Verdades Ocultas (Destino Sellado 1) 63
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El tiempo se detiene. Todos observamos cómo su mirada gélida baja lentamente hacia la herida mientras la sangre empieza a brotar alrededor del arma de escamas doradas. Sin ninguna prisa, se la extrae de su cuerpo y una vez en sus manos, desaparece.

Por un instante creo que lo hemos conseguido. Que al fin se ha terminado todo. Pero entonces Callon alza la cabeza y la piel de su abdomen empieza a transformarse en escamas dracónicas y, en cuestión de segundos, la herida desaparece delante de nuestros ojos.

Solo queda una mancha de sangre seca.

Como pasó en el bosque de Munea cuando los dragones volvieron a su forma semidracónica. Había restos de sangre pero no había ni una sola herida.

—No somos fáciles de matar. —Termina de descender las escaleras y queda detrás de los quebrantadores reales.

Con un simple chasquido de dedos todos se ponen en línea. Con una formación perfecta frente a ella .

Es entonces cuando comprendo que no importa lo que hagamos, la veces que escapemos o los everen que se sacrifiquen, ella encontrará la forma de hacernos daño.

Micah. Maden. Ryo. A todos nosotros. No hay futuro para nadie mientras ella siga viva.

El miedo que he sentido abandona mi cuerpo y ahí es cuando sé que no hay vuelta atrás.

Mis dedos empiezan a temblar. La luz empieza a acumularse alrededor de mis manos y al mismo tiempo el poder molecular despierta bajo mi piel.

—Khi…—La voz de Kohen sale rota.

Y no puedo mirarlo porque si lo hago, sé que no seré capaz.

Algo dentro de mí se calma porque por primera vez desde que empezó todo, se exactamente lo que tengo hacer.

Mis ojos recorren a Galen, a Mega y por último a Kohen,

Mi mellizo me mira desde el suelo y lo veo abatido. Durante un segundo siento lo mismo que él.

Creía que no había escapatoria, pero sí que hay una.

Entonces corro hacía ella.

—¡Khione! —El grito de Galen rompe la sala.

Escucho pasos detrás de mí. La oscuridad de Kohen se precipita en mi dirección mientras engulle a los guardias. El aire de Mega me rodea, intentando frenarme, pero ya es demasiado tarde.

Me abalanzo sobre mi madre y le agarro los brazos antes de que pueda reaccionar. Ella levanta una mano y la luz estalla entre nosotras, formando una burbuja que nos encierra. Es entonces cuando libero ambos poderes.

—Khi… por favor —dice Kohen de una manera en la que parte el corazón en mil pedazos.

El dolor atraviesa cada parte de mi cuerpo cuando mi poder molecular conecta con ella.

Con sus órganos, con su sangre.

Y hago lo que llevo haciendo toda mi vida. No dejo de desgarrar cada parte de su cuerpo, condenando así también al mío.

Madre abre los ojos con horror. Por primera vez entiende que es demasiado tarde y se da cuenta de lo que realmente significa mi poder.

No solo soy capaz de regenerar cada molécula, también de destruirlas. De igualar su poder.

Lo que le ocurra a ella, me ocurrirá a mí. Es un medio para un fin. Para el mío, para el de Callon.

Es cuando me doy cuenta de que somos dragones, porque ambos tenemos dos poderes y carecemos de motas doradas.

No siento nada, pero aun así no me detengo.

Sigo desgarrando cada parte de ella, porque no sé cuál es el límite de Callon.

Madre intenta apartarse de mí, pero mis dedos siguen aferrados a sus brazos mientras el poder molecular continúa expandiéndose dentro de ambas como un veneno imposible de detener.

Empieza a gritar de dolor, uno que se siente real.

Hay grietas de luz recorriendo su cuello y sus manos mientras otras partes de su piel empiezan a romperse igual que un cristal.

Noto cómo quiere cambiar a su forma de dragona para curarse, pero destruyo la transformación antes siquiera de que consiga regenerarse.

Me mira de nuevo cuando comprende que no puede escapar de mí, de mi don. Que no importa cuánto intente reconstruirlo, voy a seguir rompiéndolo.

—¿Qué… me estás haciendo? —susurra con la voz entrecortada mientras un hilo de sangre brota de su boca.

Lloro sin darme cuenta, sin poder evitarlo. Porque sigue siendo mi madre, porque una parte de mí sigue queriendo que esto termine de otra forma.

—¡Para! Khio… detente por favor…— La voz de Micah retumba en mi cabeza.

Él sabía dónde estaba mi límite. Es demasiado tarde porque ya ni siquiera soy capaz de controlar mi poder. Y una de las partes buenas de todo esto, es que me volveré a reunir con él.

Sin control ninguno siento cómo los huesos de Callon se quiebran bajo mis manos. Sus órganos dejan de funcionar. Al mismo tiempo, las grietas luminosas ascienden por su rostro de porcelana.

Ella intenta levantar la mano y rompe la burbuja que nos mantenía aisladas, destrozando parte del suelo. El impacto me atraviesa la espalda, pero no la suelto.

No porque no quiera hacerlo, es que ya he sobrepasado el límite de mi poder.

—Khi… no sigas. —Esta vez es Kohen y al voltear mi cabeza para verlo siento como mi pecho se encoge de dolor .

Madre cae primero de rodillas frente a mí. Sus ojos claros me observan con algo que nunca llegué a imaginar ver en un dragón, en ella.

