marcus llevó una mano al pecho con fingida indignación.

―Empiezo a sospechar que mi propia esposa disfruta arruinando mi reputación.

―¿Acaso me equivoco?

Las risas recorrieron la mesa.

Solo entonces el escocés reparó en Charlotte.

Ella permanecía sentada frente a él, observándolo con la misma curiosidad con la que una institutriz examinaría a un niño que acaba de romper un jarrón con un tirachinas.

Alastair sostuvo su mirada un segundo más de lo que dictaba la buena educación. Después sonrió.

Charlotte no.

―Creo que aún no hemos sido presentados ―dijo él acercándose a ella.

―Eso parece.

―Alastair Sinclair. Duque de Glenmore.

Charlotte inclinó la cabeza.

― Lady Charlotte Whitmore.

Hubo un breve silencio.

Alastair esperaba algún comentario, pero no llegó.

Fue Helena quien rompió la pausa.

―Charlotte suele ser mucho más habladora.

Ella solo sonrió.

―Estoy observando.

Alastair apoyó un antebrazo sobre el respaldo de la silla.

―¿Y cuál es el resultado de esa observación?

Charlotte lo recorrió con la mirada de arriba abajo con una tranquilidad casi ofensiva.

―Todavía no estoy segura.

Él parecía entretenido.

―¿Con qué duda exactamente?

―No sé si todos los escoceses son tan presumidos o usted ha decidido hacer un esfuerzo especial esta noche.

Marcus dejó escapar una carcajada.

Helena cerró los ojos un instante.

Conocía perfectamente esa expresión en el rostro de su marido. Era la misma que había tenido el día en que ella lo llamó arrogante durante su primer baile.

Alastair, lejos de ofenderse, sonrió con una calma casi peligrosa.

―Me halaga comprobar que me ha observado con tanto detenimiento.

Charlotte tomó un sorbo de vino sin apartar la vista de él.

―No exagere. También observo los cuadros cuando entro en una habitación y no por ello deseo llevármelos a casa.

Marcus tuvo que carraspear para ocultar una risa.

El duque inclinó ligeramente la cabeza.

―Confieso que esperaba una acogida algo más cálida.

―En Inglaterra solemos desconfiar de los hombres que sonríen demasiado.

―Qué curioso. En Escocia desconfiamos precisamente de las mujeres que nunca sonríen.

Charlotte apoyó los codos sobre la mesa.

―Entonces comprenderá que ninguno de los dos se sienta especialmente tranquilo ahora mismo.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

Helena miró a Marcus, y Marcus la miró a ella.

Y ambos comprendieron exactamente lo mismo.

Aquello no era una discusión, era el comienzo de una guerra.

Y, por alguna extraña razón, ninguno de los dos dudó ni un instante de cuál sería el desenlace.

Marcus se inclinó hacia Helena hasta rozarle el oído.

―¿Recuerdas cuando me llamaste libertino delante de medio salón de baile?

Ella sonrió sin apartar la vista de Charlotte.

―Perfectamente.

―Creo que acabamos de presenciar exactamente el mismo desastre.

Helena negó despacio, divertida.

―No. Nosotros empezamos discutiendo.

Ellos llevan cinco minutos intentando averiguar quién conseguirá desesperar antes al otro.

―Tenemos un problema.

Él arqueó una ceja.

―¿Solo uno?

―Sí.

―¿Cuál?

Helena volvió la vista hacia Charlotte y al escocés, que seguían lanzándose miradas desafiantes como sus propias palabras.

―Creo que estos dos van a enamorarse perdidamente.

Marcus tomó la copa con absoluta tranquilidad.

―No es eso lo que me preocupa.

―¿Qué es?

―Imagina la paciencia de la gente que los rodee hasta que ocurra.