Miedo.

Sus manos intentan agarrarme, no sé si para apartarme o quizás para aferrarse a mí por última vez, pero ya no tiene fuerza. Y yo tampoco, ya que mis piernas terminan de fallar y caigo al suelo, frente a ella.

Las grietas llegan a su pecho y la luz sale disparada desde dentro de su cuerpo mientras un sonido seco inunda la sala.

Abre los ojos una última vez antes de desplomarse sin vida.

A lo lejos escucho a Kohen llegar hasta mí y sus brazos me rodean antes de que termine de caer al suelo.

—No, no, no… —repite desesperado.

Quiero responderle, pero me cuesta respirar. Galen no tarda en llegar y siento su mano acariciar mi rostro mientras con la otra entrelaza sus dedos con los míos.

Kohen me aprieta contra su pecho.

—Quédate conmigo… por favor…

Hago un esfuerzo por sonreír. Ojalá pudiera.

Observo tanto a Galen como a mi otra mitad y veo cómo de sus ojos caen lágrimas.

De un momento a otro, noto como otros brazos me sujetan con fuerza y me estrechan contra su pecho.

—Lucha. Por favor… —susurra Galen en mi oído—. No sé qué voy a hacer sin ti.

—Ser libre.

Galen niega de inmediato, como si esa respuesta le hubiera roto algo por dentro.

—No quiero ser libre si eso significa perderte.

Apoya su frente contra la mía y cierra los ojos un segundo.

—¡¿No puedes hacer nada para traerla de vuelta?! —Esta vez le grita a Kohen con la voz rota. —Haz algo…

Me acuna entre sus brazos y cuando alzo la vista hacia Kohen, siento que algo dentro de mí termina de romperse del todo.

Porque su oscuridad ya no ruge. Apenas queda una neblina débil moviéndose alrededor de nosotros. Sus manos tiemblan mientras aparta mechones de cabello pegados a mi rostro. Pese a que no recuerdo mucho sobre él, sé con certeza que mi mellizo siempre encuentra la forma de levantarse.

Siempre ha encontrado la forma de protegerme, pero esta vez es imposible.

—No… —Su voz sale rota—. No puedes hacerme esto otra vez.

Una pequeña risa débil abandona mis labios al escucharlo. Porque incluso ahora sigue pensando más en mí que en él mismo.

—Kohen…

Decir su nombre duele más que cualquier herida.

Sus ojos azul oscuro conectan con los míos y durante un instante vuelvo a vernos de pequeños. Escondidos y solos. Aguantando juntos.

Pero esta vez no podremos hacerlo.

Las lágrimas empiezan a caer por sus mejillas y siento cómo algo se rompe dentro de él cuando comprende que no puede salvarme.

Lo que más me duele de todo lo que acabo de hacer es que Kohen va a tener que vivir sin mí una eternidad. Es una condena que no hemos elegido. Ninguno de los dos queríamos nada de esto, pero no quiero que nadie más tenga que sufrir todo lo que he vivido.

Sé que está vez no hay nada que arreglar.

Galen sigue sujetándome con fuerza. Tanta que duele, pero no me importa.

Porque significa que sigue aquí.

—Quédate… —susurra esta vez Galen contra mi frente—. Por favor… quédate conmigo.

Cierro los ojos un segundo porque oírlo así me destroza.

Yo quería quedarme.

Quería vivir.

Quería volver a ver a Kaia y a Neal, conocer a Mega y escuchar a Kohen reír de verdad, aunque solo fuera una vez.

Quería una vida donde ninguno tuviera que seguir sobreviviendo. Y siento que mi cuerpo ya no responde.

Las grietas de luz siguen extendiéndose por mi piel y siento un vacío en mi interior que resulta acogedor.

Es cuando entiendo que todo ha terminado. Madre ya no está y dejo de tener miedo, por primera vez en mi vida.

Alzo la mano con esfuerzo y la apoyo sobre la mejilla de Kohen. Él me aparta despacio de los brazos de Galen y me estrecha contra su pecho esta vez.

—Ya no estás solo…

Su respiración se rompe.

Niega una y otra vez mientras me estrecha más contra él, como si todavía pudiera evitar que me rompiera del todo.

Y eso duele más que la muerte .

Siento el colgante vibrar débilmente contra mi pecho, intentando alcanzar el de Kohen una última vez pero la ropa impide que se unan como si fueran uno.

—No digas eso… —susurra apenas en un hilo de voz—. No me dejes aquí.

Galen baja la cabeza y noto una lágrima caer sobre mi mano entrelazada con la suya.

—Te amo… —dice con la voz completamente rota.

Mi corazón se encoge.

Porque nunca nadie me había querido como lo ha hecho Galen. Después de todo el dolor, ellos han sido lo único bueno que me ha pasado.

—Lo sé. Yo también… —Lo miro como puedo y sonrío antes de toser sangre.

La visión se vuelve borrosa pero consigo sentir la oscuridad de Kohen deslizándose alrededor de mis dedos por última vez mientras él repite mi nombre una y otra vez, desesperado.

Como si todavía pudiera traerme de vuelta.

Pero ya es tarde.

Lo último que escucho antes de que todo desaparezca, es a mi mellizo llorando entrecortado mientras Galen me sostiene la otra mano. Como si soltarla significara perderme del todo.

Y lo peor de todo es que no quiero irme.

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